Habían transcurrido varias semanas desde la celebración del Umbral de Continuidad.
La rutina había recuperado su ritmo habitual con la misma facilidad con la que el agua vuelve a encontrar su cauce. Silas regresaba cada mañana al Anillo Industrial, Iris continuaba alternando sus jornadas ordinarias con los periodos extendidos de servicio en el banco estatal y, entre ambos, la vida seguía avanzando con la serenidad metódica que siempre había caracterizado a Meridian.
Nada había cambiado.
O, al menos, eso era lo que Silas se repetía cada vez que recordaba aquella noche.
No pensaba demasiado en la conversación con Charles y Roxanne. Tampoco en la insistencia, siempre amable, de que enviaran la solicitud cuanto antes. Ni siquiera se detenía a analizar las razones por las que, desde entonces, la idea de una Unidad de Continuidad ya no le parecía tan lejana como meses atrás.
Pensaba en Iris.
En la forma en la que su vestido había caído al suelo como el pétalo de una rosa. En sus preciosos ojos color ámbar, fijos en los suyos, diciéndole más con una mirada que con mil palabras. En lo vergonzoso que había sido notar que, al principio, no sabía por dónde empezar a tocar. En lo perfecto y delicado de sus curvas. En la intensidad de aquel momento culmen de placer que lo llevó a replantearse ciertas cosas que Meridian le había enseñado.
Descubrió que aquella experiencia era una de las cosas más extraordinarias que un ser humano podía vivir antes de ser reciclado. Que valía la pena cada maldito segundo.
Aquella tarde terminó su jornada de servicio unos minutos después de la hora oficial de salida. Se despidió de Carl en el pasillo sin ofrecer mayores explicaciones, rechazó con una sonrisa su invitación de acompañarlo hasta la estación cotidiana y consultó el Módulo Vital para verificar que no hubiera mensajes nuevos. Encontró solo la actualización automática del estado del núcleo funcional.
Silas: servicio finalizado. ¡Qué tenga una buena jornada de descanso!
Iris: jornada extendida en curso. Hora de salida estimada: seis de la mañana.
Leyó la segunda línea una vez más, para asegurarse de que en realidad Iris no regresaría hasta la mañana siguiente. Su recelo no se debía a que estuviera ocultándole cosas a su conviviente, sino porque, sin haberlo planeado realmente, tomó una decisión que llevaba varios días rondándole la cabeza.
En lugar de abordar el tren habitual hacia su distrito, caminó hasta el andén contiguo. El panel indicaba un destino diferente.
Centro de Meridian.
Silas abordó el transporte dentro de un pequeño grupo de veinte personas y ocupó un asiento junto a la ventana. Al otro lado del cristal, conforme avanzaban hacia el interior de la ciudad, esta comenzó a deslizarse con la precisión silenciosa de siempre. Los gigantescos edificios del anillo industrial fueron quedando atrás poco a poco, reemplazados por amplias avenidas, zonas administrativas y sectores cada vez más concurridos. A medida que el tren se acercaba al corazón de la ciudad, el flujo de personas aumentaba y, con él, el constante movimiento de una metrópolis que parecía no detenerse jamás.
Durante el recorrido, las pantallas integradas en el vagón permanecieron apagadas la mayor parte del tiempo. El sistema evitaba interrumpir innecesariamente los desplazamientos de los ciudadanos. Lo de la publicidad invadiendo cada espacio se convirtió en un mal recuerdo del pasado. Solo cuando el trayecto superaba determinadas estaciones aparecían comunicaciones de interés general cuidadosamente seleccionadas.
Una transición suave iluminó la pantalla situada frente a Silas.
El logotipo del Banco Estatal ocupó el centro durante apenas unos segundos.
Después apareció un mensaje sencillo.
Nuevos cupos de financiación disponibles para solicitudes de Unidades de Continuidad. Consulte las condiciones según la calificación de su núcleo funcional.
La información desapareció tan discretamente como había llegado. El vagón volvió a mostrar el plano del recorrido y el viaje continuó con su normalidad silenciosa.
Silas permaneció mirando el reflejo de la ventana unos instantes. Semanas atrás probablemente habría pasado por alto aquel anuncio, sin embargo, aquella tarde, se descubrió leyendo todo el texto hasta el final.
Por primera vez no sintió que se tratara de un mensaje dirigido a otros ciudadanos.
Era para él.
Cuando la voz automática anunció la llegada al Centro de Meridian, se puso en pie con la misma calma con la que había iniciado el viaje. Aún no sabía si enviaría la solicitud. Ni siquiera estaba seguro de querer hacerlo. Solo había decidido responder una pregunta que llevaba demasiado tiempo posponiendo.
¿Qué ocurría realmente después de cruzar las puertas del Centro de Continuidad?
Las puertas del tren se abrieron con un suave siseo y Silas descendió junto al resto de pasajeros. A diferencia del Anillo Industrial, donde los desplazamientos respondían a una cadencia casi mecánica, el Centro de Meridian concentraba un flujo constante de personas que se movían en todas direcciones sin que por ello reinara el desorden. Funcionarios, ciudadanos que realizaban trámites administrativos y pequeños grupos que salían de distintos edificios convivían en una armonía tan habitual que apenas llamaba la atención.
El Centro de Continuidad se encontraba a pocos minutos de la estación.
Silas no necesitó consultar el mapa. Bastó seguir la señalización urbana detallada para distinguir, al final de una amplia plaza peatonal, un edificio de líneas sobrias revestido por grandes paneles de cristal. No destacaba por su altura ni por una arquitectura extravagante. De hecho, parecía diseñado precisamente para transmitir lo contrario: cercanía, transparencia y confianza.
Sobre la entrada principal únicamente podía leerse el nombre del edificio. Letras negras sobre fondo blanco. Un estilo brutalmente minimalista.