Meses Junto a ti

Capìtulo 14 - bienvenida al castillo -

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Zafira

Trato de ser fuerte y no llorar porque sé que cada vez que comienza a llorar, su poco y me estoy haciendo daño a mí mismo por mi enfermedad cardíaca, pero ha sido duro ver a Mateo de esta manera.

Ahora mismo estoy frente al cristal mirándolo fijamente, viendo que está igual que todos, acostada en una cama mientras esas máquinas simplemente pitan indicando que está vivo, pero no está bien. Olivia esta vez me permitió que lo viera, ya que me voy a ir al castillo unos días con Berlían.

Colocó la mano en el cristal, como si eso me hiciera estar más cerca de él. Quisiera poder estar con él y abrazarlo, pero realmente no se me permite estar aquí. Olivia está infringiendo las reglas al dejarme entrar, y más sabiendo que si tengo una crisis, puede alterarme el corazón.

Le susurro cosas como que espero que se mejore y que lo necesito realmente. Iré al castillo porque Berlían y Olivia me lo han pedido mucho; él quiere que tenga la mente concentrada en otro lado, pero me siento mal porque siento que le estoy abandonando y que si le pasa algo, yo no estaré aquí para él.

—Ya es suficiente, Zafira —la voz de Olivia me trae de nuevo a la realidad—. Tiene que salir de aquí.

—Siento que no debería irme y si le sucede algo.

—Nada le va a suceder, y cualquier cosa, prometo avisarte.

Hago una mueca triste y bajo la mirada.

—Quiero que te vayas para que te alejes un poco de este ámbito triste; necesitas distraer la mente. Te prometo que, cualquier cosa, te voy a avisar.

Instintivamente, me acerco a ella rodeando sus cuerpos, dándole un abrazo.

—Muchas gracias, Olivia —digo en su pecho.

Ella me devuelve el abrazo.

—¿Y eso por qué?

—Por estar ahí para mí a pesar de que eso no era tu obligación.

—Dios, Zafira, me vas a hacer llorar —dice—. Sabe que yo te quiero muchísimo.

Le sonrío, algo triste, pero le sonrío.

—Tienes que salir ya; todas tus maletas te las preparamos y el chofer del rey te está esperando fuera.

—Él no viene —preguntó mirándola.

Me dijo que mandara un auto por ti.

Mi pecho se aprieta.

—No te preocupes, te mando con toda la seguridad posible; yo me encargué de eso.

Salimos a la entrada, donde veo el típico auto que casi siempre viene; como el rubio está esperando afuera, veo que mis maletas están afuera, las pocas que tengo, y las están subiendo al auto.

—No te preocupes, todo estará bien por aquí —dice Olivia—. Anoté mi número en tu teléfono; es el que tiene un emoji de corazón.

Todavía estoy en mi proceso de aprender a leer. Así que lo que Olivia me recomendó es que, para distinguir a las personas, pusieran uno de esos dibujitos que hay en el teléfono.

A Berlian lo tengo con una corona, a Mateo con un pequeño hombre que parece militar, a Olivia ahora con un corazón, entre otros contactos que tengo agregados.

—Que te vaya bien —se despide por última vez de mí.

Me doy media vuelta con el corazón un poco acelerado y salgo del hospital por segunda vez en mi vida; prácticamente le doy una última mirada a Olivia, que me despide mientras mueve sus manos.

No sé de dónde estoy sacando el valor para hacer esto; ni siquiera estoy segura de si quiero ir o, peor aún, si quiero ir sola por todo ese camino. No sé dónde queda el castillo, pero también dudo que sea muy cerca del hospital.

Suspiro para darme ánimos A mí misma. Bien, todo estará bien. Camino hacia el auto, donde un hombre trajeado con un sombrerito muy gracioso me abre la puerta de atrás y me indica el auto. Sube al auto y él cierra la puerta para darse vuelta y su. Miro al auto, miro por la ventana a Olivia, que sigue mirando el auto, como cerciorándose de que todo está bien. El auto comienza a manejarse, saliendo del terreno del hospital.

—Señorita —me sobresalto un poco cuando llama mi atención—. En la nevera hay jugos, agua, refresco, dulces y algunas cosas de comer —me informa—, o si quiere otra cosa, me puede informar y yo me detengo a comprárselo.

Miro la pequeña nevera y la abro; sí la había anotado cuando viajé con el rey la otra vez; sé que siempre la tienen cargada de comida, así que verifico los potes y los dulces que veo aquí adentro hasta que le llama la atención un bote que tiene una fresa en la etiqueta.

—Está bien —lo asiento—. Estoy bien, creo que esto será suficiente.

—Bien, señorita.

Destapo el jugo y me lo tomo; tiene un sabor muy bueno. Me relajo en el asiento, demasiado para mi gusto, mientras el auto solo se sigue moviendo.

Hasta que noto que comenzamos a subir una pequeña colina. Al principio me pongo algo tensa, pensando que hay una posibilidad de que el auto se caiga; sin embargo, sube sin ningún problema. Un poco más arriba de la colina, un enorme portón se abre. Entonces, déjame mirar si ese gran castillo que muchas veces escuché.

Me quedo con la boca abierta al ver lo grande que es. Sí me lo había imaginado muchas veces; lo único que mi mente no le hace ningún parecido a cómo es en realidad. Mientras más nos acercamos, más enorme se ve y más precioso es.

¿Se supone que Berlian vive aquí?

Esto es demasiado, incluso más que la clínica.

Veo que entramos por fin al patio delantero del lugar, donde hay una enorme fuente. El carro rodea tal cosa, quedando frente a unas escaleras. El auto se detiene y yo dejo el pote de jugo que está a mitad sobre la nevera; no sé si debo llevarlo ahí adentro, no sé si debo estar llevando basura al castillo.

La puerta del auto se abre y el hombre me extiende su mano para ayudarme a salir; al principio dudo unos segundos, pero luego le doy la mano y él me ayuda a salir.

Es bueno sentir un olor diferente al del hospital; lo pude hacer aquel día que salí y lo vuelvo a hacer hoy.

Miro hacia todos los lados con la boca más que abierta; esto es increíble, pongo la boca en o, ni siquiera tengo palabras.




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