Cuando regresaron al apartamento ya era cerca de la medianoche. El edificio permanecía en silencio y el pasillo apenas estaba iluminado por las luces automáticas del techo. Silas abrió la puerta con el Módulo Vital y esperó a que Iris entrara primero. Ambos dejaron los abrigos sobre el respaldo del sofá, todavía con la inercia de una noche que se había alargado más de lo habitual.
Ninguno tenía intención de dormir inmediatamente.
Silas se aflojó el nudo de la corbata, aunque no llegó a quitársela. El traje azul marino que había elegido para la celebración seguía impecable, salvo por las mangas ligeramente arrugadas después de varias horas sentado a la mesa. Iris, en cambio, se descalzó apenas cruzó la sala. Odiaba los tacones, porque cuando los usaba hacían que le doliera los pies. Los arrojó junto al sofá y, casi de inmediato, recuperó la sensación de comodidad. El vestido rojo que llevaba, ajustado con la elegancia suficiente para destacar sin resultar extravagante, caía hasta las rodillas y dejaba los hombros al descubierto. Lo había escogido así porque sabía que a Roxanne le hacía ilusión verla arreglada correctamente para una ocasión tan especial como aquella.
Silas fue el primero en romper el silencio, apenas ambos se tendieron en el sillón.
—Roxanne tiene una capacidad extraordinaria para convertir una pregunta en un conato de obligación.
Iris dejó escapar una risa natural mientras se recogía un mechón de cabello que le caía sobre la oreja.
—Lleva preparando esta celebración desde antes de que llegáramos al Umbral.
—Eso explica la tarta.
—Y el champán.
Silas suspiró.
—También noté que Charles estaba demasiado de su lado.
Iris levantó una ceja.
—Cuando me quedé a solas con él, me recordó varias veces que no debíamos esperar demasiado para enviar la solicitud.
—Roxanne me dijo exactamente lo mismo.
Silas la observó con curiosidad.
—Me recordó que una casa nunca vuelve a ser la misma cuando alguien nuevo aprende a vivir en ella.
Silas recordó la frase. También la había escuchado de Charles, pero dicha allí, en la tranquilidad del apartamento, parecía adquirir un peso distinto.
—Charles fue menos poético.
—Me lo imagino.
—Según él, muchos núcleos familiares se quedan atascados en los preparativos y cuando uno se da cuenta, al final nunca termina de estar listo.
Iris soltó una pequeña risa.
—Suena más a Charles.
El silencio volvió a instalarse entre los dos, aunque ya no resultaba incómodo. Permanecieron unos instantes recorriendo con la mirada el apartamento, imaginando sin decirlo cómo cambiaría aquel lugar si algún día una Unidad de Continuidad cruzaba la puerta.
Fue entonces cuando Silas volvió a mirar a Iris.
Hasta ese momento no había reparado realmente en ella.
La luz tenue de la sala resaltaba el color profundo del vestido rojo, y la piel desnuda de sus hombros y piernas contrastaba con la oscuridad de la tela de una manera que jamás le había llamado la atención. Sintió un impulso sencillo entonces, casi inocente: acercarse y rozarle el brazo con la yema de los dedos. No entendió de dónde nacía aquel deseo. Solo supo que estaba allí.
Iris levantó la vista en ese mismo instante y encontró a Silas observándola.
—¿Qué?
Él desvió los ojos con una torpeza impropia de alguien que normalmente parecía tener el control perfecto sobre todas sus acciones.
—Nada.
Aquella respuesta la hizo sonreír. No porque le resultara gracioso, sino porque conocía demasiado a Silas. Él no solía derrumbarse con tanta facilidad. Y ella, con ese pequeño detalle de pillarlo desprevenido, logró desubicarlo un poquito. Sonrió.
Silas apartó la mirada apenas un segundo, como si necesitara convencerse de que aquello que estaba sintiendo era real. Nunca le había resultado difícil tomar decisiones. Su vida entera había transcurrido entre horarios, procedimientos y rutinas que conocía de memoria. Sin embargo, allí, frente a Iris, descubrió una incertidumbre completamente nueva.
—Estás nervioso —susurró ella con una suavidad que le provocó cosquillas en el estómago.
—Odio admitirlo... pero esta vez tienes razón.
—Jamás pensé escuchar eso de ti.
Él negó con la cabeza.
—Yo también lo pensaba.
Durante un instante ninguno hizo nada. Permanecieron uno frente al otro, separados apenas por unos centímetros, dejando que el silencio completara las frases que ninguno sabía formular.
Entonces Iris decidió romper la distancia.
Le acomodó la corbata con un gesto casi automático y luego dejó que sus dedos descendieran lentamente hasta el primer botón de la camisa.
—Ni siquiera te la aflojaste bien.
Silas tragó saliva, con cuidado de no hacer mucho ruido.
—Supongo que esperaba que tú lo hicieras mejor.
Ella soltó una risa coqueta.
—Eso también es nuevo.
Los dos rieron con una naturalidad que disipó gran parte de la tensión. De pronto, todo dejó de parecer un momento solemne. Eran simplemente dos personas que llevaban años compartiendo una vida y que, por alguna razón, acababan de encontrarse otra vez después de una noche complicada.
Iris terminó de deshacer el nudo de la corbata y la dejó caer sobre el respaldo del sofá. Luego comenzó a desabrochar la camisa con una lentitud que ninguno de los dos habría podido justificar. No había prisa. Nunca antes habían sentido la necesidad de detenerse en algo tan simple como descubrir la piel al desnudo del otro.
Silas permaneció inmóvil, observándola detenidamente de pies a cabeza.
Cuando la camisa terminó abierta, Iris levantó la vista. Sus ojos se encontraron en un instante que pareció casi sublime. No apartaron la mirada.
Había algo profundamente íntimo en sostener los ojos del otro durante tanto tiempo. Era como si ambos estuvieran intentando memorizar una versión desconocida de la persona con la que habían convivido durante años.