Meses Junto a ti

Capìtulo 6 - Machista

Zafira.

Camino por todo el hospital con el carrito; ya no le queda tanta comida, ya que solo me queda el plato de Mateo. Tocó su habitación y, cuando escuchó el pase, me dio paso a su habitación.

—Buen día, Mateo —depositó el plato en la mesa donde se supone que debe comer.

—Buenos días, niña —dice el hombre muy alegre.

—¿Cómo te sientes? —pregunto, terminado de poner su jugo en la mesa.

—Me siento muy bien. —Me sonríe y, antes de que pueda preguntar otra cosa, sigo yo.

—¿Bebiste tu pastilla?

—Sí.

—Vi que ayer vino tu hija.

La mueca que hace el hombre mayor no me gusta. Sé que Mateo no tiene una buena relación con su hija; luego de que él se enfermó, ella lo trajo aquí, pero casi no viene.

No sé por qué las personas no valoran lo que tienen; cuánto yo daría por tener un padre o simplemente alguien que me viniera a visitar porque quiera, no porque sea su responsabilidad.

—Solo vino a ver si todavía no he muerto —dice algo agrio, no me gusta esa expresión—. Tienes que asegurarte de que esté en mi testamento.

Arrugó la ceja; odio cuando las personas usan palabras tan extrañas.

—¿Testamento?

Suelta una pequeña rosa. —Un testamento es donde dejas plasmado a quiénes les dejas tus pertenencias luego de que mueres.

Entonces eso es un testamento, pero qué interesante.

—Yo puedo tener un tratamiento.

—Testamento —me corrige; pensé que lo dije bien—. Y claro, ¿a quién le vas a dejar tagriou cosa?

—A ti —le sonrío—. No tengo mucho, pero todo lo que tengo se lo dejaré a ti y a Olivia.

Sonríe, contagiándose de su sonrisa.

—Zafira, mi niña, es muy probable que muera antes de tu

Algo Agrio pasa por mi lengua. No me gusta cuando Mateo habla tanto de su muerte.

—Pero puedes dejarlo; si lo haces primero, cuidaré tus libros muy bien.

—Y mi juego de tazas.

—Y tu juego de tazas.

Me río, me acerco, le rodeo el cuello y le doy un abrazo y un beso en la mejilla en forma de despedida; tengo que ir a mi habitación a terminar de arreglarla.

Salgo de la habitación y me dirijo hacia la recepción donde está Olivia. Corro por los pasillos con el carrito rodando delante de mí, antes de llegar donde la pelinegra dejó el carrito, que las mujeres de la limpieza se lo puedan llevar.

—Buen día —digo cuando veo a Olivia—. ¿Cómo estás?

—Yo bien —me regala una enorme sonrisa— y creo que está de más preguntarte a ti.

—Sí, estoy muy feliz, es que me encanta mucho estar en ese programa.

—¿Cómo es el chico? —dice Olivia.

—¿Qué chico? —preguntó.

—Berlian, el chico del programa.

—Es muy lindo —respondo algo tímida.

No lo puedo negar, no me esperaba un chico así; nunca había visto uno en persona, solo los había visto en la televisión, películas y videos musicales.

No pensé que existieran en realidad, que quizás en esos videos en la pantalla habría algún efecto especial, pero él sí es así de carne y hueso y una belleza fuera de lo común; parece un príncipe de cuentos de hadas. Y lo que más me llama la atención es su cabello rubio; tiene unas iluminaciones que parecen falsas, pero cuando le pregunté, me dijo que sí eran naturales, que no las tenía de pequeño, pero luego que creció, su cabello empezó a notarse así.

—Aunque casi no habla —me encojo de hombros—, pero eso no me preocupa, yo puedo hablar por los dos.

Algo que he notado en estos dos días es que, aunque casi no habla, siempre está atento a todo lo que digo y se ríe de todo, pero no dice ni una sola palabra.

Aunque me ha sembrado la duda de algo, ¿quién es él? Digo, todo el mundo siempre lo está mirando; incluso una chica que estaba visitando a un paciente le pidió una foto y un autógrafo; no entendí la razón. Quizás es porque él es muy lindo; no me sorprendería que sea por eso.

—Son las nueve y no ha llegado.

—Me dijo que tenía un asunto —me dice Olivia—. Tiene que estar por llegar.

—Te dije que ayer me trajo unos regalos muy lindos — sonrio —. No sé qué son, pero aprecio que me lo haya traído.

—Sí me lo has dicho varias veces. —Me río, es que se me olvida.

—Zafira —me llama—, solo quiero que tengas pendiente que todo lo que hace Berlian es por trabajo.

—No comprendo, Olivia.

—Te veo muy emocionada con él —me sonríe—. Cariño, pero quiero que tengas pendiente que todo lo que él hace es parte del programa. —Un sabor amargo pasa por mi boca —es decir, sé que crees que él es tu amigo y quizás al final lo sea —hace una breve pausa—, pero no te ilusiones, si deja que todo fluya, sí.

Entonces un dolor se instala en mi pecho. ¿Entonces no le interesa ser mi amigo? ¿Solo es parte del programa? Cierro los ojos con fuerza mientras muevo la cabeza. No importa, no quiero que Olivia me vea llorar.

Así que le doy una sonrisa, aunque fue un poco forzada. Quizás es cierto que ahora mismo no somos amigos, pero yo me encargaré de que, antes de que termine este programa, él y yo seamos amigos.

..........................

Muevo mis hombros al compás de la melodía que suelta la pequeña radio que me ha regalado mi doctora. Es algo antigua, aunque tampoco conozco muchas de las modernas, pero sí la he visto cuando en animación vienen a bailar. Son unas radios que no necesitan cables; son muy modernas.

Hoy estoy muy feliz, hoy me levanté muy feliz, aunque siempre me encuentro feliz, según Olivia. Termino de recoger todo lo de mi habitación, limpio la habitación interdiario; se ve muy limpia; creo que me puedo ver en el piso. Guardo todos los utensilios en el baño.

Me estiro un poco a pesar de que recibí un poco de ayuda; hice mucho y estoy muy cansada. Ahora tengo que darme un baño antes de que llegue Berlín. Me acerco a la pequeña radio y la desconecto, para que deje de sonar esa melodía.

Entro al baño y me doy una larga ducha; me coloco una de mis pijamas en conjunto con unas medias y mis pantuflas. Con un cepillo arreglo un poco mi cabello y salgo del baño, pero para mi mala suerte, cuando salí, choqué un vaso de jugo de uvas que se derramó sobre mi camiseta. Demonios, era una de mis favoritas, era mi favorita.




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