Meses Junto a ti

Capìtulo 15 - El vestido

Berlian

Mientras bajo la escalera del castillo para llegar a la sala de estar, reviso el mensaje de mi celular donde le informo a Olivia por medio de un mensaje que Zafira ha estado bien en estos días que ha estado aquí; no deja de preguntar casi todos los días por Mateo; sin embargo, ya no tiene la tristeza que tenía en el hospital, la veo mucho más animada. A veces tiene sus momentos, pero luego vuelve a la normalidad.

Le pregunto yo también por el estado de Mateo; a mí hasta cierto punto también me preocupa, pero me sigue dando la respuesta que me da cada vez que le pregunto: sigue en el mismo estado, no está mal, pero tampoco está bien.

Le envío el último mensaje diciendo que todo estará bien y que cualquier cosa que necesite, me llame y que les seguiré informando sobre el estado de Zafira. Apago el teléfono y termino de bajar las escaleras; al principio le iba a preguntar a uno de los empleados si había visto a la morena que vive corriendo de lado a lado.

Sin embargo, cuando veo al empleado Orlando saliendo de la sala de donde mi hermana Gabriela toma sus clases, muy sonriente, algo me dice que ellas están por ahí; siento un supernudo en el estómago. No me gusta mucho ese tipo; antes casi no los veía dentro de la casa, solo en la cocina, y ahora siempre está rondando por todos estos lados.

No me gusta mucho ser grosero con los empleados, pero creo que voy a tener que recordarle que, si no es parte de los empleados de la sala, es mejor que no ande rondando por aquí.

Me dirijo a la sala donde la institutriz está dando clase y sonrío cuando veo que les está dando clase a las dos; claro está, de más está decir que Gabriela le lleva milla a Zafira; mientras ella aprende a leer y escribir, mi hermana, con tan solo quince años, está por aprender su tercer idioma.

—Ca-ma-ro-te —veo cómo lee Zafira con ayuda de la institutriz—. Ca-mi, ca.

—Camino —le dice mi hermana.

Zafira le sonríe, contagiándome a mí. Ha avanzado mucho desde que la comencé a ayudar; ya sabe escribir muchas cosas y a leer, aunque sea como un niño pequeño, pero me alegra que ya esté avanzando. Me sentí feliz cuando me expresó que por fin iba a poder leer ella misma sus propios libros.

Me recuesto un poco de la barandilla mirándola a las 3; mientras la veo disfrutar, me alegra que esté disfrutando un poco y estar fuera de ese hospital. Sé que, aunque ella trata de mantenerse en pie, es difícil; ese ambiente no es bueno para nadie.

Me quedé observando un poco más de la cuenta. Está vestida con un vestido blanco y unos tenis que se le solía ver en el hospital; su cabello está perfectamente recogido y algo me dice que esta mañana se vistió junto a Gabriela. Gabriela tiene ese efecto de querer que sus peinados no tengan un solo pelo fuera.

Después de que llegó al castillo, se hizo muy amiga de Gabriela, demasiado; ya no la tengo todo el tiempo encima de mí; al revés, creo que a veces tengo que ir donde mi hermana y quitársela de encima.

Pero siento que cada día está más bonita; no sé si porque cada día está más alimentada o porque se está arreglando más. Aunque eso nunca le quitó la belleza, no podemos negar que ahora se la resalta más.

—Buen día, hijo. —Me sobresaltó un poco.

—Mamá —digo cuando me giro y veo que se para junto a mí con los brazos cruzados—. Me quieres matar del susto.

—O no, claro que no —se ríe—, solo que te vi tan concentrado.

—Sí, estoy mirando a las chicas estudiar.

—¿Mirando a las chicas o mirando a una chica?

Dirige su mirada a Zafira, que escribe no sé qué demonios; sin embargo, parece muy concentrada en tal cosa y lo hace como si su vida dependiera de eso.

—Es bonita, algo desaliñada —me dice—. Se puede arreglar, pero luego de eso no niego que es muy linda.

Arrugo las cejas.

—Si no es fea —siempre lo he dejado claro—. ¿Y?

—Solo quería recalcar que estoy de acuerdo contigo.

Arrugo las cejas y por fin centro mi mirada en ella.

—No sé qué demonios me quiere decir con eso.

—Nada —responde mientras se levanta demasiado derecha—, solo que a ti yo te parí y no puedes engañarme.

—Mamá, no malinterpretes las cosas —le digo—, solo estoy siguiendo lo del programa, te dije que cumpliría mi parte y lo estoy haciendo.

—El programa incluía que tenías que pasar tiempo con ella, no que te hicieras su amigo, ayudaras en su hospital para que ella estuviera más cómoda y que hasta la trajeran al castillo —enumeró sus dedos.

—¿Cuál es el punto, mamá?

Ella me mira y me sonríe como una loca.

—No tengo ningún punto —se ríe—. Haré como tú y vamos a fingir que no sucede nada.

Giro los ojos; mi madre solo quiere molestarme, así que me cruzo de brazos y vuelvo la mirada a las mujeres de frente a mí.

—Cuando termine, vayan a la sala; nos toca organizar el evento de caridad este mes, y quiero que tú y tu hermana estén incluidos.

—Bien, mamá.

Se da media vuelta y sale de ahí dejándome solo; puedo ver que la institutriz toma todas sus cosas y sale de la habitación donde ella da clases para pasarme por el lado y hacer una breve reverencia.




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