Mi abuelo mi padre

Capítulo 1

Sobre él: Mi abuelo fue un hombre de campo, de esos que nacen con la tierra en las manos y el trabajo en el corazón. Era trabajador, firme, humilde y sencillo, siempre llevaba consigo su sombrero, su azadón y su machete, no como armas si no como símbolos de esfuerzo, humildad y dignidad. Para muchos era solo un campesino más, pero para quienes los conocían era un hombre noble, colaborador, fuerte y lleno de valores.

Fue demasiado querido por su comunidad y respetado por su carácter. No era un hombre de muchas palabras, pero cuando hablaba, lo hacia con sentido. Y cuando no hablaba, sus acciones lo decían todo. Siempre estuvo dispuesto ayudar sin esperar nada a cambio. Su generosidad no sé medía en cosas materiales, si no en tiempo, en trabajo y disposición para quien lo necesitara. Para mí, no fue solo mi abuelo. Fue mi padre.

Desde que tengo memoria, mi abuelito ocupó ese lugar tan importante en mi vida sin necesidad de títulos ni explicaciones.

Nunca me dijo "yo soy tu padre", pero nunca hizo falta. El estuvo ahí desde el principio cuidándome, apoyandome, acompañandome. Nunca conocí a mi papá biológico, pero tampoco sentí su ausencia, porque mi abuelito lleno ese espacio con amor, paciencia y cariño constante

Era él quien me mostraba como enfrentar la vida con respeto y fortaleza. Me enseño que el trabajo dignifica, que las cosas se consiguen con esfuerzo y que la palabra vale más que cualquier promesa. Con él aprendí a observar, a escuchar y a entender que la vida de campo no es fácil, pero si honesta.

Cada mañana desde muy temprano, salía a trabajar. El sol apenas comenzaba a salir y el canto que los gallos marcaba el inicio de un nuevo día. Sus botas resonaban sobre la tierra húmeda y ese sonido sé volvía parte del día, como el viento entre los cultivos o el crujir de las hojas secas al caminar por ellas. Su figura alejándose por el camino era una imagen que se repetía todos los dias y que sin saberlo, se fue quedando grabada en mi memoria. Tenia las manos curtidas por los años, la piel marcada por el sol y una mirada fuerte que imponía respeto. Para algunos podía parecer serio, incluso un poco duro. Pero conmigo todo era distinto. Yo era su nietecita, su orgullo, su niña. Bastaba con que yo lo mirara para que su rostro cambiara. En medio del cansancio siempre encontraba tiempo para mí.

Recuerdo las tardes en las que regresaba del trabajo sudado y agotado. Pero aún así me sonreía, me sentaba en sus piernas mientras tomaba su café como siempre. En esos momentos no decía muchas cosas, pero me contaba historias cortas, sencillas. Sin adornos, pero llenas de verdad. Historias de la vida, del campo, del esfuerzo y de lo que cuesta salir adelante. A su manera, me enseño que no todo es fácil, que hay días duros, pero que rendirse nunca fue una opción. Me enseño a ser fuerte sin dejar ser sensible a los demás y a valorar lo que se tiene. Su ejemplo fue mi mayor lección.

Mi abuelo era muy querido en la comunidad. Siempre estaba presente cuando alguien necesitaba ayuda: para sembrar, arreglar un camino, para levantar una cerca o simplemente para acompañar. No hacía ruido, no buscaba reconocimiento, pero todos sabían que podían contar con él. Su respeto se lo gano trabajando y siendo justo.

Con el paso del tiempo, su figura se volvió parte del paisaje del lugar. Era imposible imaginar el campo sin él. Su sombreo, su azadón y su machete siempre estaban listos, como si el trabajo nunca terminara. Y en medio de todo eso yo crecí viéndolo como mi ejemplo, mi guía y mi refugio.

Mi abuelo no solo me dio un apellido o un hogar. Me dio amor, protección y una forma de ver y encontrar sentido a la vida. Fue mi apoyo silencioso, mi fuerza y mi inspiración para salir adelante.




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