[VOLUMEN 1]: Rearme
Una densa tensión se apoderó del escritorio, dividiendo al «sangre de bruja» y a la líder de la guardia de Windaz. Naya clavó la mirada en el pimentero de Zaswell; el cañón la apuntaba directamente. Aunque desconocía la naturaleza de ese extraño artefacto, no olvidaba el destino de los forajidos abatidos por el muchacho y las jóvenes brujas que lo acompañaron esa noche.
—¡Es suficiente! ¡Por favor! -la Eldar se interpuso en medio de los dos, con su vista en Naya —Por favor, guarden sus armas, se los ruego…
Sara comenzó a toser incontrolablemente, hasta avanzar hacia el cajón de su escritorio y tomar un pequeño frasco con un líquido de color verde en su interior, aliviando su tos. Tanto Naya como Zaswell habían enfundado sus respetivas armas antes de que la Eldar se hubiera movido a tomar su medicina.
—Ya tenemos suficiente con los enemigos fuera de nuestro aquelarre que buscan matarnos o esclavizarnos -justificó la Eldar con severidad —¿Les parece adecuado empeorar aún más la situación?
Las palabras de la Eldar calaron hondo. Naya sintió una punzada de vergüenza por haber perdido los estribos momentos antes. Para Zaswell, sin embargo, fue todo lo contrario: no mostró ni un ápice de arrepentimiento. Sus actos estaban firmemente anclados a sus propias perspectivas y creencias; no se retractaría de lo dicho, ni pediría disculpas por estar dispuesto a defenderse con fuerza letal ante cualquier intento de agresión.
—Zaswell, tu madre, Marian... ¿qué tanto sabe de esto? -preguntó Sara.
—Si intentas usar a mi madre como una especie de rehén emocional, te voy avisando de antemano: es inútil -declaró él.
—No, no me refería a eso… yo… -Trataba la apenada Eldar de formular sus palabras, sin éxito.
—La verdadera cuestión es: ¿cómo pudo un niño de diez años lograr diseñar y crear armas de semejante poder que funcionan sin mana? -preguntó la fornida bruja de piel morena.
El «sangre de bruja» se llevó las manos al rostro en un gesto de pura exasperación. Caminó hacia un costado del escritorio, apoyó las palmas sobre la madera y, con la mirada baja, espetó:
—¿En qué pensó el sujeto que inventó las espadas? ¿O el que inventó las ballestas? ¿O las catapultas? ¿O los cañones mágicos? ¿¡Alguno tiene la más mínima idea de qué carajos les pasaba por la cabeza cuando decidieron, un buen día, darles forma a sus ideas!?
—Eso… es imposible de responder, nadie lo sabe con certeza -contestó la Eldar, obligándose a ignorar el vocabulario vulgar del muchacho.
—¿A qué viene esa pregunta? ¿Qué tiene que ver? -inquirió Naya, desconcertada.
—Debatir sobre la «complejidad» de cómo surgieron mis proyectos es una reverenda pérdida de tiempo -sentenció el joven levantando la mirada —Se me ocurrió, las inventé y con eso les deberá bastar. ¿No les gusta? Problema de ustedes, no mío.
Las evasivas e irrespetuosas palabras de aquel niño se sintieron directamente en ambas mujeres. La Eldar, por su parte, no parecía tener problemas en tolerar el tono discordante de Zaswell. Naya, en cambio, contenía la respiración y aguantaba el deseo de abalanzarse sobre él únicamente por respeto a Sara.
—Ya hicieron demasiadas preguntas, ahora me toca a mí -sentenció el muchacho, sosteniéndole la mirada a la Eldar —Con sinceridad: ¿cuántos hombres perdieron en la guardia de Windaz durante la última batalla?
—¡Esa información no es de tu…!
—19 murieron, y 11 se encuentran en estado grave, de los 120 combatientes con los que contaba la guardia de Windaz -contestó Sara con sinceridad, acallando de inmediato las protestas de Naya.
Zaswell volvió a caminar hacia la ventana. Con las manos entrelazadas a la espalda y la mirada fija en el exterior, continuó:
—Está sucediendo: Mientras ustedes pierden combatientes que no pueden reemplazar fácilmente, ni contratando mercenarios de fuera, lo cual sería un error garrafal -Aclaro ese «sangre de bruja» —Ese «invasor» del exterior, que claramente cuenta con cierta organización y recursos, puede darse el lujo de reponer sus números perdidos con mano de obra mercenaria. Van a seguir presionando y presionando, mermando con cada ataque las defensas del aquelarre hasta que un día…
—Seremos debilitados y, eventualmente, abrumados -concluyó Naya, con amargura.
—Bravo. Eres perspicaz, jefa de la guardia de Windaz -Zaswell le dedicó unos aplausos sarcásticos.
Naya contuvo la rabia ante semejante muestra de irrespeto y mofas mordaces.
—Uno pensaría: ¿vale la pena que estos invasores se tomen tantas molestias e «inviertan» económicamente en tanto hostigamiento por un aquelarre? -planteó el muchacho —Desconozco el valor del mercado de esclavos, pero por lógica un esclavo semihumano vale más que un esclavo humano; por ende, una esclava bruja debe tener un valor mayor al de un esclavo humano. ¿Pero será igual o mayor al de un esclavo semihumano?, si asumimos que como «mercancía» tienen un precio considerable, y logran hacerse con cientos de brujas… -Consideró a toda la población del aquelarre, desde niñas, adolescentes, jóvenes y adultas, hasta incluso infantes —Es asqueroso pensarlo, pero quizás con toda esa «inversión» que están apostando, estén ante una mina de oro en términos de esclavitud al ver este lugar.
Un pensamiento frío, calculador y lógico, dictado por la mente de un muchacho de diez años. Para las dos brujas adultas, que semejante perspectiva fuera descrita por aquel «sangre de bruja» les resultaba difícil de creer. ¿Cómo podía un niño describir con tanta coherencia un escenario tan cruel, pero a la vez tan realista? Lo que realmente las asombraba no era el mensaje en sí, sino quién lo estaba diciendo.
—Luego de todo lo dicho, está claro que no vas a quedarte de brazos cruzados, Zaswell Drayt -expresó Naya, con un tono que no desvelaba hostilidad, pero tampoco aprecio.
—Naya, no es necesario ser tan…
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Editado: 30.07.2026