Metalord Neo Revolution

CAPITULO 11

[VOLUMEN 1]: Rearme

En eras remotas, el mundo entero se hallaba bajo el yugo y la influencia de diversas deidades; sin embargo, solo un dios consolidó una hegemonía absoluta sobre la humanidad, expandiendo su doctrina hasta convertirse en el eje motor de la cultura y la civilización: el dios «Altissimus».

«El Sínodo», la orden eclesiástica investida para propagar sus dogmas, es presidida por su máxima autoridad, «La Madre Mitra». Aunque tanto hombres como mujeres poseen la facultad jurídica y divina de ejercer el cargo de obispo o arzobispo, la cúspide del liderazgo espiritual recae siempre en una mujer.

La Iglesia de Altissimus se alzaba como la gobernante suprema de todos los feudos humanos, dominando con puño de hierro tanto el plano espiritual como el orden social. En el año 500, durante el amanecer de su era más lúgubre, se desencadenaron las llamadas «Persecuciones de herejes». Renegar de la deidad o cuestionar sus dogmas sagrados, sin importar la rectitud o benevolencia del individuo, equivalía a la sentencia de muerte precedida por los métodos de tortura más crueles y despiadados de El sínodo.

Surgieron multitud de opositores que se alzaron en contra de «El Sínodo». La indigencia y la hambruna, provocadas por sus draconianas directrices económicas basadas en tributos gravosos y extenuantes jornadas laborales con nimios estipendios, desataron eras de extrema crudeza para el estamento plebeyo. Señalar la culpabilidad de los miembros de «El Sínodo» o de la propia doctrina constituía la ofensa capital proscrita sin remisión.

Esta opresión originó la formación de una facción clandestina dispuesta a huir del yugo absolutista de la Iglesia de Altissimus. Dicho frente civil estaba constituido en su totalidad por mujeres; en aquella época, la mujer plebeya carecía de prerrogativas y opciones de subsistencia en comparación con el varón, a menos que se vinculará estrechamente a la estructura eclesiástica bajo el rol de «servidora de dios».

Las «herejes», apelativo punitivo que les impuso las autoridades de la iglesia, ansiaban quebrar los grilletes del fanatismo espiritual infligido por «El Sínodo». La única vía de emancipación consistía en emprender la huida desesperada hacia confines ignotos, territorios exentos de la soberanía de su deidad donde los perseguidores no lograsen alcanzarlas. Aquello devino el primer éxodo masivo.

No obstante, las huestes castrenses de «El Sínodo» emprendieron su caza. Multitud de fugitivas resultaron capturadas, siendo condenadas al patíbulo o al desolador destino de la esclavitud. Aquellas pocas que lograron preservar la vida alcanzaron los lindes de una espesura boscosa; un paraje que las milicias sagradas rehusaban hollar debido a siniestros mitos de índole sobrenatural.

El bosque se manifestaba lúgubre y gélido, pero representaba su mejor baluarte, por lo que no vacilaron en internarse hasta las entrañas de la floresta. A medida que ganaban profundidad en la espesura, las exiliadas percibían una mística y numinosa presencia que lo impregnaba todo. Fue en ese recóndito santuario donde acaeció su milagro.

Las «herejes» presenciaron una epifanía: el espectro se manifestó bajo la apariencia de un hombre de facciones armónicas, semidesnudo y provisto de 2 astas de ciervo. Envolvía su fisionomía con una luenga capa confeccionada con follaje para velar su intimidad, mientras que en su mano derecha sostenía un cetro de madera viva.

Conmovido por la ordalía y la determinación de las prófugas, la entidad las saludó con benevolencia y les ofreció la concesión de una dádiva. Se autodefinió como un ser de poder menguado, más poseedor de la facultad de materializar el anhelo más ferviente de sus corazones.

—Libertad -suplicó con sumisión una de ellas.

El espíritu, acogiendo su ruego, les otorgó su gracia. El flujo de la magia se encarnó en cada una de las presentes, imbuyéndolas simultáneamente del discernimiento indispensable para subsistir por sus propios medios. Las agradecidas mujeres rindieron pleitesía a la entidad, la cual se desvaneció de inmediato tras consumar su auxilio. Desde ese instante, dicho ser devino en su deidad protectora, convirtiéndose en el epicentro de su devoción bajo el nombre de «Astado».

[–––––––]

[3 Años antes]

—Este fue la historia de las brujas y su dios…

En su propia habitación, una niña de 7 años, poseedora de una inusual cabellera naranja, leía un libro que introducía el origen de las mujeres denominadas brujas, así como su posterior encuentro con la deidad que les otorgó el don de la magia. Pasó las hojas de forma sucesiva hasta detenerse sobre una página en concreto, la cual ostentaba por título: «los sangre de bruja»

—«La encarnación del infortunio»

[Haingis, el primer hogar de las brujas, acogía a nuevas integrantes que eran bendecidas por «Astado». La comunidad consolidó su paz ocultándose de «El Sínodo», hasta que aconteció un alumbramiento inaudito. Las brujas, quienes por generaciones solo parían mujeres, presenciaron un hecho insólito: un varón nació de una de ellas.

Poseedor de un poder mágico más tenue, su sola presencia se consolidó ante los ojos de las congregadas y del propio «Astado» como una anomalía. La progenitora pereció 2 días después; el varón responsable de la semilla huyó. No obstante, el peor infortunio arribó a las puertas de Haingis.

«El Sínodo» había descubierto su ubicación y la inevitable batalla por la supervivencia se desencadenó. Las brujas prevalecieron a costa de cuantiosas pérdidas y lograron emprender segundo éxodo. Esta victoria forjó 3 facciones que tomaron rumbos distintos, fundando cada los 3 primeros aquelarres principales: Wicau, Grimar y Walgis

Fundaron sus comunidades y promulgaron a sus líderes, organizando su estructura y su propia existencia. Con el devenir del tiempo, se originaron pequeños asentamientos que darían luz a otros aquelarres secundarios. Esta crónica enmarca la fundación de los sistemas de aquelarres y la promulgación de la existencia anómala del «sangre de bruja»]




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