[VOLUMEN 1]: Rearme
—¡Mantengan el ritmo! -ordenó Zaswell, sosteniendo la zancada sobre el camino.
Habían transcurrido días. Un campo de entrenamiento improvisado fue elaborado a un costado del pueblo, consistía en un círculo de tierra apisonada. Zaswell Drayt trotaba a la cabeza de la formación, imponiendo una cadencia militar fija a las 15 brujas reclutas de la división de fusileras que marchaban a sus espaldas. Ejecutaba el ejercicio con 2 objetivos esenciales: acondicionar su propio cuerpo y forjar la resistencia física de sus tiradoras.
Zaswell notó que, a Aleza, la segunda al mando, le costaba mantener el ritmo de la formación. Su capacidad aeróbica declinaba en comparación con el resto; poseía un cuerpo en excelente forma física, pero era incapaz de sostener esfuerzos de alta intensidad por un tiempo prolongado.
La unidad pasó del trote a la práctica de tiro con los mosquetes modelo Windaz 01. Los blancos de madera estaban alineados en el extremo del campo, dispuestos bajo estrictas medidas de seguridad para evitar que las balas perdidas se desviaran hacia el pueblo. Zaswell observó la fatiga crítica de Aleza. Antes de que pudiera recuperar el aliento y tomar su arma, el líder se acercó a ella para hablar en privado.
Eres la más astuta del grupo, captas las órdenes, entiendes y analizas la situación mejor que el resto -dijo Zaswell, apoyando la espalda contra un árbol con los brazos cruzados —Por ello fuiste la más apta para ser una líder de grupo, pero ahora noto que tu declive físico no es ordinario. ¿Te importaría decirme qué ocurre?
Alejados del resto para hablar sin que las reclutas escucharan, Aleza suspiró y, en lugar de ocultarlo, relató su trasfondo.
—Tal y como ya lo sabrás, no soy nativa de este aquelarre -respondió Aleza —Pertenecí a otro, uno más pequeño que fue destruido. Pasó 1 año desde que llegué aquí.
Su aquelarre original lo componían solo 30 brujas. El grupo operaba oculto en una cueva convertida en su hogar provisional; se habían instalado allí por meses, aguardando el momento oportuno para replegarse hacia un asentamiento más próspero o reclutar más brujas para fundar un asentamiento en el exterior.
—Entonces, en solo una noche, todo se fue al desastre -continuó su relato.
Una fuerza combinada de monstruos atacó la posición. Bestias mágicas cuadrúpedas semejantes a lobos, coordinadas con goblins, las obligaron a evacuar la base con el equipo mínimo de supervivencia. Durante la retirada forzosa, interceptaron una banda de forajidos en la ruta.
—Yo era una de las pocas brujas con capacidad de combate -relató ella, apretando los puños —Cada día entrenaba mi cuerpo y el dominio de la espada para defender al grupo. Logramos repeler a las bestias por un margen mínimo, pero el choque con los bandidos quebró nuestra línea. Fui la única superviviente.
Aleza recordaba el momento del despertar: yacía herida, cubierta por una mezcla de su propia sangre, la de sus hermanas caídas y los fluidos de los atacantes. Sin embargo, el daño crítico no provenía de los traumatismos físicos.
—Mis heridas de arma blanca no eran mortales -explicó, bajando la mirada —Perdí a mi gente y, en el proceso, fui maldecida.
El registro de su memoria reactivaba la carga final contra la vanguardia de los bandidos. Había penetrado las líneas enemigas hasta abatir a su líder forajido: un mago especializado en magia de sortilegio. Su espada neutralizó al objetivo, pero el mago logro encadenar su hechizo directo hacia su pecho. El impacto la dejó inconsciente en segundos. Al recuperar el conocimiento, a su alrededor observo cadáveres, sus compañeras habían eliminado al resto de los forajidos a costa de sus propias vidas.
—Magia de sortilegio… El arte de los hechizos de maldiciones, encantamientos e ilusiones -comentó Zaswell, repasando la clasificación teórica de esa doctrina —¿Qué aflicción te dejo esa maldición?
La bruja expone la piel sobre el pectoral izquierdo. Enseñando una marca negruzca, una intrincada figura oscura con patrón de espinas. Zaswell la examinó a corta distancia; percibió el flujo residual de maná impregnado en el tejido. Se trataba de una maldición capaz de perdurar de forma autónoma incluso tras la muerte del mago que la coloco. Una técnica avanzada y de ejecución sumamente rara.
—Si ejecuto actividades físicas intensas prolongadas, la maldición se activa y acelera mi cansancio físico -reveló ella —Por culpa de esto, el ingreso a la Guardia de Windaz, fue imposible. Cuando alcancé este asentamiento, la comandante y líder de la guardia, Naya, detectó la anomalía de inmediato durante mi evaluación de combate.
Naya había comprobado que la destreza de la Aleza con la espada era sobresaliente, pero el diagnóstico determinó que su rendimiento estaba severamente comprometido por la magia de sortilegio impregnado en su cuerpo.
—Esta maldición esta fuera del alcance de ser tratado con la magia curativa y la medicina alquímica de la que se dispone en Windaz -explicó Aleza, rememorando el dictamen —Naya determinó que sería una carga en el frente como guerrera. Un combatiente que sufre fatiga crítica tras el primer asalto se convierte en una baja segura. Me aconsejo otras labores lejos del combate, ganarme el pan con otros trabajos.
—¿No consideraste pasar de la espada al arco? -planteó Zaswell.
—Mi precisión con el arco es deficiente, y el aquelarre de Windaz no cuenta con suficientes ballestas. No tenía muchas alternativas, hasta que…
—Llegaste como una de las 15 reclutas…
—El mosquete Windaz 01 -concluyó Aleza
Zaswell comprendió en ese instante la causa de su pericia; su capacidad para ejecutar órdenes, evaluar el terreno y procesar deducciones rápidas provenía de una formación con la espada. Era una combatiente experimentada, alguien capaz de abatir objetivos sin registrar secuelas psicológicas. La maldición que anulaba su destreza con la hoja había golpeado su orgullo de guerrera; le costaba aceptar un rol ajeno a su única y verdadera especialidad: el combate.
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Editado: 19.08.2026