Nunca un padre ni una madre
deberían ver partir a un hijo.
Mi corazón,
cansado,
vaga en la sombra,
buscando el último suspiro
que aún le queda a la vida.
Veo a mi padre llorar
y se me parte el alma.
Su dolor es un espejo
que no quiero mirar.
Pero vendrá el amanecer,
seremos luz tras tanta noche.
El sol alumbrará mi ventana
y, con él,
renacerá la esperanza.
Mi madre ya no llorará,
mi padre tampoco.
El sufrimiento se disolverá
como niebla en la mañana.
Y el corazón,
ese guerrero silencioso,
respirará hondo,
como el viento que todo lo limpia.
Seremos felices,
sí…
seremos felices.
Editado: 27.08.2025