—Fue lo mejor… —me susurré a mí misma, tratando de convencerme, pero el tono de mi propia voz sonó vacío, casi sin convicción.
Me apoyé en el lavabo, observando mi reflejo en el espejo con detenimiento. Mi piel estaba aún más pálida de lo que recordaba, con un matiz casi espectral. Mis ojos… esos ojos que antes eran un verde profundo, ahora estaban teñidos de un rojo que latía con intensidad bajo la luz tenue del baño. Eran los ojos de un depredador.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
¿Quién soy ahora?
Esa pregunta se quedó flotando en mi mente, mientras mi mirada viajaba hasta mis labios, ahora más rojos, como si los hubiera pintado con sangre. Pasé la lengua sobre ellos con inquietud. Se sentían distintos, como si fueran parte de alguien más.
—Lo fue.
La voz resonó en mi cabeza con una seguridad que me hizo estremecer.
Una punzada de ansiedad se instaló en mi pecho.
No estoy sola.
Ya no era solo yo en mi propio cuerpo.
Mi respiración se volvió errática por un segundo, pero me obligué a calmarme. No podía permitirme entrar en pánico ahora.
—¿Seguiremos así? —pregunté en mi mente, mi tono apenas un susurro—. Necesito sacar a mi conejita… Ella es la única que me ayudará.
Sentí que ella se movía dentro de mí, como una sombra silenciosa que recorría cada rincón de mi mente con una familiaridad inquietante.
—Ya sé dónde es.
Su tono era neutro, sin rastro de emoción.
—En todo el tiempo que estuve… dormida, digámosle así, vi todo. Encontré el Lago de Cristal en una de tus salidas.
Un nudo se formó en mi garganta.
Dormida.
Así lo llamaba ella. Pero yo sabía que no era un simple letargo.
Por años había sentido su presencia al fondo de mi conciencia, como una bestia enjaulada esperando el momento de despertar. Antes, su voz solo aparecía en momentos fugaces, como un susurro en la oscuridad. Pero ahora… ahora estaba aquí. Permanente.
Era una sensación asfixiante. Como si ya no hubiera un solo pensamiento en mi cabeza que me perteneciera por completo.
El miedo se retorció en mi estómago, pero lo reprimí.
Necesito acostumbrarme rápido. No puedo perder el control.
Inspiré hondo, obligándome a mantener la compostura.
—Bien. Solo nos estabilizamos un poco y vamos.
Cerré la conexión, sintiendo cómo su presencia retrocedía ligeramente, aunque no desaparecía del todo.
Sin pensar demasiado, comencé a quitarme la ropa con movimientos automáticos, como si el simple acto de desvestirme pudiera arrancarme de encima toda la confusión que me embargaba.
Entré en la ducha y abrí el agua caliente.
El vapor llenó el espacio en cuestión de segundos, envolviéndome en una neblina reconfortante. Cerré los ojos y dejé que el agua resbalara por mi piel, intentando concentrarme en la sensación.
Pero incluso el calor del agua no podía borrar el frío que ahora se alojaba en mi interior.
Era un frío diferente. No el de una brisa nocturna ni el de una corriente helada.
Era un frío que venía desde dentro. Desde lo más profundo de mis huesos.
Un frío que me recordaba que ya no era la misma.
Nunca volvería a serlo. Y eso me aterraba.
Terminé de bañarme y me vestí con una camisa de tirantes gris, un leggings negro y unos tenis blancos. La ropa se sentía extraña sobre mi piel, como si no terminara de adaptarse a mi nuevo cuerpo, o quizás era yo quien ya no encajaba del todo en la misma rutina de antes.
Pasé una mano por mi cabello, aún húmedo, tratando de recogerlo en una coleta alta. Era tan largo que casi rozaba el suelo, una extensión de mí que, por momentos, se sentía ajena. Mientras lo amarraba con un movimiento rápido, salí del cuarto y caminé hacia la cocina.
Apenas crucé el umbral del living, me encontré con Arturo y Marissa.
Ambos se quedaron en silencio al verme, con los ojos abiertos de par en par, como si tuviera algo extraño en la cara.
Fruncí el ceño.
"Se supone que aún no regresaban."
El pensamiento cruzó mi mente con rapidez mientras terminaba de bajar las escaleras. Sus miradas fijas sobre mí me hicieron sentir una incomodidad latente, pero me obligué a ignorarla.
—¿Mamá?
—¿Karen?
Preguntaron al unísono, como si no supieran con certeza a quién se estaban dirigiendo.
Relajé la expresión y esbocé una pequeña sonrisa, aunque algo en mí sentía que no encajaba en ese gesto.
Entonces, un olor extraño me golpeó de lleno.
Agridulce. Penetrante.
El asco se reflejó en mi rostro antes de que pudiera ocultarlo. Pasé de largo sin saludarlos, la sensación en mi nariz y garganta era molesta, invasiva, como si el aroma se aferrara a mí.
—¿Qué fue eso?—pregunté internamente, sintiendo una punzada de alerta recorrerme.
—Alguien los estuvo siguiendo. Su aroma quedó impregnado en ellos.
La respuesta llegó en un gruñido molesto dentro de mi mente.
Me tensé de inmediato.
—¿Pero por qué el olor es agridulce?
Me detuve en seco, dándome cuenta de que Arturo me llamaba, pero mi atención estaba en otra parte.
—Es un híbrido. Por eso el aroma es tan desagradable.
Mis ojos se entrecerraron al escuchar aquello, un gruñido bajo escapó de mis labios sin que lo controlara del todo.
—¿Mamá? —Arturo me llamó nuevamente, su tono cargado de confusión.
Me giré para mirarlos, mi expresión se endureció.
—Vayan a quitarse ese aroma de encima y véanme en el jardín —ordené con seriedad.
Lucas apareció en el living justo en ese momento, saliendo de la cocina con una bolsa de galletas Oreo en la mano. Nos miró con curiosidad, sin entender lo que estaba ocurriendo.
No me detuve a explicarle.
Salí de la casa con pasos firmes, dejando atrás el aroma que aún flotaba en el aire. Algo dentro de mí se revolvía con incomodidad, una sensación extraña que no podía terminar de definir.
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Editado: 15.07.2026