—Buen servicio.
La voz resonó en la sala de reuniones al mismo tiempo que la presentación terminaba de proyectarse sobre la pared. El analista encargado del informe hizo una leve inclinación de cabeza y volvió a ocupar su asiento.
Las pantallas se apagaron una tras otra. Las conversaciones comenzaron a repartirse por la oficina mientras los equipos regresaban lentamente a sus puestos de servicio. Iris dejó su tableta sobre el escritorio y, antes de sentarse, escuchó una voz conocida detrás de ella.
—¿Sobreviviste al día libre?
Se giró. Vio a Mila sosteniendo una taza de café con una sonrisa cansada.
—Fantásticamente, querida.
—Eso quiere decir que no hiciste nada útil.
—¡Exacto!
Mila soltó una pequeña risa.
—Yo intenté ordenar el apartamento —dijo poniendo los ojos en blanco.
—¿Intentaste?
—Solo conseguí cambiar unas cuantas cosas de sitio y convencerme de que estaban mejor donde estaban antes.
Iris arqueó una ceja.
—Eso suena como perder toda una mañana en una tontería.
—Ni que lo digas.
Ambas rieron con esa naturalidad y confianza que solo tenían quienes llevaban años compartiendo el mismo espacio de servicio.
—Y ahora en serio —dijo Mila revolviendo el café con una cuchara desechable—. ¿En qué gastaste tu valiosísimo tiempo de descanso?
—En ver películas. Muchas películas. Las suficientes para quedarnos dormidos antes de terminar la última.
—Déjame adivinar. Silas volvió a elegir clásicos.
—¡Eureka!
—El hombrecito es demasiado predecible, ¿sabes?
—Aunque esta vez me pidió ver una cinta de terror.
—¡De terror! ¿En serio? ¿Y accediste?
—Me lo ha pedido muchas veces. Esta vez no quise herir sus sentimientos.
Iris tomó asiento frente a su terminal.
—Eres una gran mujer —soltó Mila acomodándole el cuello de la camisa a su amiga.
—Tanto que me quedé dormida a las primeras de cambio.
La pantalla se iluminó automáticamente al reconocer el Módulo Vital de Iris. Mientras esperaba que cargaran los proyectos del día, Mila dio otro sorbo a su café.
—Por cierto... viste que la última campaña de las Unidades de Continuidad apareció ayer en televisión.
Iris continuó mirando la pantalla, impasible.
—Sí. Lo vi antes del inicio de una de las películas que «disfrutamos» con Silas.
—Pues la gente de la oficina anda rumorando que tuvo bastante aceptación en el público.
Los dedos de Iris se detuvieron sobre la mesa. Giró lentamente la cabeza.
—Todavía no estaba aprobada, por si no lo recuerdas.
Mila frunció ligeramente el ceño.
—Pues la emitieron de todos modos —rezó.
—El supervisor dijo que hoy revisaríamos el guion definitivo. Había cambios pendientes.
—Quizás los hicieron de manera extraoficial.
Iris negó con tranquilidad.
—Tú y yo sabemos que eso es imposible. Las modificaciones importantes nunca las hace un grupo de personas fuera de la oficina. Deben volver siempre al equipo.
Mila apoyó la taza sobre el escritorio. Una pequeña sombra de inquietud asomó por sus hermosos ojos ámbar.
—Pues alguien decidió que esta vez no hacía falta.
Iris permaneció unos segundos en silencio. No parecía molesta, más bien desconcertada. Un proyecto de tal magnitud no podía saltarse ciertas condiciones por capricho de alguna de las partes.
Entonces abrió uno de los archivos del proyecto. La versión que tenía delante seguía manteniendo las directrices que habían dejado pendientes dos días atrás. No había ni una sola corrección. Ni una sola observación nueva. Ni una sola letra fuera de lugar.
Mila se inclinó ligeramente hacia ella.
—¿Sucede algo?
Iris cerró el documento con un rápido atajo de teclado.
—¡Nop! —dirigió la vista a un reloj de pared que tenía al frente—. Solo me sorprende.
Mila siguió la vista de su amiga al reloj, compartiendo la misma sensación de intriga.
—Es raro, ¿no? No parece que alguien se haya equivocado por distraído.
—Eso mismo pensé. Lo raro es que nadie haya detenido el proceso.
Iris todavía observaba el reloj de pared, hipnotizada, como si esperara que aquel objeto inanimado le mostrara la respuesta. Se concentró tanto en la manija que marcaba los segundos que, de pronto, una tenue luz roja parpadeante la sacó de lugar. Titilaba al mismo ritmo que el tic tac de la manecilla y no emitía ningún sonido estridente, por lo que, al principio, creyó que se trataba del mismo mecanismo del reloj. Sin embargo, cuando percibió una vibración entrecortada que procedía de la humanidad de Mila, concretamente de su Módulo Vital, Iris, casi por instinto, fijó su mirada en la muñeca de su compañera de servicio.
—¿Qué fue eso?
Mila levantó lentamente el brazo. El Módulo Vital seguía parpadeando con un ritmo constante. Durante unos segundos no respondió, solo se limitó a observar la luz roja como si todavía no terminara de acostumbrarse a verla. Después dejó escapar una sonrisa cansada.
—Un recordatorio.
—¿Un recordatorio? ¿De qué estás hablando?
Mila apoyó el antebrazo sobre el escritorio y desvió la mirada hacia la ventana.
—Ayer vino un auditor —dijo, cerrando los ojos un instante, como si volviera a recorrer mentalmente toda la visita.
Iris tardó unos segundos en reaccionar.
—¡Un auditor!
Iris estuvo a punto de decirlo con un grito, pero Mila reaccionó justo a tiempo y le tapó la boca con las dos manos, evitando así que meta la pata y alertara al resto del equipo.
—¿A tu apartamento?
Mila asintió despacio.
—Advertencia de Nivel I.
La expresión de Iris cambió de inmediato. No era miedo, pero sí sorpresa. Era la primera vez que un auditor visitaba a una persona muy cercana a ella.
—¿Qué pasó? —preguntó, curiosa.
—Eso mismo intenté averiguar yo.
Mila se acomodó en la silla sin demasiado entusiasmo y giró lentamente la taza de café entre las manos.