La alarma comenzó a sonar exactamente a las seis horas con cincuenta y nueve minutos y cincuenta segundos de la mañana. Una armonía de notas suaves siguiendo siempre el mismo patrón.
Cinco segundos después, una voz femenina llenó el apartamento con una tranquilidad cuidadosamente calculada.
—Buenos días, Silas. Su jornada de servicio comenzará en sesenta minutos. Le deseamos un excelente día de contribución para la comunidad.
La voz desapareció y el silencio regresó al dormitorio.
Silas permaneció unos instantes con los ojos cerrados. No porque quisiera seguir durmiendo. Era simplemente un hábito que había adquirido con los años. Respiraba hondo una vez, acomodaba las ideas del día y solo entonces se incorporaba.
Estiró un brazo hacia el otro lado de la cama. La sábana estaba completamente fría. Sonrió apenas se dio cuenta.
—Cierto...
La noche anterior Iris no había vuelto a casa.
Y no era algo excepcional.
De vez en cuando ocurría cuando el Banco Estatal preparaba una nueva campaña de comunicación o la implantación de algún programa dirigido a la ciudadanía. En esos casos, los asesores de marketing permanecían en la unidad de producción hasta finalizar el proyecto. Resultaba más eficiente mantener reunido al equipo que interrumpir el trabajo con desplazamientos innecesarios.
La última vez habían tardado dos días y Silas esperaba que aquella ocasión terminara antes.
Entonces se levantó con calma.
Mientras hacía la cama, las persianas comenzaron a abrirse automáticamente, dejando entrar una luz blanca que inundó el dormitorio. Frente a la ventana se extendía una hilera de edificios idénticos, separados por jardines perfectamente cuidados y senderos donde ya comenzaban a caminar los primeros servidores de la mañana. Todo parecía estar exactamente donde debía, como cada día.
Después de asearse, pasó por la cocina. La cafetera había terminado de preparar una taza pocos segundos antes de que él llegara. El aroma llenaba el pequeño comedor y le provocaba un pequeño subidón de placer. Adoraba el café.
Entonces abrió uno de los armarios. Encontró pan, mermelada y azúcar. Era suficiente.
Mientras desayunaba, una pantalla integrada en la pared mostraba discretamente el boletín matinal. No había presentadores. Solo texto e imágenes. Tres noticias importantes anunciaban lo que sería un día especial para la ciudad.
Una nueva línea de transporte entraría en funcionamiento la semana siguiente.
El índice general de productividad había aumentado tres décimas durante el último mes.
El consumo energético permanecía dentro de los valores previstos.
Silas observó las noticias sin prestarles demasiada atención. No eran especialmente interesantes, pero le gustaba mantenerse informado.
Terminó el café, dejó la taza en el fregadero y volvió al dormitorio. El uniforme de servicio colgaba impecablemente planchado junto al armario: camisa gris, pantalón azul oscuro con bandas de reflectores blancos a la altura de las rodillas y chaqueta ligera. Nada llamativo para ejercer un servicio imprescindible. Solo una pequeña placa metálica sobre el pecho que indicaba la unidad a la que pertenecía.
Se ajustó el cuello frente al espejo y asintió para sí mismo.
Lucía perfecto.
Incluso sonrió al ver su impecable aspecto.
Pero antes de salir, echó un último vistazo al apartamento. Checó que todo quedara en absoluto orden. Solo entonces se acercó a la puerta de entrada y levantó la muñeca derecha.
Un pequeño círculo luminoso apareció junto al marco.
Acceso reconocido.
La cerradura emitió un leve clic. La puerta se deslizó hacia un costado, dejando a Silas frente al pasillo. Dio un paso hacia afuera y luego volvió a acercar la muñeca al dispositivo. La puerta se cerró silenciosamente detrás de él. No necesitó de una llave. En realidad, nadie las llevaba.
El ascensor ya esperaba en la planta.
Descendió junto a otros vecinos que, como él, iniciaban su jornada sin apenas intercambiar palabras. Algunos sostenían una taza de café. Otros revisaban información proyectada sobre la pantalla de sus pulseras personales. Todos parecían conocer exactamente el lugar al que se dirigían.
En la calle, el aire de la mañana conservaba todavía un ligero frescor. Las avenidas comenzaban a llenarse de personas caminando con paso tranquilo hacia las estaciones de transporte. No se escuchaba el sonido molestoso de las bocinas de los coches. Nadie parecía tener prisa. No había vendedores ambulantes, gente pidiendo limosna en las veredas o artistas callejeros ganándose el día con malabares. Solo el murmullo constante de una ciudad que despertaba con la precisión de un mecanismo perfectamente sincronizado.
Silas subió al tranvía cuando las puertas se abrieron y encontró asiento junto a una de las ventanas, al lado de una señorita que pertenecía a la unidad administrativa. La saludó con una pequeña reverencia y ella correspondió. Esa fue la única interacción que mantuvieron durante el trayecto de camino a sus unidades.
El vehículo inició la marcha con una suavidad casi imperceptible. Los edificios residenciales fueron quedando atrás, dando paso poco a poco a grandes plazas arboladas, centros de servicio y amplias avenidas donde la vegetación convivía con estructuras de acero y cristal sin imponerse una sobre la otra.
A lo lejos, una pantalla suspendida sobre una estación proyectaba una sencilla frase mientras el tranvía continuaba su recorrido.
MERIDIAN
SERVIR ES CONSTRUIR JUNTOS EL MAÑANA.
Silas apenas levantó la vista. Había leído aquella frase tantas veces que ya formaba parte del paisaje, de su cotidianidad. Entonces se limitó a apoyar la cabeza contra el cristal mientras duraba el viaje.
Suspiró.
Al cabo de unos minutos, el horizonte cambió por completo. Las zonas residenciales desaparecieron poco a poco hasta dejar paso al inmenso Anillo Industrial. Cuando llegaron a la estación de embarque, las puertas del tranvía se abrieron con un suave siseo.