Zafira
— Or- Or... —Intento leer —orfa... —Intento leer el enorme cartel que hay frente al edificio.
— Orfanato —pronuncia Berlian detrás de mí, erizándome la piel— Orfanato San José.
Me giro hacia él, donde me da una enorme sonrisa, y sus ojos se iluminan cuando el sol les da; brillan y se ponen más intensos de lo habitual. Le doy una gran sonrisa.
—Orfanato San José —pronunció luego de él.
—¿Estás emocionada de estar aquí? —me pregunta.
—Sí —le respondo mientras le sonrío—. También estoy muy emocionada por todo lo que vamos a hacer; no puedo creer que consiguieron tantos juguetes y ropa.
Miro los dos camiones que están de camino, parqueándose frente al edificio. La actividad de hoy consiste en que vamos a hacer una comida y luego daremos juguetes y ropa a todos los niños de este lugar.
—Sí, pero recuerda que todo esto fue idea tuya —me dice.
—Pero fue posible por ti —le sonrío con la boca cerrada.
Él se me queda mirando unos segundos, y vuelven a brillarle los ojos, pero esta vez es como diferente; no es por el sol, es extraño y no sé describirlo.
—¡Buenas tardes, tórtolos! —El amigo pelirrojo de Berlian se acerca a nosotros.
Le sonrío; tenía mucho sin verlo. No sé por qué, pero él me llama mucho la atención. Su color de pelo es demasiado extraño, nunca había visto una persona con el pelo tan rojo; parece hasta irreal.
—¿Qué significa tórtolo? —le pregunto.
—Nada —dice Berlian—. Solo es Luca diciendo estupideces.
—Majestad, ven aquí. —La chica que nos está ayudando a organizar el evento llama al rubio.
—Voy —le responde para luego girarse a mí—. Vengo en un segundo.
Asiento, para verlo alejarse un poco.
—Luca, ¿sigues mejor?
— ¿Eh?
—Si sigues mejor —vuelvo y le pregunto—. Recuerda, Berlian dijo aquel día que estabas enfermo.
Él levanta ambas cejas y se echa a reír.
—¡Ah, verdad! —resopla—. Pero no te preocupes, la enfermedad no la tengo yo, sino Berlian.
Abro los ojos. ¿Berlian está enfermo?
—¿Está enfermo? —preguntó—. ¿De qué? ¿Qué le pasa?
—Es una enfermedad más mental, que solo sucede cuando yo estoy cerca de ti. —No estoy entendiendo, no sabía que ese tipo de enfermedad existía —. Se llama celos.
Celos... He estado tanto en un hospital y nunca la había escuchado, aunque Luca acaba de decir que es mental y en el hospital en que estoy no hay psicólogos.
Quizás luego lo averigüe por internet.
Berlian se acerca a nosotros nuevamente.
—¿Por qué no me dijiste que estabas enfermo? —le pregunto cuando llega.
— ¿Enfermo?
—Sí, Luca me dijo que estás enfermo —le explico—. Que tienes una enfermedad que se llama celos.
Sus ojos azul verdoso se giran hacia el del cabello rojo, que lo mira con una sonrisa extraña, mientras que Berlian parece asesinarlo con la mirada.
—Te dije que Luca dice muchas estupideces —murmura—, así que ignóralo. Además, ¿qué haces aquí?
Se encoge de hombros —. Me toca contentar a mi madre con algún tipo de evento y qué mejor que esto —se ríe—. Así que vamos a darles juguetes a los niños.
Me hace señas para que me dirija junto a ellos, y así lo hago. Luego de tanto tiempo voy a volver a entrar a este lugar. Luca me abre la puerta y me da paso para que entre. Sonrío al entrar al lugar y siento una rara sensación; tenía tanto sin venir, creo que tenía unos cinco años la última vez.
Y debo admitir, se ve muy diferente, demasiado diferente. Está mucho más colorido y el lugar tiene muchos utensilios más, y sobre todo está muy colorido, o quizás él siempre fue colorido y nunca me di cuenta.
En automático camino hacia el patio trasero, entro y veo la gran cantidad de niños jugando y corriendo de aquí para allá. El patio siempre tuvo muchos juegos, aunque yo nunca pude disfrutarlos, ya que prácticamente siempre estuve enferma y, como no sabían muy bien lo que tenía, no se arriesgaban y no me dejaban jugar.
Siento una felicidad inexplicable; al menos en este momento ellos son felices, juegan y disfrutan. Al menos tienen eso porque sé lo difícil que es estar aquí, y por lo menos ellos se tienen entre ellos. No se imaginan lo difícil que fue para mí estar en ese hospital sola.
—¿Te trae algún recuerdo? —Gabriela se para detrás de mí.
— Algunos — digo.
—Todo es muy lindo —dice ella parándose al lado de mí—. Aunque algo triste.
—No hay nada más triste que no tener padres y más cuando sabes que ellos te abandonaron — murmuro.
Ella me mira unos segundos y toma mi mano. Ella es una de las que nos vinieron a ayudar a organizar el evento. La reina no vino con nosotras; éramos cuatro, incluyendo a la chica de la tableta; bueno, ahora cinco, que está el pelirrojo.
Editado: 07.09.2026