[VOLUMEN 1]: Rearme
—Eldar… Sara, ¿en qué estabas pensando? -inquirió Naya, incapaz de ocultar su agitación.
La jefa de la guardia de Windaz, aquella fornida guerrera de tez morena, contemplaba con los brazos cruzados el triunfante retiro del «sangre de bruja», del despacho del segundo piso. Solo quedaron las dos mujeres permanecieron en el recinto. Sara, sumida en una profunda reflexión, mantenía los ojos cerrados y las manos entrelazadas sobre el escritorio.
—Darle permiso de crear su propia fuerza independiente del aquelarre, Sara… ¿eres consciente de lo que has hecho? -insistió Naya, dando un paso al frente.
—¿Tenemos otras opciones? Tú misma te diste cuenta; tarde o temprano, nuestras fuerzas serán abrumadas por estos invasores -respondió Sara mientras abría los ojos, confrontando la cruel realidad de la situación —Nuestras combatientes heridas tardarán demasiado en recuperarse. Las trágicas muertes son difíciles de sustituir, y es evidente que el enemigo nos empezara asfixiar. Perdimos a 19 brujas en el último defensa y 11 más luchan por su vida, contamos con 90 combatientes para otra posible confrontación defensiva, y ese número… continuara mermando…
Y para rematar; solo 35 de las combatientes activas poseían experiencia real en el campo de batalla, incluyendo a Naya. Aquella alarmante falta de veteranía fragilizaba todavía más las líneas de la guardia.
—Naya, ¿crees que tomé esta decisión a la ligera? He analizado minuciosamente la delicada circunstancia en el que nos encontramos; el aquelarre está en un estado crítico de emergencia -admitió la propia Eldar —Si revelo esto a la población, el pánico estallará de inmediato. Si estos invasores continúan hostigándonos y sufrimos más bajas en la guardia… la moral del pueblo caerá en picada, ¿entiendes lo delicado que es este asunto?
En el fondo, Naya lo sabía. Por más que intentara negarlo, incluso con sus dotes de combatiente nata y el puñado de subordinadas capaces de emular su destreza en combate, la desventaja seguía siendo abismal. Enfrentaban a un invasor del exterior que continuaba presionando las defensas, respaldado por un volumen de tropas que sus recursos les permitían reemplazar con facilidad tras cada batalla.
—Pero esa arma… el mosquete -pronunció Sara en voz alta, rompiendo el silencio —Si sus capacidades son tal y como él afirma… preferiría tener ese poder de nuestro lado.
—¿A costa de que ignore tu autoridad como Eldar? -cuestionó Naya con evidente descontento.
—No. A costa de proteger este aquelarre -declaró la líder, apenada al tener que validar las crudas verdades de un niño de apenas 10 años —Lamentablemente, lo que Zaswell dice es verdad. He fracasado en disipar el sofisma que pesa sobre ellos… sobre él… sobre los «sangre de bruja».
Naya conocía a fondo la naturaleza de Sara Dorbo. Sabía que la Eldar carecía de la crueldad necesaria para emplear métodos coercitivos que obligaran a Zaswell a entregar el secreto de sus mosquetes a la autoridad del aquelarre. Sara prefería agotar la vía diplomática, incluso si eso significaba sacrificar parte de su propia influencia como líder.
Sin embargo, para la fornida comandante de la guardia, aquella resolución planteaba un dilema amargo. Aunque las intenciones de Sara eran puramente pragmáticas y apuntaban a la supervivencia de Windaz, su elección dejaba un denso velo de preocupación sobre sus hombros y sembraba la incertidumbre sobre el destino definitivo del pueblo.
[–––––––]
Zaswell se reunió con las 15 jóvenes brujas voluntarias que le esperaban pacientemente cerca del acceso a la residencia de la Eldar. Las 5 brujas de la guardia contemplaron en silencio, divididas entre el nerviosismo y el asombro, cómo aquel niño de 10 años se alejaba al frente de las muchachas con una disciplina casi idéntica a la de una auténtica milicia.
Sin embargo, el «sangre de bruja» ya orquestaba sus próximos movimientos. Le ordenó a su segunda al mando, Alexa, replegarse con las demás hacia el taller improvisado para tomar los mosquetes. Debían iniciar de inmediato las maniobras de instrucción: mejorar el agarre del arma, sin abrir fuego, tanto en formación estática como en desplazamiento táctico.
—Tengo un par de asuntos que atender. En cuanto termine, me reuniré con ustedes -le indicó Zaswell a Alexa, entregándole, además, el mosquete que llevaba consigo.
Ella acató las instrucciones con diligencia y guio al pelotón de voluntarias hacia el punto acordado. Mientras tanto, una bruja de inusual cabellera morada, gafas y pecas en las mejillas, que lucía un peinado de dos coletas, avanzó hacia el muchacho. Era Mornah. En sus manos cargaba un saco que denotaba un peso considerable.
—Lo traigo todo aquí. ¿cómo resultaron las pacíficas negociaciones? -inquirió una animada Mornah.
—Todo está marchando según lo planeado, ya no precisaremos entrenar con discreción y tan lejos -declaró Zaswell con calma.
—Oh, entonces este es el inicio de ese concepto que llamas «maquinaria de guerra», jeje… -expresó ella con curiosidad, colocándose una mano en el mentón
—Con un entorno tan hostil como el que lidia Windaz, no hay muchas opciones: o nos fortalecemos o seremos eventualmente erradicados. Por eso es vital que acelere todo este proyecto -sentenció Zaswell.
—¿Cuánto tiempo crees que tarden esos invasores de afuera en ponerse serios? -inquirió Mornah, rascando suavemente su mentón.
—Si tenemos suerte, 2 meses; si resultan listos y problemáticos… 1 mes -fue la evaluación rápida de Zaswell —Cuanto antes terminemos nuestros asuntos con el herrero, más pronto podremos volver con el resto.
[–––––––]
La forja de Windaz, el único taller capacitado para abastecer de herramientas y herrajes esenciales a todo el aquelarre, estaba en manos de un fornido artesano de 32 años, de tez blanca, calvo y con barba corta. Vestía un atuendo ligero de lana para sobrellevar la constante transpiración y el calor del fuego, complementado con su característico delantal de cuero, que le cubría desde el pecho hasta las rodillas para protegerse de las chispas, pantalones holgados y botas reforzadas.
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Editado: 30.07.2026