Berlian.
Llego y los empleados me hacen una reverencia y me abren la puerta para que llegue al comedor, donde mi madre y mi hermana se encuentran a a la mesa esperándome para desayunar, y sorpresivamente me encuentro a Lucas y a su madre Luciana, duquesa de Eldonia; están aquí. Me dirijo al asiento al lado de mi madre, que está en la silla principal, y quedando frente a mi hermana, no sabía que teníamos visita.
—Buenos días —digo mientras me siento en la mesa.
—Buen día, príncipe Berlian. —Luciana es la primera en saludarme.
Luciana Murray pasó a ser la duquesa luego de que su esposo falleció, y muchas personas pensaron que el puesto le quedaría grande; sin embargo, ha demostrado ser perfectamente apta para el puesto, ha demostrado responsabilidad y suficiencia. Luciana es una mujer preciosa; se casó con el padre de Luca a muy temprana edad y tuvo a Luca también, por eso todavía está joven.
—¿Cómo está, duquesa Luciana?
—Cada día mejor y viendo lo guapos que están tú y tu hermana.
Me río agradeciéndole por el cumplido; mi madre da la orden para que comience a servir el festín que es el desayuno. Los empleados comienzan a servir el desayuno, que consiste en cosas dulces y carbohidratos; siempre hay muchas opciones.
—Berlian —habla Luciana—, tu madre me dijo que entraste al programa meses junto a ti.
—Sí, así es, Luciana, estoy comenzando a implementarme en este mundo, ya que próximamente voy a dirigirlo.
—Eso me parece muy bien, principie. —Ella asiente—. Me encantaría que mi Luca se metiera en más programas —le toma el brazo—, pero ese me parece un muy buen programa; hay muchos niños que necesitan compañía y más en estos tiempos.
—Berlian no está con niño —interviene mi madre—. Decidió expandir el programa y quiso hacerlo con alguien mayor; dijo que era hora de demostrar que los adultos también importan.
Dice con demasiado orgullo mientras bebe de su taza de café especial.
Ella asiente con una sonrisa. —Es una muy buena idea; hay que demostrar que los jóvenes también importan. Me gusta realmente, príncipe.
—¿Y más o menos qué edad tiene?
Niego —es una chica, tiene veinte años, se llama Zafira —explico—, tiene una enfermedad cardiaca.
Ella asiente.
—Interesante. ¿Y en qué hospital está?
—En el hospital de enfermedades terminales de Eldonia.
—Mmm, tengo mucho que no sé de ese hospital. —Ahora se refiere a mi madre—. Tendríamos que ir un día y pasar por ahí.
—Hablando de eso, madre —hablo yo—, ese hospital está un poco abandonado, ¿no hay suficiente en el presupuesto de salud?
—Claro, normalmente siempre la salud y la educación son los presupuestos más completos que tenemos.
—Pues me gustaría que se destine un poco a eso, a mejorar la estructura y llevar nuevo utensilio y llevarnos los viejos —explico.
—Claro, revisaré con Gunter el presupuesto y todo lo necesario a ver cuándo podemos ir a revisar todo lo necesario —dice.
—Me gustaría hacerlo yo, mamá —vuelvo y digo—. Cuando tengas esa reunión con Gunter, ¿me puedes incluir?
Se hace un pequeño silencio o más bien uno enorme; mi madre me mira con los ojos entrecerrados, mi hermana se queda con el tenedor en la boca, y pues Luca y Luciana fingen que no están sorprendidos.
—¿Tú quieres involucrarte con algo que tenga que ver con el país? —pregunta mi hermana Gabriela.
La forma en que lo dice no me ofende; al contrario, tiene razón; yo buscaba de todas las maneras no tener que involucrarme con nada del reino, así mi madre no me involucra más de la cuenta.
—Está bien, hijo —dice algo extraña—. Organizaré la reunión y te avisaré para que asistas.
Terminamos el desayuno entre conversaciones de la madre de Luca con mi madre sobre el tema del reino hasta que una de las empleadas entra por la puerta.
—Disculpe que los interrumpa —dice parándose cortésmente—, pero la institutriz de la señorita Gaby ya llegó.
—Bien, muchas gracias, Gabriela, ya va para allá; dígale que le dé unos minutos.
Le hace seña a mi hermana y ella se alista para pararse.
—Yo también tengo que irme —le indico a mi madre.
—Sí, yo iré a llevar a Berlian al hospital. —Luca también se para. —Nos vemos, madre. —Le da un beso en la mejilla. —Reina Isabel.
—Nos vemos, cariño —le responde su madre.
—Hasta luego —se despide mi madre y luego se gira hacia mí—. Te informaré de la reunión.
—Bien, nos vemos luego, mamá.
Salimos del comedor los tres juntos, dejando a las mujeres, que estoy más que segura de que seguirán hablando sobre el tema del reino.
—Espérame en el auto, voy en unos minutos.
—Estás muy raro, Berlian —arruga las cejas—. ¿Sucede algo que no me quieres decir?
—Hablamos después; tú solo sal y nos vemos en el auto.
Me doy media vuelta antes de que comience a quejarse y me dirijo al salón donde se supone que debe estar mi hermana. Ella todavía se acomoda en lo que mi hermana busca mis libros.
Por lo que sé, ella es la institutriz de mandarín, francés y español, la señora que necesito.
—Señorita Fitz. —Ella se gira y cree que se sorprende a que la llame; creo que nunca había hablado con ella.
—Sí, dígame, majestad.
—Necesito hacerles unas preguntas —le digo mientras entro al salón y mi hermana me mira de lo más extraño—. Necesito que me diga cómo puedo enseñarle a una persona a leer.
Su rostro se contrae de sorpresa; sé que no esperaba mi pregunta y puedo sentir la mirada de mi hermana quemando.
—Ehhh —se queda boca abierta—. Pues eso sería una larga charla, pero tengo unos libros que te podrían ayudar y unos videos también.
—Pues todo lo que me pueda conseguir, por favor, se lo agradecería muchísimo.
—Bueno, tengo un pequeño libro aquí —me indica entre sus cosas—. Era para mi clase de unos niños de cuatro años; se canceló. —Se devuelve a su bolso y me trae un libro de pocas hojas—. Una propuesta muy recomendable es comenzar enseñando el abecedario y sus sonidos.
Editado: 07.07.2026