Meridian: Unidades de Continuidad

Capítulo 2

—Buen servicio.

Las palabras apenas lograron levantar un par de miradas.

El joven que acababa de terminar su presentación agradeció con un leve movimiento de cabeza y volvió a sentarse mientras la enorme pantalla del salón cambiaba de diapositiva.

Nadie aplaudió.

No era necesario.

Una felicitación del supervisor bastaba.

La sala de reuniones de la División de Comunicación Institucional del Banco Estatal llevaba ocupada casi dos días completos. Sobre la mesa se acumulaban vasos de café vacíos, envolturas de comida, chocolate, caramelos, tabletas electrónicas y hojas impresas llenas de correcciones hechas a mano.

El cansancio era evidente.

Una mujer reprimió un bostezo mientras estiraba discretamente los hombros.

Otro se masajeaba el puente de la nariz sin apartar la vista de la pantalla.

Y al fondo, la cafetera emitía un último gorgoteo antes de quedarse definitivamente vacía. Había cumplido su función con sobra de merecimientos aquellos dos días.

Iris observó el reloj digital de la sala. Faltaba menos de una hora para que terminaran el servicio extraordinario. Lo único que los separaba de sus hogares era una campaña a punto de cerrarse. En la pantalla apareció un nuevo encabezado.

PROGRAMA DE ACCESO PREFERENCIAL A UNIDADES DE CONTINUIDAD.

Debajo, un primer borrador del mensaje principal.

Porque todo núcleo funcional merece crecer.

El supervisor cruzó los brazos.

—Bien. Escucho propuestas.

Una compañera levantó la mano casi de inmediato.

—Yo destacaría la reducción de la tasa de interés desde el inicio. Es el beneficio más fuerte del programa.

Un hombre sentado frente a Iris negó con la cabeza.

—La gente no recuerda porcentajes. Recuerda beneficios.

—Precisamente por eso —respondió la mujer—. El ahorro es el beneficio.

—No. El beneficio es lo que consiguen gracias al ahorro.

Varias personas comenzaron a intercambiar opiniones casi al mismo tiempo.

La discusión no tenía nada de extraordinario. Era el tipo de conversaciones que surgían siempre que intentaban resumir meses de servicio en una sola reunión extraordinaria. En una frase. Con mucho sueño y tazas de café encima.

Iris permanecía en silencio sentada en su cómodo sillón. Observaba la pantalla. No tanto la campaña, sino las palabras. Pensó que, si el mueble fuera una especie de ser viviente que pudiera engullirla bajo sus telas, dejaría que lo hiciera, con tal de poder descansar.

El supervisor terminó por dirigir la mirada hacia ella.

—¿Qué opinas, Iris?

Ella tardó unos segundos en responder. Cómo si la voz de su supervisor le llegara con un mínimo retraso.

—Creo que deberíamos hablar del compromiso.

Varias cabezas se giraron.

—No estamos ofreciendo únicamente una financiación. Estamos reconociendo el esfuerzo de quienes mantienen un buen Índice de Servicio. Eso debería sentirse desde el primer momento.

El hombre que había discutido con su compañera asintió.

—Tiene sentido.

El supervisor apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Alguna propuesta?

Iris tomó aire.

—¿Y si cambiamos el eslogan?

La pantalla permanecía inmóvil frente a ella.

—Podría ser... «Tu compromiso también construye un núcleo funcional».

Durante unos segundos nadie habló.

La mujer que había mencionado los intereses fue la primera en sonreír.

—Es una mejor propuesta, sinceramente.

Otro compañero frunció ligeramente el ceño.

—Suena demasiado emocional.

—Precisamente por eso funciona —respondió ella.

Las miradas terminaron nuevamente sobre el supervisor. Releyó la frase varias veces antes de asentir.

—Me convence.

Anotó algo en su tableta.

—Habrá que modificar el cuerpo del anuncio para mantener la misma línea.

Mientras todos revisaban el documento, Iris continuó leyendo el resto de la propuesta. Más abajo, casi escondido entre varios apartados técnicos, encontró una nota.

Aplicable únicamente a Núcleos Funcionales con Índice de Servicio superior a 91,8. Sujeto a evaluación de continuidad y disponibilidad de recursos.

Permaneció unos segundos observándola. Enseguida levantó la vista.

—Si el programa tiene tantas condiciones... ¿no deberíamos indicarlo antes?

La pregunta no sonó desafiante. Sonó profesional.

El compañero sentado frente a ella respondió primero.

—Eso sobrecarga el mensaje principal.

—Las condiciones siempre aparecen al final —añadió otra mujer mientras ordenaba unos documentos—. Si las colocamos arriba, nadie llegará al resto del anuncio.

Iris volvió la mirada hacia el supervisor. Él cerró lentamente la carpeta digital.

—Nuestro trabajo consiste en comunicar el programa —dijo manteniendo la compostura. Luego hizo una breve pausa—. No en reemplazar el reglamento.

Nadie respondió.

Iris volvió a mirar la pantalla. Asintió con tranquilidad.

—Entendido.

El supervisor sonrió apenas.

—Perfecto. Hagamos los últimos ajustes.

La sala volvió a llenarse del sonido de teclados, conversaciones en voz baja y el constante pasar de documentos entre un escritorio y otro. Todos sabían que una sola palabra mal escrita en el lugar correcto bastaba para modificar la forma en que miles de personas comprenderían un programa.

Y esa era, precisamente, la labor del equipo de Iris.

La reunión terminó pocos minutos después.

No hubo aplausos ni despedidas ceremoniosas. Bastó con que el supervisor anunciara que el resto de ajustes podrían realizarse durante la siguiente y última jornada extendida, dentro de dos semanas, para que las sillas comenzaran a deslizarse hacia atrás y las tabletas desaparecieran dentro de maletines y mochilas.

Algunos aprovecharon los últimos sorbos de un café que ya estaba frío y otros se despidieron con un simple gesto de la mano.




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