Meses Junto a ti

Capìtulo 12 - Mateo

Zafira....

Me levanto de la cama un poco más tarde de la cuenta; la alarma que Olvia y las enfermeras suelen programar para mí no sonó. Qué extraño, creo que nunca le había pasado tal cosa; ella es muy responsable con eso, ya que ella sabe que a mí suelo olvidarme. Bueno, pero ya qué.

Estrujo mis ojos mientras me levanto de la camilla y me pongo las pantuflas, me quito mi gran montaña de cabello de la cara y luego me estiro mientras escucho mis huesos crujir.

Me dirijo al baño a darme una larga ducha y colocarme la pijama del hospital y amarro mi cabello. Mientras me coloco la ropa, me pongo a repasar el abecedario que está pegado a mi pared. Mateo me ayudó a hacerlo; consiste en que tomamos muchas hojas y dibujamos letra por letra y coloreamos, o más bien Mateo dibujó y yo coloreé mientras teníamos una batida y pastel de zanahoria, el favorito de Mateo.

La repaso un poco, ya que el manual y las instrucciones que me ha dado Berlian es que primero debo aprenderme el abecedario y ha sido muy divertido; también me ha traído una memoria con algunas canciones que tienen el abecedario y cosas así. Realmente me ha ayudado mucho; tengo la ilusión de que en algún momento voy a aprender a leer y escribir.

Tengo la ilusión de que algún día voy a poder leer mis libros por cuenta propia, sin ayuda de la radio o que otra persona tenga que leerlos.

Luego de que termino de colocarme la ropa, busco una gomilla para arreglarme mi desastre que se llama cabello. Me pongo frente al espejo, me desahogo del horrible moño que tenía para con un poco de producto poder manejarlo mejor y, luego de que los desenredo, me lo amarro; sin embargo, me quedo mirando unos segundos, específicamente los labios.

Me quedo mirando unos segundos como una boba; no sé qué me pasa últimamente, siempre tengo esa extraña sensación en el estómago y un cosquilleo raro, mi corazón se acelera mucho y pasa en especial cuando pienso en Berlian. Me gusta pasar tiempo con él y siento como si las horas se fueran volando.

Y la cabaña, la cabaña me encantó estar ahí con él y ese beso... Pongo la mano en mis labios como si pudiera sentir la misma sensación de cosquilleo que sentí cuando lo besé; se sentía cálido y sube como un marshmallow.

No sé de dónde saqué el valor de hacer aquello, solo lo había visto en las películas, solo fue un instinto, creo. Cuando lo vi ahí tan triste y llorando por algo que supuestamente pasó hace un tiempo, no pensé nada más que en consolarlo.

—Dios, Zafira, estás loca. —Me río yo misma. —No pensé cuando hice eso —hablo conmigo misma.

Nunca pensé que daría mi primer beso y mucho menos con un chico tan guapo como Berlian; creo que soy muy afortunada y tuve mucha suerte. Aunque no fue suerte precisamente, fui yo quien me atreví a besarlo.

Sé que me pidió que no lo volviera a hacer, pero no puedo negar que me encantó hacerlo. Lo había visto tantas veces, en serio, sí, películas, y nunca me imaginé que se sentiría como me sentía. No puedo negar que mi corazón se encogió cuando me dijo que no lo volviera a hacer; entiendo que no le gusta a Berlian.

Solo somos amigos.

Dejo todo en su lugar nuevamente, para salir de la habitación. Y no sé por qué, pero todo lo siento extraño y está tenso; se siente hasta extraño. Realmente no siempre está tan silencioso; no es que haya una fiesta todos los días; sin embargo, a esta hora los mayores están desayunando y comúnmente hay movimiento y siento a las personas felices porque, ¿a quién no le gusta comer?

Me dirijo a la cocina, e imagino que quizás hay muchos trastos que lavar; ya casi se acaba el desayuno. Entro por la puerta de la cocina.

—Buenos días —digo mientras cierro la puerta detrás de mí—. ¿Cómo están?

Ella, todas dejan de hacer lo que estaban haciendo, me miran y tienen algo extraño en la mirada que no puedo descifrar; sobre todo, no se ve como todos los días cuando me saludan con esa sonrisa.

—Zafira —dice una de las señoras de la cocina—, pensé que no vendrías.

—¿Por qué no?

Otra se acerca a ella y le susurra algo en el oído y yo arrugo las cejas. ¿Por qué me mira así?

—¿Pasa algo? —arrugo las cejas.

—No, pequeña —me dice una—, ¿por qué no nos ayuda a organizar este traste?

Asiento no muy convencida de lo que está pasando; sin embargo, solo me limito a terminar de limpiar unos trastes que se encuentren en el lugar, y al mismo tiempo me desayuno con algo que encuentro aquí. Me imagino que ya Mateo y los demás se desnudaron y no quiero hacerlo sola.

Termino de limpiar todo y desayunar, para por último ir a la nevera y tomar el yogur diario de Mateo para ir a llevárselo.

—Pasen buen día. —Me despido de ella por hoy.

—¿A dónde llevas esto? —pregunta la señora de la cafetería.

—Es el de Mateo —le recuerdo—, su yogur diario.

Ella me mira y se queda en silencio, un largo silencio, a lo que yo solo asiento, así que salgo de la cocina con dirección a la habitación de Mateo, camino y todavía me encuentro que el pasillo completo está en silencio, cosa que me preocupa más de la cuenta.

—¿Dónde demonios están todos? —me pregunto a mí misma.

Entro a la habitación de Mateo y me llevo la sorpresa de que está totalmente vacía; Mateo no está aquí. Qué extraño, él a esta hora suele estar viendo la televisión; más o menos a esta hora es que le traigo su yogurt, aunque hoy me levante más tarde; quizás por eso no está aquí.

Me asomo a la ventana para mirar. Analizo todo el patio con la intención de ver si Mateo está por ahí afuera; sin embargo, vi un buen rato y aun así no me restó de él.

—¿Meteo, estás aquí? —grito por si está en el baño.

Silencio, silencio es lo único que recibo.

Giro los pies con dirección a la salida, pero hay algo que llama mi atención por completo: doy con la silla vacía de Mateo; su silla rueda. Arrugo el entrecejo. ¿Cómo se supone que Mateo está sin su silla de ruedas? Él no puede caminar.




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