Meridian: Unidades de Continuidad

Prólogo

El agua estaba tan quieta que el bote parecía suspendido sobre un espejo.

Apenas se distinguía dónde terminaba el lago y dónde comenzaba el reflejo del cielo. Las montañas, todavía vestidas con los últimos tonos verdes del verano, se alzaban alrededor de la orilla como gigantes silenciosos, mientras una ligera neblina matinal flotaba sobre la superficie del agua, deshaciéndose poco a poco bajo el calor del sol.

El niño dejó escapar un suspiro.

Llevaban casi una hora allí y el único pez que había visto era el que su padre insistía en señalar cada vez que una sombra cruzaba bajo el agua.

—Ahí... ¿lo viste? —exclamó el hombre, señalando con la barbilla hacia un punto cualquiera del lago.

El niño entrecerró los ojos, ya no tan emocionado como cuando empezaron.

—No.

—Porque ya se fue.

—Papá...

—¿Qué?

—Siempre se va antes de que yo lo vea.

Su padre soltó una carcajada que hizo balancearse ligeramente la pequeña embarcación.

—Eso significa que todavía tienes mucho que aprender.

—O que los peces son muy listos.

—También puede ser.

El hombre acomodó nuevamente la caña sobre sus piernas y miró el horizonte. Respiró hondo. El aire olía a madera húmeda, a pinos y a tierra recién calentada por el sol. Era un olor que solo existía allí, lejos de la ciudad.

—¿Sabes cuál es el secreto para pescar?

El niño negó con la cabeza.

—Tener paciencia.

—Ya tuve paciencia.

—No. Tuviste quince minutos de paciencia.

—¡Fue muchísimo!

—Créeme... cuando tengas mi edad entenderás que quince minutos no son nada.

El niño cruzó los brazos con gesto de absoluta inconformidad.

—Pues cuando tenga tu edad no voy a pescar.

—Ah, ¿no?

—No.

—¿Y qué vas a hacer?

Pensó unos segundos.

—Dormir.

Su padre volvió a reír.

—¡Es un excelente plan!

Durante unos instantes, ninguno dijo nada.

Solo se escuchaba el leve golpeteo del agua contra la madera del bote y el canto lejano de algunos pájaros ocultos entre los árboles.

Desde la orilla llegaba el aroma de algo cocinándose.

El niño levantó la cabeza.

—Mamá ya empezó.

El hombre giró el cuerpo hacia la pequeña cabaña de madera que tenía al fondo. Entre los árboles frondosos apenas se alcanzaba a distinguir la chimenea expulsando una fina columna de humo. Una de las ventanas estaba abierta y, desde aquella distancia, podía verse a una mujer moviéndose de un lado a otro con la tranquilidad de quien conoce cada rincón de la casa.

Ella salió unos segundos al pequeño porche, secándose las manos con un paño de cocina. Los vio en medio del lago y sonrió. Levantó una cuchara de madera y la agitó en el aire.

El padre respondió levantando la caña como si saludara con una bandera.

El niño hizo exactamente lo mismo, aunque casi perdió el equilibrio en el intento.

—¡Con cuidado, marinero! —dijo su padre, sujetándolo por el brazo antes de que terminara en el agua.

El pequeño soltó una risa.

—No me iba a caer.

—Eso dicen todos los que se caen.

Volvió a sentarse.

Permanecieron unos minutos contemplando el paisaje sin necesidad de hablar. Había una tranquilidad extraña en aquel lugar. Como si el mundo entero hubiera decidido detenerse únicamente para permitirles estar allí.

El niño rompió el silencio.

—Papá...

—Dime.

—¿Podemos volver el próximo verano?

El hombre no respondió enseguida. Solo se limitó a mirar hacia la cabaña, luego hacia las montañas y finalmente al lago. Después pasó una mano por el cabello de su hijo.

—Claro que sí.

—¿Lo prometes?

El hombre sonrió.

—Te lo prometo.

En ese mismo instante, un sonido ajeno al bosque quebró el silencio. A la distancia, ambos pudieron escuchar el rugir estruendoso de un motor. Los dos giraron casi al mismo tiempo hacia el camino de tierra que conducía hasta la cabaña.

Un automóvil negro acababa de detenerse frente al porche.

No parecía un vehículo de turistas.

Su carrocería impecablemente limpia contrastaba con el barro del camino. Las ventanas, completamente oscuras, impedían ver quién viajaba en su interior.

Vieron como la puerta del conductor se abrió con suavidad.

De ella descendió un hombre alto, vestido con un traje gris perfectamente planchado y una corbata roja. Ni una sola arruga. Ni una mota de polvo sobre los zapatos oscuros.

Llevaba una carpeta negra bajo el brazo.

Miró brevemente la cabaña. Después dirigió la vista hacia el lago. Como si supiera exactamente a quién estaba buscando.

El padre frunció ligeramente el ceño.

—¿Papi, lo conoces?

—Nunca lo había visto.

El hombre del traje permaneció inmóvil junto al vehículo hasta que la madre salió de la casa. Intercambiaron unas palabras que la distancia impedía escuchar. Luego ella dirigió su atención al lago. Enseguida, volvió a mirar al desconocido.

La expresión del padre cambió apenas un instante. El niño no encontró miedo en él, más bien confusión. Entonces dejó la caña dentro del bote.

—Será mejor que volvamos.

Tomó los remos y comenzó a avanzar hacia la orilla.

El niño observó nuevamente al hombre del traje. No parecía enfadado o que tuviera prisa. No portaba armas o tenía a un escuadrón resguardándolo. Simplemente esperaba.

Cuando el padre llegó hasta él, ninguno extendió la mano. En lugar de eso, ambos levantaron el brazo derecho y se sujetaron la muñeca durante apenas un segundo. Fue un gesto breve, pero firme. Casi automático y protocolar.

—Delegado —saludó el padre.

—Señor.

El niño observó el extraño saludo con curiosidad. Nunca lo había visto antes. Se quedó detrás de su padre, agarrando su mano con fuerza. Asustado. La madre apareció unos pasos detrás de ellos, limpiándose las manos en el mismo paño de cocina que llevaba hacía unos minutos.

Cuando el Delegado vio a toda la familia presente, extendió la carpeta. No necesitó leer una hoja o explicarse con un testamento. Solo se limitó a decir:




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