Meridian: Unidades de Continuidad

Capítulo 3

El apartamento permanecía en silencio.

No porque estuviera vacío, sino porque aquella mañana nadie tenía prisa por romperlo.

La noche anterior, Silas había procurado hacer el menor ruido posible al regresar de su servicio en la unidad de producción. Encontró a Iris profundamente dormida, todavía agotada después de dos jornadas consecutivas en el Banco Estatal. Permaneció unos segundos observándola desde el umbral de la habitación. Le encantaba verla dormir.

Sonrió. Luego dejó la chaqueta sobre una silla, tomó una ducha rápida y, sin hacer ruido, se dirigió al cuarto contiguo. Dormir allí no era una costumbre. Simplemente le pareció innecesario despertarla con el ruido de la ducha tardía, el incómodo crujir del colchón o la alarma que todavía llevaba dentro del cuerpo después de tantos años de servicio.

Ella nunca llegó a saber que había vuelto. A la mañana siguiente fue otro hábito el que terminó despertándola. No una alarma. Ni una notificación del Módulo Vital. Sino el aroma de los huevos revueltos mezclándose con el café recién preparado que se colaba lentamente por la rendija de la puerta desde la cocina.

Abrió los ojos despacio.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y la vigilia. Quiso acostarse de nuevo y cerrar los ojos, pero el penetrante aroma del desayuno terminó por convencerla de que ya no quería volver a dormirse.

Se incorporó con calma. No recordaba la última vez que había dormido tantas horas seguidas. Se pasó una mano por el cabello, se puso la primera camiseta cómoda que encontró y salió de la habitación todavía descalza.

Silas ya estaba en la cocina meneando una sartén. Como casi todas las mañanas de su vida, se había despertado a la misma hora de siempre. Nunca había encontrado diferencia entre un día de producción y uno de descanso. Simplemente, después de tantos años de servicio, su cuerpo había terminado por aprender el horario incluso cuando ya no existía ninguna obligación de cumplirlo.

Mientras removía los huevos en la sartén, una cafetera terminaba de llenar lentamente una jarra de cristal. Escuchó unos pasos acercándose por el pasillo y no necesitó girarse para saber que se trataba de Iris.

—Buenos días —dijo recibiéndola con una sonrisa.

La voz de Iris todavía sonaba adormilada.

—Buenos días.

Ella abrió uno de los armarios, tomó dos tazas y, antes de hacer cualquier otra cosa, dirigió una mirada a la cafetera. Luego volvió a mirar a Silas.

—Hiciste demasiado café otra vez.

Él levantó apenas la vista.

—Todavía no lo sabes.

—Lo sé desde que me levanté de la cama.

Silas tomó la jarra con una mano.

—Mírala. Apenas llega a la mitad.

Iris soltó una risa breve.

—Eso dices siempre.

—Porque siempre tengo razón.

Ella arqueó una ceja, fingiendo admiración.

—La semana pasada sobró casi una taza entera.

—Y la guardamos.

—Dos días.

—Pues seguía siendo café.

Iris apoyó una mano sobre la encimera.

—Era una asquerosa sustancia marrón que había perdido su consistencia y textura.

Silas dejó escapar una mueca de desaprobación.

—Qué falta de respeto.

—La próxima vez lo preparo yo —sentenció Iris.

—La última vez casi incendias la cocina —bromeó Silas.

—Fue una sola vez.

—Dos —recalcó, formando el número con los dedos.

—La segunda no cuenta.

—¿Y eso por qué?

—Porque al final todo siguió funcionando.

Silas negó lentamente con la cabeza mientras apagaba el fuego.

—Tienes una definición muy flexible de «funcionar».

—Y tú una muy flexible de «cantidad adecuada».

Sirvió el café en ambas tazas. Después las acercó a la mesa, junto al envase del azúcar.

—¿Ves? No sobró.

Iris miró la cafetera con incredulidad. Todavía quedaba un poco en el fondo. Volvió a mirar a Silas, quien apenas lucía inquieto ante su evidente desconocimiento para medir volúmenes.

—Todavía no terminamos de desayunar.

Silas sonrió con esa tranquilidad que parecía acompañarlo incluso en los momentos más simples.

—Confía en mí.

Ella tomó la taza y dio el primer sorbo. Negó con la cabeza.

—Eso también lo dices siempre.

Silas no respondió, simplemente dibujo una tenue sonrisa en sus labios mientras colocaba los huevos revueltos sobre dos platos.

Desayunaron juntos frente al ventanal.

Desde allí podían verse los senderos del parque que atravesaba el centro del distrito. A diferencia de los días de servicio, aquella mañana la gente caminaba sin prisa. Algunos corrían por las rutas señalizadas entre los árboles; otros simplemente paseaban con una bebida caliente en la mano. Los trenes seguían llegando con la puntualidad habitual, aunque transportaban muchos menos pasajeros.

Meridian seguía funcionando, solo que lo hacía con un ritmo distinto.

Silas apoyó los codos sobre la mesa mientras terminaba su café.

—¿Qué quieres hacer hoy? —preguntó mirando a un punto indefinido.

Iris observó unos segundos el movimiento de la calle antes de responder.

—No lo había pensado.

Era verdad. Nunca planificaban los días libres con demasiada antelación.

Algunas veces aprovechaban para ir al Distrito Este, donde se concentraba la mayor parte de los comercios de la ciudad. Otras entraban al cine, recorrían alguna exposición temporal del Centro Cívico o simplemente dedicaban la jornada a limpiar el apartamento, reorganizar armarios o cambiar alguna planta de sitio.

Y había días como aquel, en los que la mejor decisión era no hacer nada. Quizás ver una película, empezar una serie, pedir comida preparada o dormir una siesta sin preocuparse por la hora.

Silas sonrió.

—Podríamos quedarnos aquí —dijo por fin.

—Eso estaba pensando.

—Hace tiempo que no vemos nada.

—Porque cada vez que empezamos una serie terminamos quedándonos dormidos, ¿no? —reconoció Iris sonrojándose levemente.




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