Zafira.
Abro los ojos y al mismo tiempo dejo salir una enorme sonrisa. Otro día, otra oportunidad para ser feliz.
Me levanto de la cama y automáticamente el olor a medicamento entra por mi nariz; quizás a muchas personas no les gusta, pero con el tiempo que tengo viviendo en el hospital, ya es un olor de mi día a día.
Busco mis pantuflas para no poner los pies sobre el suelo, ya que se siente muy frío y tiene muchos gérmenes. Automáticamente me dirijo al baño, a darme una ducha. Coloco el agua a temperatura tibia; sufro de mucho frío y el agua del hospital no ayuda mucho; literalmente siento que expulsa hielo de ella.
Salgo del baño y, como el agua estaba tibia, me encuentro con el espejo empañado; le paso la mano al espejo, viendo mis enormes ojeras y mi cabello alborotado. Sonrío, porque hoy estoy viva y puedo sonreír; hay personas que no abrieron los ojos hoy.
—Vamos, Zafira, es un nuevo día —me sonrío a mí misma— y hay mucho que hacer.
Dejo salir un suspiro. Me coloco mi ropa interior, que está algo gastada, pero aún funciona. Antes de colocarme la ropa, busco el pequeño aparato que yo conozco como un desfibrilador; el pequeño aparato se encarga de mostrarme al ritmo que va mi corazón.
Veo que el ritmo cardíaco está en noventa; eso significa que todo está bien. Miro el aparato de goma que está conectado a mi pecho, exactamente en la parte cerca de mi corazón. El aparato es bastante moderno; solo tengo que mantener el pequeño control, o eso es lo que a mí se me parece. Solo tengo que mantenerlo cerca para que lleve mi ritmo cardíaco.
Después de verificar que todo esté bien, me dirijo a mi pequeño armario. No tengo mucha ropa, incluso la mayoría son batas médicas y uno que otro par de zapatos, pero siento que así está bien; tampoco salgo de este lugar, así que no necesito más ropa.
Me coloco unos pantalones azules holgados y un abrigo del mismo color, también las medias blancas, y entro los pies en unos cómodos tenis que son como de algodón; dejo mi cabello desalineado, pero me gusta cómo se ve. Entro el aparato en el bolsillo de mi pantalón y salgo de mi habitación, que es la última del pasillo. Miro el reloj que está frente a mí. Son las siete en punto de la mañana, justo a tiempo.
Cierro la puerta con la pequeña llave y básicamente salto de felicidad de camino a la recepción.
—Buenos días, Amber —le sonrío a la recepcionista que está de turno.
Está de más decir que aquí no hay una sola empleada que yo no conozca. Y viceversa.
—Buen día, Zafira —me responde amablemente—. Te levantaste temprano.
Me siento muy sonriente. —Sabes que hoy es el turno mañanero de Olivia.
Aquí todo el mundo me trata con amabilidad, no lo negaré, pero Olivia es la única que me considera más que una paciente. Ella dice que soy su amiga.
—Ah, sí, ya ella llegó —me avisa—. Se está preparando.
Asiento sonriendo y me quedo ahí esperando a que mi amiga salga. Unos minutos después, la chica pelinegra con cabellera corta, con una linda pijama de enfermera blanca, sale de una habitación al fondo.
Una sonrisa aún más grande se plasma en mi rostro.
—Olivia —saludo más alegre de la cuenta.
—Hola, pequeña —me saluda de igual manera.
Ella tan solo tiene treinta años, es decir, que solo me lleva algunos años; sin embargo, ella dice que me ve como una niña pequeña. Además de que ella llegó aquí cuando yo apenas tenía doce años, tenemos un buen tiempo conociéndonos.
—Te extrañé este fin de semana —dijo encogiéndose de hombros.
—Yo también —responde—. Lástima que no puedo sacarte de aquí, ni siquiera a pasear.
—No importa —respondo—, lo importante es que ya estás aquí.
—¿Cómo te sientes hoy? —pregunta.
—Todo bien —respondo.
—Tu ritmo cardíaco.
—En noventa.
—Excelente.
—¿Qué tenemos para hoy? — pregunto animada.
Y sí, trabajo aquí; no es directamente un trabajo, ya que no me pagan, pero es una ayuda y agradecimiento porque vivo aquí.
Además, me gusta hacerlo; no es que tenga muchas cosas más que hacer; así paso el día.
—Bien, tenemos varias cosas —me responde mientras se amarra el cabello y luego toma una lista—. Sabes que hoy es día de animación.
Abro los ojos feliz y sorprendida; no sabía que hoy era día de animación. Pues el día de animación no es más que cuando vienen personas de fuera, bailarines, magos, pintores y todo lo que se le pueda ocurrir a alguien del mundo del arte o fantasía. Lo hacen con el fin de sacarnos de la rutina diaria, ya que muchos de aquí vivimos aquí por nuestra enfermedad y otros que, aunque no vivan directamente aquí, siempre lo están.
Esta parte del hospital es para las personas con las enfermedades más graves, como yo.
—Comienza ahora a las 8 —me informa—. Pero mientras vamos a ir repartiendo el desayuno.
Y así comienza mi mañana, dirigiéndome con mi amiga a la cocina a buscar el desayuno de cada paciente de este lugar, incluido el mío, pero casi siempre como después que todos lo hacen.
Mientras yo arrastro el carrito, Olivia va a mi lado diciéndome a qué habitación entrar y cuál es el desayuno de cada uno.
En los hospitales, cuando el paciente tiene su comida, depende de su dieta.
—Hola, Jule —saludo a mi pequeña niña que se encuentra viendo.
Caricatura desde la cama: —Aquí está tu desayuno.
Dejo a un lado la bandeja de puré, jugo de manzana y las fresas.
—Hola, Zafi —me saluda sin fuerza.
—¿Cómo amaneciste hoy? —pregunta Olivia.
—Un poco adolorida.
La miro de arriba abajo y automáticamente el nudo en mi garganta se hace presente.
Cada día Jule va perdiendo más la vida; tiene cáncer, un cáncer terminal. Ya la niña no tiene cabello y está hasta los huesos; realmente ella es lo que se llama una persona que está sobreviviendo. Cada vez que la veo me dan ganas de llorar.
Jule apenas tiene diez años y ya no le queda mucho tiempo. Eso es muy injusto; Jule no pudo vivir una vida, ni siquiera disfrutar su infancia, ya que le declararon el cáncer a los cinco años.
Editado: 12.05.2026