Berlían.
Hoy es el día; hoy comienza el programa del que tengo planes de salir en dos semanas o menos, si es posible, y no volver nunca más.
Primero de septiembre, comienzo de aquel evento que me va a ayudar a seguir con mi vida.
Los autos reales me están esperando. Otra de las cosas que odio de la realeza es que siempre debo andar con alguien más. Incluso si tengo auto propio, tengo que andar con esas personas. Antes tenía uno propio, pero dadas las circunstancias, no manejo. Pero aunque no lo hago, me gustaría solo andar con un chofer, no con veinte hombres sobre mí.
Bajo las escaleras y me encuentro con mi madre muy bien vestida al final de la escalera con Hila y sus secuaces, lista para hacer mi vida imposible. La primera me carcome con los ojos y yo simplemente la ignoro; me divierte un poco molestarla.
—Mi niño ya es un hombre —dice mi madre—. ¿Listo para comenzar el programa de cuatro meses?
Desde mi punto de vista, dos semanas.
—Claro, mamá —es lo único que me limito a decir.
—No podré ir contigo —me deja saber.
Mi rostro demuestra una cara neutra, pero en el fondo estoy feliz, me alegra, porque conozco a mi madre; sé que ella es capaz de decirle al chico que no me deje escapar.
—Pero te acompaña Hila —la víbora mayor— y los chóferes y algunos empleados que estarán ahí por si necesitas algo.
—Majestad, perdone que la contradiga —interrumpe Hila. —Pero recuerde en lo que quedamos —frunzo el ceño—. Es mejor no mandarlo con todas esas personas, ya que no queremos llamar la atención.
No entiendo de qué trato están hablando.
—Pues entonces, ¿no irá con ellos?
—Lo que yo le recomendaría, majestad, es que solo lo lleven y lo dejen allá —una sonrisa intenta salir, pero la disimulo— y después el chófer lo vaya a buscar a eso de la tarde.
Pues entonces me quedaré solo... Creo que este programa cada vez me gusta más; ¿cómo fue que no lo conocí antes?
—Pues creo que está bien —se da por vencida mi madre—. No hagas nada malo. —Se acerca a mí y me llena la cara de besos.
—Te amo, mamá.
Me despido de ella y me dirijo a la puerta donde veo los autos que me están esperando.
—Buena suerte, Berlían —escuchó el grito de mi hermana.
Giro para lanzarle un beso; tiene su ropa perfectamente y sé que está esperando a su institutriz; al igual que yo, por seguridad, ella estudia en casa, aunque al menos yo estudié con otros chicos, como Lucas, pero ella lo hace completamente sola, aunque me ha dicho que así le gusta más.
Me encamino hacia los autos y uno de los mayordomos abre la puerta de atrás. Otro dato: la realeza nunca se sienta adelante.
Luego de que subo, sube el chofer mientras Hila se sienta a mi lado con la cabeza metida en su celular y su agenda. Noto que el equipo de Hila, que el día de hoy son pocos, se sube en otro auto y arrancamos.
—Hila —la llamo.
—¿Qué? —escupió.
Le doy una mirada, que ella nota más que notar; creo que lo sintió. El chófer también lo mira un poco extraño y ella sabe la razón.
—¿Disculpa? —pregunta en forma de burla.
—Perdón —me da una sonrisa forzada—. ¿Qué necesita, majestad?
Me río y veo cómo ella gira los ojos. Me encanta joder.
—Quiero que me digas el trato que hablaban tú y mi madre —lo digo discretamente— y no me saltes con la estupidez de que es algo privado, porque sé que si es privado no te hubiera permitido hablar delante de mí.
Esa es una regla esencial en el palacio. Si tienes un tema que nadie puede saber, no tienes permitido decirlo delante de alguien, ya que corres el riesgo de que a alguien se le plantee la curiosidad e investigue más de la cuenta.
Ella duda unos segundos en decirme y uso mi poder; para algo lo tengo, ¿no?
—Es una orden.
Pone los ojos en blanco y estoy segura de que me está asesinando mentalmente.
—No es nada del otro mundo, Berlían —comienza—, simplemente decidimos cambiar de hospital.
—¿Por qué?
—Cuando llegamos al comunitario, solo se hicieron parquear los autos para que se armara un desorden porque sabía que eran personas de la realeza —explica—. Entonces deducimos que cuando llegara al hospital, no te dejarían en paz, así que por eso buscamos el otro.
Demonios, no me digan que me quitaron el adulto.
—¿Entonces?
—No te asuste, Berlian —dice—; como quiera, no te tocará con un niño.
Respiro con tranquilidad; no quiero que nada perjudique mi plan.
—Simplemente irás al centro de cuidados intensivos de Eldonia.
En ese lugar suelen haber personas que tienen enfermedades terminales o demasiado graves, es decir, que necesiten atención todo el día; normalmente las personas que están instaladas ahí viven ahí.
—¿Enfermedades terminales?
Asiente. —Ese lugar no va todo el mundo, ya que es especializado para personas así —explica—, y normalmente son o muy viejos o muy niños; en el hospital entero solo hay una joven y con esa es que vas a estar.
Bueno, no tengo problema con eso.
—Por el tipo de lugar, nadie te estará hostigando ni van a ver chicas calientes que te quieran comer.
Me río.
—¿Celosa, Hila?
Suelta un gruñido; creo que si no fuera porque sí atenta contra la realeza, básicamente los manda a la cárcel de por vida, estoy seguro de que Hila ya me hubiera asesinado.
—Concéntrate —me susurra para que yo solo pueda escuchar—. Vas a estar solo, pero vas a estar vigilado; no vas a hacer ninguna locura.
Giro los ojos; no se tiene que preocupar, porque estos días me mantendré tranquilo.
Me quedo observándola unos segundos esperando a que ella me entregue algo, pero nunca lo hace.
—¿Y el informe? — pregunto.
—¿Qué informe? —se hace la desentendida.
—Sé que no sé mucho del programa, pero sé que a cada participante se le da un informe sobre los datos del paciente con el que estará.
—Es cierto —levanta la mirada de la agenda—, pero como al niño real no quiso los participantes que tenemos, tuvimos que buscarle otro de emergencia, así que no dio tiempo a entrevistarlo. —Se encoge de hombros—, así que tendrás que averiguar todo lo que quieras saber.
Editado: 26.05.2026