Metro

Metro

Saúl no puede más, sus piernas le punzan, siente que sus pies están apunto de explotar dentro de sus zapatos de charol, el sudor empapa su ropa, haciendo que se le pegue al cuerpo, se le dificulta respirar por la presión de tanta gente amontonada, el maldito transporte lo está matando, está cansado de la maldita ciudad, de todo el maldito caos. Ha sido un día ajetreado y para colmo el metro nuevamente está fallando, más de 10 minutos por estación, algunas personas incluso han decidido bajarse en lugar seguir esperando a que avance el metro, tal vez Saúl deberia hacer eso, son dos estaciones más para llegar a la terminal, solo dos estaciones más y podrá librarse de la agonía, al menos por un momento, después viene la segunda parte del infierno, tomar un camión que estará igual de lleno, quizás ya debería estar acostumbrado. <<¿Realmente uno se puede acostumbrar a este infierno?>> se pregunta.

Cada día es lo mismo, correr al metro con la esperanza de librarse de la hora pico, de lo contrario es hacer tres horas para poder llegar de la escuela a casa, es increíble como un tramo que a lo mucho tardaría una hora y media en recorrer se vuelve tan extenso. Cuando Saúl esta apunto de rendirse y salir del vagón, las puertas se cierran, ¡finalmente se cierra!, comienza a avanzar, sí el armatoste se vuelve a quedar parado en la siguiente estación bajara y caminara hasta la terminal, aunque un taxi podría ser mejor opción así llegaría directo a su casa, revisa sus bolsillo esperanzado de hallar algún billete pero se quedó sin nada de dinero, recuerda que lo último que le quedaba lo gastó en su almuerzo. Siente enojo y frustración ambas emociones se mezclan terminando en impotencia con un poco de resignación.

No pasa más de dos minutos cuando llega a la siguiente estación, por suerte muchas personas han bajado, las suficientes como para darle algo de espacio vital, pero aún hay demasiada, algunos en su celular, otros hablando con algún acompañante sobre cosas triviales y algunos otros, durmiendo, eso afortunados que consiguieron un asiento, si tan solo hubiera salido diez minutos antes del colegio, sería uno de esos afortunados. Solo piensa en volver a casa para poder darse un baño y dormir, pero ni eso podrá hacer, hace meses que no hay agua en su colonia, piensa en todo el esfuerzo que tendrá que hacer para acarrear agua de la pipa hasta su casa, claro suponiendo que aun la alcance. Su casa no era mejor que estar atrapado en el metro, las constantes peleas, los constantes abusos, a veces Saúl se preguntaba por qué seguía volviendo, a veces se preguntaba por qué continuaba con su rutina de siempre, levantarse, ignorar a sus padres, ignorar que lo consideran un estorbo, un bueno para nada, ignorar el vacío que sentía en su interior, de cierta forma se aferra a la idea de demostrarles lo contrario pero ahora mismo se sentía más agotado que nunca. Recarga su cabeza contra el cristal de la puerta, cierra los ojos por un momento <<ojala no tarde en avanzar esta porqueria>>.

<<¿Quienes están riendo?>>. Risas estridentes lo hacen estremecer, parecen ser de un grupo de chicos que no alcanza a ver por ningún lado, quizás solo fue su imaginación, aún que al otro lado del andén algo está pasando, un grupo de personas se comienza a amontonar, algunos gritan, el pitido del silbato de un policía resuena por toda la estación, alrededor de tres policías corre al tumulto, sacan a rastras a un hombre salpicado de sangre—¡No lo ven, no es humano!—grita y forcejea desesperadamente —¡no es humano, es una de esas cosas, es una de esas chingaderas!— los gritos son casi guturales, parece enloquecido, casi como un perro rabioso.

Entre todos los policías logran arrastrarlo hasta el área de torniquetes, en el pequeño espacio que se hace en esa multitud, Saúl logra ver a otro hombre, está de rodillas al piso escupiendo chorros de sangre, no parece haber nada extraño en su apariencia, parece alguien común y corriente.

—Que barbaridad, cada vez estamos peor en este país, cada vez la gente es más violenta—dice con angustia la anciana que mira por el otro cristal de la puerta— válgame dios— se persigna.

Las puertas se cierran y el metro comienza a avanzar, la escena no pasa de algo curioso para Saul << Ya falta poco para llegar, solo es pasar este tramo elevado>>.

Saúl considera ese último tramo elevado como lo único bueno que tiene esta línea de metro, normalmente puede ver la ciudad, el cielo iluminado por los primeros rayos de sol en el horizonte durante las mañanas, camino a la escuela, en ocasiones logra ver el atardecer y su hermoso resplandor naranja, cuando sale temprano, le gusta ver los cerros que rodean el valle, algunas veces se ha planteado la idea de irse a vivir a alguno de ellos, tener una vida de campo —quizás algún día— murmura.

—¿Me hablaste hijito?—pregunta la anciana de antes.

—No, no, hablaba conmigo mismos.

Saúl dirige su atención al cristal, pero esta vez no se puede ver nada, solo oscuridad total, es extraño, incluso en la noche si prestas la suficiente atención podrás ver las calles tenuemente iluminadas, pero está vez no se ve absolutamente nada, <<En fin>>. Suspira y de nueva cuenta recarga la cabeza contra el cristal e intenta volver a cerrar los ojos.

Una sacudida arremete contra todos, algunos de los que van de pie caen, otros alcanzan a agarrarse de los tubos, fue como si el vagón pasará por un tope o algo similar.

—Ha de andar borracho el conductor, hay que reportarlo— dicen algunos.

Gente asiente y vuelve a su posición original, entre ellos Saúl que se recarga contra la puerta.




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