Berlian
Subo el hacha nuevamente y, con el golpe más brutal y fuerte que puedo, dejo caer, cortando el pedazo de leña en dos. No puedo creer cómo me dejé convencer por Zafira para quedarnos en este lugar; nunca me había pasado tanto tiempo en un lugar así, pero se siente bien y con algo de paz.
Es bueno estar en un lugar donde no te encuentre un empleado cada cinco segundos. Luego de que le dijera a mi madre y me rogara que fuera al castillo, por fin la convencí, y mandando comida y algunas empleadas que arreglaron el lugar con ayuda de Zafira.
Ahora yo soy el que se encuentra cortando leña para dejarla en la chimenea; se está haciendo de noche y está haciendo mucho frío. Tenía mucho sin hacerlo; hacía esto con mi padre por diversión, pero luego de que murió, todo lo que hacía con él lo había descuidado. Me quito la camiseta algo sudada y la dejo caer a un lado, volviendo a tomar el hacha para cortar más madera.
La noche está bastante fría, muy fría y oscura, aunque este espacio está iluminado por las lámparas que hay en la cabaña, pero así no es suficiente, sigue viéndose oscuro. Y cuando miras el horizonte, parece de terror porque solo da el bosque; realmente no sé cómo estas personas viven aquí.
Y ni decir del río; no sé cómo a Zafira le gusta este lugar; yo estoy aterrorizado; siento que en cualquier momento puede salir un asesino en serie. Así es que comienzan las películas de terror.
El aparato que regula las palpitaciones de Zafira está pitando. Saco el marcapasos de mi bolsillo; decidí quedarme con él, así si no estoy cerca puedo saber cómo está, y por lo que veo está acelerándose. ¿Pero qué le pasa?
Hasta que un sonido me pone alerta.
Me giro a punto de salir corriendo para ayudarla; sin embargo, me sorprendo al ver que ella está parada frente a mí mirándome fijamente. Arrugo las cejas; tiene una mirada extraña que no puedo distinguir; solo se encuentra ahí parada con un enorme abrigo que le presté, que le tapa casi hasta el cuello, y su cabello rizado suelto.
—¿Sucede algo, Zafira? —pregunto al ver la mirada que me regala.
Niega demasiado exagerado con la cabeza.
—No, no me sucede nada. —Comienza a bajar despacio las escaleras, pero sin quitarme la mirada—. Solo creo que ya cortaste suficiente leña.
Verás a todos los lados viendo la gran cantidad de madera que acabo de cortar. Creo que me concentré tanto en cortar y pensar que no me dé la cantidad y ahora hay leña cortada, creo que para tres días.
Viene Bajando las escaleras y se acerca sigilosamente a mí Así mismo como se estaba acercando al Castor esta mañana Pero mira de una manera muy extraña que al mismo tiempo me causa algo de risa. Pero luego cambia y se baja y toma un poco de leña
—Si quieres, ven, entra, hice algo de cenar.
Se dio media vuelta y prácticamente salió corriendo hacia la casa; creo que puedo pasar años estudiando a Zafira y nunca voy a entenderla completamente. Dejo el hacha a un lado y vuelvo y me coloco la camiseta, mientras tomo más leña y entro a la cabaña con ella.
—Dejaré esto por aquí y me iré a dar un baño —le aviso—, solo unos minutos.
Realmente las empleadas hicieron un gran trabajo y la acomodaron, aunque no fue tanto esfuerzo porque la cabaña no estaba tan abandonada, ya que los empleados no tenían ni un mes de haberse mudado; quizás algo sucio, pero estaba en orden.
Me doy una ducha y me coloco una ropa cómoda; no creo que pueda dormir desnudo con Zafira aquí, creo que la traumatizaría. Me coloco un abrigo y vuelvo y salgo hacia la sala donde un olor me llama la atención.
Huele a chocolate.
Avanzo hacia la cocina viendo que Zafira sirve chocolate en tazas; veo la mesa preparada, aunque son bocadillos que trajeron y ya estaba hecho; lo único que la veo es sirviendo el chocolate.
—No sabía que sabías que sabías cocinar.
—No es cocinar en sí —se encoge de hombros—, solo es un chocolate; sé hacer algunas cosas así, ya que en mi trabajo del hospital ayudo también en la cocina.
Ella me extiende una taza y, después de dejar que se enfríe un poco, le doy un trago dejando que su sabor dulce me invada; está deliciosa.
—Gracias.
—No te sientes en la mesa, llevaremos todo esto para la sala —me detiene.
Ella toma algunos de los platillos y me hace seña para que tome los otros y la siga. Llegamos a la sala donde hay una manta en el suelo y la chimenea ya está encendida. Zafira me tiene algo sorprendido; no sabía que ella sabía hacer todas estas cosas.
Sabe hacer más cosas que yo...
Deja los platillos en el suelo junto a los que ella también puso; ella se deja caer en la manta mientras mira el fuego y yo la observo a ella; no sé cómo es que no siente mi mirada. Solo me quedo mirando su cara delgada y su piel morena.
No se me atrae tanto ese color de piel de Zafira; el color canela es como justamente perfecto, me da ganas de... Muevo la cabeza, pero qué demonios estoy pensando de esta chica que prácticamente es una niña.
La miro unos minutos más viendo cómo se ríe mirando el chocolate y mirando al fuego una u otra vez, y me pregunto: ¿Cómo es que está tan feliz?
—¿Por qué me miras así? —preguntó Zafira, sacándome de mi transe; no sé cómo me miró y ni me di cuenta.
—Es que siempre he tenido una pequeña duda sobre ti —le digo, dejando la taza a un lado.
—Claro, dime.
Ella se gira completamente hacia mí y cruza la pierna, concentrando su mirada totalmente hacia mí, y siento algo extraño; no sé qué, pero cada vez que estoy cerca de ella me siento raro y no me gusta cómo se siente.
Realmente no quiero encariñarme más de la cuenta con Zafira.
—¿A qué se debe que eres tan feliz? —pregunto de golpe —digo —hago un silencio buscando la palabra correcta—. Has pasado por tantas cosas siendo joven y, pues, aun así eres la persona más feliz que conozco.
Ella se ríe y noto cómo sus mejillas toman un color enrojecido bastante claro, pero sí lo toma.
Editado: 28.07.2026