Meses Junto a ti

Capìtulo 7 - La carta

Berlian.

Dos semanas viniendo a este estúpido hospital; pensé que no duraría la primera semana completa, pero me equivoqué, bastante, ya que el día de hoy cumplo la segunda semana, y realmente estoy cansado.

He pasado estas dos semanas tratando de convencerla de que firme la carta; podría haberme ido, pero si no logro que ella acepte, ella podría decir que no seguir con el programa y, cuando se enteren de que no completé el programa, mi madre me hará la vida imposible y esta vez no lo puedo aceptar.

Me he pasado este tiempo trayendo estupideces que me pide; cada vez es una cosa más estúpida que la otra, como cosas sin sentido y que yo sé que nunca en su vida utiliza. Lo último que me pidió son rubíes; los traje, son falsos.

No es por ofender, pero si Zafira no sabe qué es un pintalabios, dudo mucho que sepa distinguir entre rubíes falsos y verdaderos. Pero hoy, en mi último día en el programa, esta vez sí tendrá que hacer la carta; he cumplido cada ridículo capricho que me ha pedido, es hora de recibir lo que quiero.

Entro por la puerta del hospital y lo primero que me encuentro es a la doctora de Zafira, que está en la recepción.

—Buen día. —Le doy una sonrisa.

—Buen día, majestad —me saluda.

—Te dije que podías llamarme por mi nombre.

—Es que lo veo extraño, pero lo intentaré.

—¿Dónde está la zafira?

—Está en el patio trasero —señala al final del pasillo con su lapicero—, pero ve en silencio; creo que está haciéndole una obra de teatro o no sé...

Me río; imagino, como muchas veces lo he expresado, que Zafira es como una niña pequeña.

—Gracias.

Comienzo a caminar con dirección al patio trasero; sé dónde queda. Cada vez que vengo, Zafira anda de un lado para otro y poco a poco he ido conociendo este hospital; no es tan grande como uno común, pero sí lo suficiente.

Lo que no hay son muchos pacientes, quizás menos de cincuenta, la mayoría mayores, algunos niños, y la única joven es Zafira.

Llego al patio trasero notando que la mayoría de los pacientes y algunos enfermeros estaban amontonados, mirando algo, y por lo que veo en Zafira, parece que les está dando un espectáculo de baile.

Lleva una pijama que no parece de hospital, ya que es color pollito y no se parece a las demás. Sus rulos largos están amarrados en dos trenzas.

Me quedo observándola desde la puerta que da al patio; no lo hace bien, para nada, incluso la música va en un lado y ella en otro, pero parece disfrutarlo mucho, y los pacientes también parecen hacerlo.

Me río cuando veo los pasos que tira, desenfrenado y loco, y comienza a saltar y ya no aguanto la carcajada. Me sigo acercando cada vez más; muchos del público comienzan a captar que estoy aquí, pero ya ni hacen reverencia como al principio.

Les dije que no era necesario; pueden saludarme como alguien más. De un momento a otro, Zafira se sube en una de las mesas que hay en el patio para bailar sobre ella; sin embargo, ella parece no posicionarse bien, ya que resbala.

Como si yo lo hubiera presentido desde que dio el primer resbalón, corro hacia ella; la atrapo antes de que ella llegue al suelo. Es increíble, esta chica apenas tiene vida con esa enfermedad, pero ella aparentemente provoca matarse ella misma.

Tiene los ojos forzadamente cerrados como si estuviera esperando un golpe que nunca llegó; sin embargo, yo me limito a observar el rostro. No puedo negar que, a pesar de todo, Zaafira es linda; tiene una piel inmaculada de color canela, nariz redonda, labios rosa oscuros y llenos.

Tiene facciones tiernas y la cara algo redonda; extrañamente, no suelo rodearme de chicas como Zafiras. Las mujeres que pertenecen a la realeza normalmente son mujeres inmaculadas, que siempre andan ridículamente arregladas, como mi madre, que para estar el día completo en el castillo tiene su mejor ropa puesta.

En cambio, los rulos de zafira de castaño claro y largos andan siempre alborotados; hoy, como están amarrados, se nota un poco la diferencia, pero no quita que sigan desalineados.

Ella sutilmente abre los ojos, dejando ver ese chocolate con un brillo de inocencia que se caracteriza en su persona y de felicidad que sobresale en ella.

—No deberías agitarte tanto —le digo—, no debes arriesgar tu corazón a que se acelere.

—Sí lo sé —me responde—, pero me gusta divertirme de vez en cuando. —Me sonríe.

—Sí, pero no a costa de tu vida —le murmuro.

Ella me sonríe más con sus alineados y blancos dientes. —Hola, Berlian.

—Hola, Zafira —le respondo igual.

—¿Se van a besar o qué? —pregunta uno de los pacientes de atrás.

Por fin nos arreglamos, ya que estábamos en la misma posición desde que ella se cayó. La ayuda aparece y, por lo que veo, está muy sofocado; le hago una seña a uno de los enfermeros para que me traiga una botella de agua.

Ellos comúnmente obedecen, pero siempre les pido de favor, ya que comprendo que, aunque ellos lo hacen, es su responsabilidad hacerlo. Tomo a Zafira y la guío hacia una mesa un poquito más alejada de los pacientes para que ella por fin se tranquilice. La enfermera me da la botella de agua y la destapo para entregarla a la chica bailarina

Se la bebe de golpe; quizás estaba más cansada de la cuenta y no lo notó. Deja la botella casi terminada.

—¿Qué es lo que celebran? —le pregunto mientras ahora noto los globos y lo demás.

—Que Agustina —señala a una señora que tiene un gorrito y la pijama del hospital— venció el cáncer y pronto va a salir de aquí.

Me sonríe con demasiada felicidad.

—¿Y tú eres la animadora principal? —pregunto.

—Me gusta —me sonríe—, me gusta hacerlo, para cuando me toque a mí.

Realmente, Zafira es un ejemplo de esperanza, fe y felicidad, no solo por esto, sino por tantas cosas que veo en ella. A pesar de su situación de tener una enfermedad de tal manera, ella vive feliz como si fuera la persona más agraciada del mundo.




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