Berlian
—¡Berlian! —Escucho la voz de mi madre arrastrándome de regreso a la realidad—. ¡Berlian, levántate!
Siento cómo la sábana abandona mi cuerpo, dejándome casi desnudo. Solo tengo puestos unos calzoncillos, así que quienquiera que me destapó se acaba de llevar todo un espectáculo. Mi cabeza late, literalmente, como si mi cerebro estuviera tratando de escapar. Creo que trasnochar hasta las tres de la mañana no fue la mejor idea. Nunca lo es, pero sigo haciéndolo.
Suelto un gruñido y abro un ojo para ver quién ha tenido la brillante idea de interrumpir mi sueño.
—Mamá, déjame en paz —gruño, intentando arrastrar la sábana de vuelta. Ella, incansable, la quita de nuevo—. Me duele la cabeza —susurro en un intento de excusa.
—¡Berlian! —vuelve y me grita, haciéndome levantarme de golpe.
La cabeza me palpita; siento que me están dando con un palo. Mierda, esta vez lo juro: no vuelvo a beber.
—Mamá... ¿Qué hora es? —murmullo, sin poder evitar un gesto de fastidio. Apenas dormí unas horas y el alcohol aún se siente en mi sistema. Me llevo una mano a la frente, tratando de ahogar el malestar.
—La hora de que expliques esto —responde ella, casi escupiendo las palabras. Me arroja un periódico y lo ojeo sin mucha convicción... hasta que veo mi foto en la portada. Estoy con los ojos entrecerrados, una copa en la mano y rodeado de un par de chicas que ríen despreocupadas. La imagen es tan escandalosa como puede serlo: el príncipe Berlian, sin inhibiciones, mientras el titular en negrita anuncia: «Fiesta desenfrenada del príncipe Berlian: ¿el heredero irresponsable?».
Miro a la esquina de mi habitación a Gunter, que está parado de manera recta, mirando el espectáculo sin decir una sola palabra, como siempre. Gunter es el aliado más grande de mi madre y era el mejor amigo de mi padre; actualmente es mayordomo y la mano derecha de mamá.
—Mamá, esto no es tan grave como parece... —empiezo, tratando de sonar calmado.
—¡¿No es tan grave como parece?! —su voz se eleva y sus ojos se llenan de una mezcla de furia y decepción—. ¡Te fotografiaron bebiendo, Berlian! ¡Estabas en público, rodeado de mujeres y claramente fuera de control! ¿Sabes lo que esto significa?
—Solo estaba divirtiéndome. Todo el mundo necesita un respiro de vez en cuando —respondo, intentando restarle importancia.
—¿Divirtiéndote? —dice, echando la cabeza hacia atrás como si no pudiera creer lo que acaba de escuchar—. Eres un príncipe. No puedes permitirte esos "respiros". Tienes una responsabilidad, Berlian.
—¿Responsabilidad? ¿Y qué hay de mi vida? —replico, sintiendo cómo la rabia me va encendiendo—. ¿No puedo tener una noche para mí? ¿Sin cámaras, sin vigilancia, sin que me sigan?
—¡No de esta manera! —responde, su voz como un latigazo—. ¡No mientras seas el heredero! ¿Te das cuenta de lo que le haces a la imagen de la familia, al respeto que los ciudadanos deben tener por ti? Ni siquiera tratas de evadir a los paparazzis.
Mis hombros se desploman y la culpa me cala hondo. Sé que mi madre tiene razón, pero admitirlo es casi tan doloroso como la punzada en mi cabeza. Anoche, entre el ruido y las luces, me sentía invencible, lejos de las miradas críticas y de las expectativas. Pero aquí, bajo la mirada firme de mi madre, me doy cuenta de que he fallado; no estuvo bien lo que hice.
—Sé que me equivoqué, mamá —digo, bajando la cabeza. Me escucho diferente incluso para mí mismo: más serio, más real—. No debí exponerme así, y menos de esa forma. Es solo que... a veces siento que no tengo escape.
Ella hace un largo silencio y respira; sé que está tratando de calmarse. Mi madre no es alguien a quien le guste el escándalo.
—Bien, cariño —suspira—, vamos a calmarnos y a hablar.
Entonces la miro y, cuando sus ojos caen sobre mí, sé más o menos a qué se refiere, de qué quiere hablar; ella sabe que odio este tema con todo mi ser. Es difícil para mí hablarlo, pero ella insiste.
—No, mamá —niego.
—Esta vez sí me vas a escuchar —decreta.
Suspiro porque sé que no tengo salida. Aunque podría tirarme por la ventana.
—Berlian, cariño —comienza—, cuando Alice murió...
—Mamá —gruño—, no me gusta ese tema para nada...
—Respeté el hecho de que comenzaras a beber y a desvelarte. Sabía que no estabas bien, que tenías que vivir tu duelo —dice—, pero pensé que sería una etapa. ¿Pero sabes qué ha sucedido? —pregunta retóricamente, aunque yo sé la respuesta—. Han pasado cinco años y todavía seguimos en lo mismo.
Cierro los ojos con fuerza. Para mí, la muerte de Alice fue muy difícil en dos ámbitos: porque aparte de que la perdí, fue mi culpa. Nunca lo he superado, aunque le hago creer a las personas que sí lo he hecho; pero no, y no creo que nunca lo haga.
Lo más difícil fue que los padres de Alice siempre me culparon de su muerte, me hicieron responsable; tanto, que muchas personas incluso llegaron a pensar que yo la había mandado a asesinar. A causa de eso, tuve que irme del país por un año y medio; aunque fue más decisión mía que otra cosa. Necesitaba pensar, respirar otro aire, pero volví cuando sucedió lo de mi padre.
—Pero dos años después —hace un breve silencio y sé que tiene un enorme nudo en la garganta— tu padre murió, y ese fue el momento más difícil de mi vida.
Ese fue otro momento bastante trágico. A mi padre le dio un infarto repentino y, lamentablemente, murió. Ese fue un momento en que realmente mi familia no sabía si seguiría, si nos levantaríamos de ese obstáculo tan grande que se quedó en el camino. Mamá se había quedado con todo el reino; Gaby era muy apegada a mi padre y, bueno, yo todavía no tenía fuerzas suficientes para ese golpe. Pero para mí también fue muy difícil, ya que tuve que ser fuerte por mi madre y por Gaby. Por mucho tiempo tuve que aprender a reservar mis sentimientos para mí.
—También entendí el hecho de que quizás no estabas listo para tomar el mando, pero ya no más, Berlian —dice mi madre—. Tienes veintitrés años, necesito que sientes cabeza. Tienes que tomar el mando del reino, sabes que eres el rey heredero, necesito ayuda...
Editado: 31.03.2026