Meses Junto a ti

Capìtulo 5 - Pecas

Berlian.

Salgo de mi habitación mientras apago el celular luego de haber leído unos cuantos mensajes que tenía pendientes, cierro la puerta de mi habitación detrás de mí y me coloco una chaqueta sobre mi ropa.

Bajo la escalera del castillo, encontrando a mi paso a las empleadas limpiando de aquí para allá. Me saludan, pero yo solo le regalo un asentimiento para no pasar por maleducado. Llego a la parte baja donde me encuentro a mi madre con sus secuaces atrás y a mi hermana junto a ella.

Mi hermana, vestida perfectamente y con su cabello perfectamente peinado, y mi madre, ambas giran hacia mí, mirándome de una forma demasiado extraña para mi gusto. Curiosidad.

—Buenos días, Berlían —saluda madre y mi hermana me sigue mirando con ese brillo de curiosidad que cada vez me da más miedo.

—Buenos días, mamá, buen día, Gaby.

Además, todavía me siguen mirando como si yo fuera algún objeto exótico o, mejor dicho, algún objeto fuera de otro planeta. Y lo único que quiero es largarme de aquí, para tomar aire fresco. A pesar de que vivo en el castillo más grande del país, siento que aquí dentro no respiro aire puro.

—Suéltenlo de una vez.

—Solo queríamos saber cómo te está yendo en el programa —habla la reina.

—Mamá, solo tengo tres días en el programa —le recuerdo, mientras cambio de dirección hacia la escalera.

Y aunque ella no lo sepa, ayer no fui, así que en realidad solo tengo uno.

—Sí lo sé —ella se ríe—, pero eso es un récord.

Entre cierro los ojos escuchando lo que dice mi madre; mis ojos pasan a mi hermanita, que simplemente se ríe de la situación. Sé que ya no está aquí para preguntarme nada, solo le gusta burlarse de que mi mamá no me deje en paz.

—¿Cómo es la chica?

Me encojo de hombros. —No lo sé, una chica normal dentro de lo que cabe.

—¿Es bonita? —Me encojo de hombros nuevamente ante la pregunta de mi hermana menor.

—Eso creo.

Ellas vuelven y abren la boca y conozco sus intenciones. Así que la detengo antes de que me bombardeen con muchas preguntas. Tengo que irme; incluso voy tarde al programa y no es que esté muy emocionado de ir, pero entre eso y tener que soportar las preguntas de mi madre y hermana, creo que prefiero la primera.

—Tengo que irme —digo intentando salir.

—Un segundo ahí, jovencito —me detiene mi madre—. ¿Por qué Lucas está aquí en su auto?

Mierda, se dio cuenta; le dije a ese maldito que se parqueara lejos.

—Él me llevará al hospital hoy —le regalo una pequeña sonrisa.

—Tienes que ir con los escoltados, Berlian —decreta mi madre—. Que no se te olvide que eres el futuro rey.

Sí, más que eso, quiere estar segura de que no estoy haciendo algún desorden.

—Mami —me acerco a ella—, prometiste confiar en mí y en que estoy obedeciendo las reglas. —Me da una extraña mirada. —Así que confía en mí, no me pasará nada en ese desierto.

Literalmente, ese hospital está en medio del desierto; con razón nunca lo había conocido. Sí sabía que existía, pero, demonios, está en el fin del mundo.

—Berlian, son las reglas.

No sé si porque lo intento.

—Pues, ¿y si solo me siguen y se quedan a los alrededores?

Suspira. —No me gusta esa idea, pero algo es algo. —Me mira —. Bien, Berlian, confío en ti.

—Está bien, Mami —le doy un beso en la frente para girar a Gaby y guiñar un ojo—. Pasen buen día —les digo a ambas.

Me doy media vuelta y literalmente casi corro al auto de mi amigo, antes de que a mi mamá se le ocurra otra excusa y no tenga cómo evadirla. Subo de parte de copiloto a encontrarme con el pelirrojo que está cambiando de música en la radio.

—Todo bien al salir —pregunta cuando cierro la puerta.

—Hubiera estado mejor si te parqueas afuera —digo mientras me coloco el cinturón de seguridad—, pero nada que no pueda manejar.

—Eres el mejor —se burla.

—¿Me trajiste lo que te pedí?

—Claro que sí.

Se gira a la parte trasera del auto, donde me enseña una caja rosada y me muestra su contenido, viéndolo repleto de producto de belleza, accesorio y, entre otro maquillaje, muchas cosas que a las mujeres les suelen gustar.

—Perfecto.

—¿Pues se lo llevas y de ahí a donde vamos?

—Esta vez me quedaré en el hospital —miro el retrovisor donde veo a los guardias reales listos para seguirme.

No sé por qué insisto tanto; eso siempre ha sido una regla: la realeza no anda sola. Ayer pude escaparme y no ir por el simple hecho de que fue mi guarida de confianza; sabía que él no le diría a mi madre que no fui al programa, pero esta vez puedo ver que no es él.

—O vamos —se quejó el pelirrojo—, ¿en serio te quedarás?

—Tengo que, Luca —digo—. Ayer no fui ni antes de ayer tampoco; no puedo arriesgarme a que mi madre se dé cuenta o Hila, sabes que me hará la vida imposible.

Le hice creer a mi madre que había ido ayer, pero me fui con Luca a pasarme el día; sin embargo, mi madre es muy astuta. Si sigo haciéndolo muy seguido, se podrá dar cuenta y eso es resultado de que no me deje en paz.

Segundo, Hila, como una de las organizadoras del programa, de vez en cuando tiene que ir a los lugares donde se está impartiendo el programa para ver que todo vaya en orden, así que si ella se da cuenta de que no estoy cumpliendo con él, es otra propensa a no dejarme en paz por lo que me queda.

—Pues te llevo —dice burlón—, me tocará divertirme solo por el día de hoy.

Baja la radio unos segundos y mira por la ventana.

—¿Y cómo es? —Mi amigo baja la música y comienza a hablar.

—¿Quién?

—¿La chica con la que estás?

Me encojo de hombros mientras me acomodo en el asiento —una chica.

—¿Es bonita?

Arrugo las cejas. ¿Por qué esa pregunta? ¿Por qué me están haciendo esa pregunta?

—Sí, dentro de lo que cabe.

Digo, ella no es fea, pero su enfermedad no la ayuda mucho; se ve esquelética y desarreglada. Sé que no es su culpa, pero no negaré que, a pesar de eso, no puedo catalogarla como una chica fea, quizás algo intensa.




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