Meridian: Unidades de Continuidad

Capítulo 4

El despertador sonó a las seis en punto, como estaba programado.

El hombre, sin embargo, hacía años que no necesitaba de un artefacto que le cortara el sueño. Su cuerpo se había acostumbrado tanto a levantarse unos minutos antes de que sonara la alarma, que él solo necesitaba que ésta se desactivara automáticamente y que el Módulo Vital vibrara en su muñeca para confirmar el inicio de un nuevo ciclo de servicio.

Cuando se incorporó, repasó mentalmente su rutina para comenzar el día: primero la ducha de agua tibia para relajar los músculos, luego afeitarse, vestir el traje oficial (que consistía en una camisa blanca perfectamente planchada, corbata roja, traje oscuro y zapatos cuidadosamente lustrados desde la noche anterior), y desayunar inspeccionando el informe diario de revisiones y auditorías.

Cuando terminó de anudarse la corbata, se observó unos segundos frente al espejo. Lucía exactamente como el sistema demandaba para prestar su servicio: pulcro, ordenado y preciso. Su imagen exigía transmitir confianza y un aire de hombre elegante, por lo que todos los días se pasaba varios minutos buscando algún detalle que se encontrara fuera de lugar: una arruga en la camisa, una mota de polvo en la chaqueta o una mínima mancha en los zapatos.

Afortunadamente para sus intereses, esta mañana todo pareció encajar. Sonrío para sí mismo, porque eso significaba que había comenzado la jornada de maravilla.

Una vez en la cocina, preparó el mismo desayuno de siempre: una taza de café negro con dos de azúcar y tostadas calientes con queso y mantequilla. Se sentó en la mesa que tenía aquella pantalla instalada sobre la superficie y mientras le daba pequeños sorbos al café, acercó el Módulo Vital al sensor para encenderla.

Entonces revisó meticulosamente el resumen diario proyectado.

La mayoría de las incidencias del Distrito Sur habían sido resueltas automáticamente durante la madrugada: dos solicitudes de revisión médica, una avería menor en una estación de transporte y tres reclamaciones administrativas. Nada fuera de lo habitual.

Lo que sí le llamó la atención fue observar una notificación en el apartado de las regulaciones. No solían ser tan comunes, pero al abrirla, leyó:

Auditoría presencial requerida.

Distrito Sur.

Núcleo Funcional registrado en el Módulo.

Ciudadana: Mila Z-375.

Acción asignada: Advertencia Nivel I.

El hombre apoyó la taza sobre la mesa y dio un mordisco a la última tostada. Leyó el informe completo para empaparse de la situación. No necesitó hacerlo otra vez. Solo se limitó a presionar el botón de aceptación.

La pantalla cambió inmediatamente.

Asignación confirmada.

Hora estimada de intervención: 08:40.

Tomó el último sorbo de café y se acabó la tostada. Después apagó la proyección, se acomodó el cuello de la camisa por enésima oportunidad y tomó las llaves del vehículo, aunque no las necesitaba para ponerlo en marcha.

Salió del apartamento. La puerta se cerró automáticamente detrás de él.

«¡Que tenga un buen día de servicio, Delegado!».

El automóvil negro se detuvo frente a un edificio de apartamentos del Distrito Sur con absoluta precisión. Tenía preferencia de estacionamiento, así que no podían retenerlo por estar parqueado en una zona prohibida.

El hombre apagó el motor. Tomó las llaves por inercia y se bajó. Si bien el automóvil, por defecto, venía programado para bloquearse automáticamente apenas el Módulo Vital detectaba que abandonaba el interior, el Delegado lo había mandado a modificar para utilizarlo a la vieja usanza. Así que acercó la llave a la ranura en la puerta, la giró y enseguida el coche despidió el pitido típico de bloqueo.

Sonrió. De vez en cuando prefería hacer las cosas manualmente.

Una vez en la entrada del edificio, el reconocimiento de su Módulo Vital le dio acceso de nivel superior a todas las instalaciones, incluyendo departamentos, espacios de diversión y la zona de vigilancia. Como hoy no necesitaba husmear en cada rincón, se limitó a pulsar un botón para llamar al ascensor y subir al tercer piso.

Una vez allí, se percató de que el pasillo estaba completamente vacío y en silencio.

Caminó unos metros, fijándose en la numeración dorada de cada una de las puertas, y se detuvo justo al frente de la que tenía como identificación el código 3-14.

Antes de llamar, apoyó la muñeca sobre el lector instalado junto al marco. Una breve luz azul recorrió ambos dispositivos.

Identidad verificada.

Acceso institucional autorizado.

La puerta permaneció cerrada, sin embargo, pues el protocolo exigía anunciar la presencia antes de ingresar.

Entonces llamó dos veces.

Unos segundos después, la puerta se abrió con cautela. Una mujer de unos treinta años apareció al otro lado. Llevaba ropa cómoda y el cabello recogido apresuradamente. Sobre las manos, un par de guantes de látex húmedos. Al parecer se encontraba en plenas labores de limpieza.

Al reconocer el traje oscuro, la corbata roja y las gafas, su expresión cambió apenas. No era miedo, sino una leve sensación de incomodidad.

—Buenos días —dijo ella, con un pequeño deje de nerviosismo en su voz.

—Buenos días —respondió él, neutral.

La mujer acercó su Módulo Vital al marco de la puerta.

Identidad verificada.

—¿Puedo pasar, Mila? —preguntó él, muy tranquilo.

Ella asintió.

—Claro, pase.

Mila se hizo a un lado sin decir una palabra, limitándose a seguirle los pasos. Como el apartamento estaba perfectamente ordenado, no tuvo que temer a un posible informe negativo en la calificación de la auditoría.

El hombre de traje permaneció de pie, inmutable. No parecía interesado en inspeccionar la vivienda. Solo consultó la información proyectada discretamente sobre su Módulo Vital.




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