Mi Alpha Protector (#2)

Capitulo 9 - Aisha Romanov

—Todo listo para ir a atacar, señor —informó Ian al entrar en la habitación.

Yo permanecía de pie frente a un gran ventanal, observando la noche oscura extenderse sobre el territorio. La luna brillaba con fuerza, iluminando el bosque que rodeaba nuestra base. Una luna que pronto dejaría de pertenecerle a ella.

Reí de lado sin apartar la vista del exterior y luego lo miré de soslayo.

—Perfecto —dije con frialdad—. Matémosla antes de que llegue su despertar y nos joda todo otra vez…

Di media vuelta y caminé hacia Ian con paso firme, cada palabra saliendo de mis labios con veneno.

—Si lo hace, estaremos muertos. Ese maldito monstruo no puede regresar, no después de lo que costó acabar con ella la primera vez.

Mi mandíbula se tensó, y mis manos se cerraron en puños al recordar.

Karen.

Mi querida y dulce hermana…

La misma que había destrozado mi vida sin remordimientos.

La misma que había asesinado a quien más amaba en este mundo.

Demon…

El único que había visto más allá de mi linaje, de mi sangre. La única persona que no me había visto como la heredera, como la guerrera, como la líder de un clan. No. Para él, yo solo era Aisha. Yo solo era suya.

Y Karen me lo arrebató.

La imagen de su cuerpo inerte en mis brazos aún me atormentaba en las noches más silenciosas. Su sangre empapando mis manos, su mirada vacía perdiéndose en el horizonte, su voz apagándose entre susurros rotos.

"—Lo siento, Aisha… lo siento…"

Las últimas palabras de Demon, pronunciadas con un suspiro moribundo, resonaban en mi cabeza una y otra vez. Y luego, el rostro de Karen, manchado con su sangre, sus ojos brillando con indiferencia, con una frialdad que me heló hasta los huesos.

No pidió perdón. No mostró culpa.

Simplemente… me lo quitó.

—Maldito e inútil de Grayson… —gruñí, aunque mi propia voz me traicionó con un matiz de dolor.

Ian me observó con cautela, sin atreverse a interrumpirme. No entendía. Nadie lo hacía. Ni siquiera si se lo explicara mil veces.

El odio que sentía por Karen no era solo rencor. Era un abismo. Un pozo sin fondo en el que había caído desde aquel día.

—Hoy se acaba —afirmó Ian con convicción—. Y tú serás la Reina.

Levanté la barbilla y lo miré de reojo.

—Lo seré… No dejaré que mi hermana me robe lo que es mío otra vez.

El trono. La lealtad de nuestra gente. La paz de mi corazón. Todo lo que alguna vez me perteneció.

Salí del escritorio con paso firme, sintiendo la presencia de Ian siguiéndome.

—No lo hará. No lo permitiremos, Aisha —me aseguró.

Su lealtad era inquebrantable, pero no lo necesitaba para esto. Esta guerra no era solo política. Era personal.

Sonreí de lado, con lentitud, mientras en mi mente se formaban las palabras que había estado esperando decir durante tanto tiempo.

"Aquí se acaba, hermanita."

Caminé hacia donde los guerreros esperaban mis órdenes. Pronto, la sangre de Karen Romanov mancharía la tierra.

Y entonces, por fin, encontraría paz.

(...)

Habíamos llegado a la entrada de la manada Trueno. La noche era densa y fría, pero la sed de venganza ardía en mis venas, sofocando cualquier otra emoción. Mis guerreros esperaban, tensos, listos para atacar en cuanto yo diera la orden.

Sin embargo, algo no estaba bien.

Un escalofrío recorrió mi espalda cuando una energía poderosa emergió desde el interior de la manada, haciendo que mi instinto vacilara por un breve instante. Era antigua, brutal… y familiar.

No.

Sacudí la sensación de inmediato. No podía darme el lujo de dudar. Hice una seña rápida con la mano, y mis guerreros se lanzaron al ataque.

El estruendo del combate no tardó en estallar. Los centinelas de la manada reaccionaron de inmediato, pero no fueron rival para mis guerreros. La línea de defensa cayó en cuestión de segundos, sus cuerpos desplomándose en la tierra húmeda.

Nos adentramos más en el territorio y, de pronto, un aullido atravesó el aire.

La alarma.

Como si fueran sombras saliendo de la nada, los lobos comenzaron a aparecer por todos lados, atacando con fiereza. El choque fue brutal. Peleé codo a codo con Ian, cubriéndonos las espaldas, abriéndonos paso entre el caos. Mis guerreros eran poderosos, algunos entrenados en la guardia del clan vampírico y otros de la guardia del antiguo Rey Alfa. No había forma de que fueran superados tan rápido…

Pero lo estaban siendo.

Uno tras otro, mis hombres caían. La fuerza de estos malditos era inesperada, como si hubieran nacido solo para la guerra.

Entonces, un rugido profundo y aterrador resonó en el campo de batalla.

Giré la cabeza justo a tiempo para ver al enorme lobo del Alpha emerger de entre los árboles. Su hocico goteaba sangre fresca y, atrapada entre sus colmillos, reconocí la cabeza de uno de mis guerreros. Me gruñó con furia, sus ojos carmesí brillando con rabia asesina.

Mi cuerpo se tensó, pero no tuve tiempo de reaccionar.

Una ráfaga helada me golpeó por la espalda y, en un abrir y cerrar de ojos, sentí un impacto brutal a mi lado.

Ian.

Su cuerpo fue lanzado como si no pesara nada y se estrelló contra el suelo con una fuerza desgarradora. La tierra crujió bajo su espalda, como si hubiera sido hundido por una mano invisible.

Mi respiración se detuvo.

Frente a él, con la rodilla hundida en su pecho y una mano envuelta alrededor de su garganta, estaba ella.

Una mujer de piel pálida como la luna, con un largo cabello azul que flotaba alrededor de su cuerpo como si la misma oscuridad la abrazara. Su mirada era fría, sin emoción, sin piedad. Era la fuente de esa energía abrumadora que había sentido antes de entrar.

No lo dudé.

Rugí y me lancé hacia ella con toda la rabia que tenía dentro.

La aparté de Ian, haciendo que rodara un par de veces antes de detenerse. Pero ella no gritó, no mostró sorpresa ni debilidad. En cambio, se incorporó de cuclillas y hundió una de sus pálidas manos en la tierra.




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