[VOLUMEN 1]: Rearme
Como una existencia reencarnada, Zaswell cargaba con el lastre nítido de los recuerdos de su primera vida, una realidad donde jamás conoció la calidez ni el amparo de una madre. En aquel pasado gris, su rutina consistía en desviar la mirada cada vez que cruzaba a niños tomados de la mano o estrechados contra el pecho de sus progenitoras, arrastrados por el instinto más elemental del lazo familiar. Solo le quedaba dar la espalda a esas escenas y asumir que era una realidad ajena a la suya.
Durante sus últimos instantes de su vida, mientras la onda expansiva de una detonación absoluta arrasaba con todo a su alrededor, cerró los ojos y abrazó el veredicto de un descanso eterno en mitad de una fría y solitaria oscuridad. Sin embargo, no previó que el destino alteraría las reglas del tablero en una dirección opuesta.
—«Te propongo una segunda oportunidad, una segunda vida»
Zaswell rememoró las palabras exactas del ser y el pacto que selló al aceptar el ofrecimiento de un nuevo comienzo con sus conocimientos y su consciencia intactos. Al aguardar su nuevo nacimiento, sus proyecciones estadísticas de supervivencia eran las más bajas y la probabilidad de sufrir rozaba el límite absoluto; no obstante, el universo de Liava le tenía reservado un escenario diametralmente distinto.
—Mi pequeño Zaswell, eres tan lindo -Exclamo la mujer de cabellera marrón frotando su rostro con la del recién nacido.
Como un bebé recién traído a un nuevo mundo, recibía un abrazo maternal; un abrazo cargado del más puro y genuino amor instintivo de una madre a su prole. Ante un sentimiento nunca experimentado, debatiéndose entre la confusión y el proceso de asimilar una nueva realidad, esta segunda vida le ofrecía algo que la anterior le negó: una familia.
—Hola mamá -Saluda Zaswell.
Su saludo mantuvo una calma total y relajada ante su presencia. A su lado, Mornah reaccionó con perplejidad e incomodidad.
—Uh, situación familiar, creo que me retiro -dijo Mornah, desviando la mirada hacia otro lado. Se inclinó y le susurró a Zaswell antes de marcharse —Me haré cargo de avisar a las voluntarias sobre el plomo -Luego, levantó la voz hacia la mujer —¡Hola, señora Marian!, disculpe, tengo cosas que hacer, así que debo retirarme -Aquella fue su excusa para salir apresuradamente de allí.
Al retirarse la bruja de 15 años de lentes y pecas, Zaswell se quedó junto a su madre, quien mostraba un rostro de preocupación. Su progenitora acortó el silencio entre los dos.
—Zaswell, hijo… tenemos que hablar, en privado -le pidió ella amablemente.
[–––––––]
La conversación fue llevada directo a casa. El hogar de los Drayt, aquella sala principal usada generalmente para comer en familia, se convirtió en el sitio para una inminente discusión entre madre e hijo.
—Pensé que, con lo sucedido anoche, estarías a tiempo completo ocupado con los heridos de la confrontación; no hay muchas brujas con poderes de conjuración en el aquelarre -dijo Zaswell.
—Lo estoy… pero pude salir un momento, luego de escuchar ciertos rumores… No, sé que ya no son rumores, toda Windaz habla de ello -contó su madre.
El propio Zaswell preveía este escenario. Cuando las noticias llegaran a oídos de su madre, era inevitable que esta conversación sucediera, pero no pensó que sería tan pronto.
—Un grupo de jóvenes brujas con armas poderosas nunca antes vistas que repelieron a un segundo grupo de invasores esa noche, todo bajo el liderazgo de un niño de 10 años… ¿Cómo?, ¿cuándo fue…? -planteaba su madre, aun tratando de asimilar tal descubrimiento.
Marian Drayt, una bruja con poderes del tipo conjuración y carente de una naturaleza combatiente, se convirtió en una vital sanadora mágica del aquelarre. Había criado a su hijo, Zaswell, sin una figura paterna; pues en la cultura de los aquelarres, la inmensa mayoría de las brujas generalmente se convierten en madres y crían a su descendencia sin el progenitor masculino.
Zaswell tomó un vaso de arcilla y se sirvió un poco de agua de la vasija empleada para el almacenamiento de agua potable del hogar. Bebió un sorbo grande en completo silencio y luego se volteó para hablar.
—Sí, madre, en efecto, yo dirigí a esas brujas aquella noche; interceptamos y eliminamos a ese grupo de forajidos, posiblemente perteneciente a la misma fuerza que confrontó a la guardia de Windaz. Eran ellos o el aquelarre -aclaró.
Ocultando su identidad como reencarnado, solo relató que durante los siguientes años descubrió su magia, la cual le permitía manipular el metal. Creó los planos de un arma que funcionaba bajo ciertos requisitos mecánicos y no precisaba de magia, pero requería una larga logística de preparación: el mosquete y la pólvora negra.
En secreto, fue preparando dichas armas, elaborando meticulosamente cada paso y cada elemento esencial para su funcionamiento. Unió cada pieza del rompecabezas para obtener el resultado que buscaba. Aquella noche, en la confrontación contra los forajidos, fue la culminación de años de esfuerzo.
—¿Cómo conseguiste elaborar algo tan…? No lo entiendo…
—Mamá, ignora el cómo las obtuve; lo que importa es que funciona. El aquelarre está a salvo por ahora… pero es inevitable que esto no haya acabado, ellos volverán -advirtió Zaswell en torno a los invasores —Mis creaciones las usaré para defender Windaz, pero será bajo mis términos.
—¿Qué significa eso?
—Las armas únicas, el mosquete, serán usados por mí y mi escuadrón de combatientes, los fusileros de la «División Metalord». Nos separaremos de la autoridad de la guardia de Windaz y de la propia Eldar.
Al revelar aquella noticia, el rostro de su madre se tornó de preocupación. Por una parte, estaba agradecida de que su hijo defendiera su hogar; pero por la otra, su rechazo a cooperar con la guardia local y la misma líder del aquelarre encendió una alarma en ella.
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Editado: 30.07.2026