Mi Alpha Protector (#2)

Capitulo 10 - Aisha Romanov

"Esto tenía que acabar…", pensé mientras las lágrimas se deslizaban por mis mejillas sin control. El aire me faltaba en los pulmones, mis costillas dolían con cada respiración y mi corazón latía tan rápido que parecía querer escapar de mi pecho. Mi cuerpo entero temblaba, no sabía si por el miedo, el dolor o la ira contenida.

"Todo se fue a la mierda…"

El monstruo había regresado.

—Tan tierna —dijo ella con frialdad, fingiendo un puchero antes de lanzarme con fuerza contra los árboles.

El impacto no llegó. Antes de que pudiera golpear el suelo, Ian me atrapó en el aire, usando su propio cuerpo para amortiguar la caída. Sentí el crujido seco de sus costillas al estrellarse contra el tronco de un árbol, seguido de un quejido ahogado que se escapó de sus labios. La sangre brotó de su boca, manchando su camisa y mi piel. Aún así, no me soltó. Sus brazos permanecieron aferrados a mi cintura, protegiéndome.

—Ian… —murmuré con la voz entrecortada, mis manos temblorosas buscaban su rostro, pero mi visión estaba borrosa por las lágrimas.

—Estoy bien —susurró con dificultad.

Se reincorporó con esfuerzo, obligándose a mantenerse en pie. Yo apenas podía sostenerme. Mi respiración era errática, mi pecho subía y bajaba descontroladamente, mi mente iba demasiado rápido, pero al mismo tiempo, todo se sentía borroso, como si estuviera atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar.

El sonido de su risa burlona me hizo estremecer.

—Awww, aún le amas… —se mofó con malicia.

Su voz se deslizó como veneno en mis oídos. Mis ojos se abrieron de par en par, sintiéndolos salir de sus órbitas. ¿Qué había dicho?

—Lástima que ella siga atrapada en el recuerdo de Demon. —continuó con fingido pesar—. Si tan solo supieras lo que él hacía…

Frunció el ceño, como si estuviera reflexionando, y luego se encogió de hombros con indiferencia.

—Él no era lo que aparentaba y te puso en mi contra...

Sus ojos, ahora de un verde intenso mezclado con carmín, reflejaban una tristeza inesperada. Su voz, normalmente llena de burla y veneno, tenía un matiz amargo, casi… dolido.

Eso me desconcertó más.

—Nada es lo que parece, Aisha… Y él era un claro ejemplo de ello.

Un gruñido del alfa y los ladridos de los lobos interrumpieron sus palabras. Ian y yo giramos la cabeza hacia ellos, pero ella ni siquiera pareció notarlos.

—Me odias por algo que yo no hice… ¡Por algo que intenté evitar! —gritó con desesperación.

Movió las manos y de la tierra surgieron raíces como cadenas, alzándose en el aire para bloquear el paso de los lobos. El alfa gruñó, pero ella no le prestó atención.

—¡Soy el monstruo que tú y todos ellos crearon!, ¡No puedes culparme por eso!

Su voz se quebró por un momento, pero su postura seguía firme, desafiante.

Yo la miraba fijamente, sintiendo mi respiración volverse más pesada. Mi pecho dolía, mi estómago se encogía, y mis manos estaban crispadas con tanta fuerza que mis uñas se hundían en mis palmas.

No podía creerle.

La había visto con mis propios ojos. Había visto la masacre, la sangre, los gritos. Ella lo hizo.

—¿De qué sirve tratar de no ser lo que ustedes decían que era si nadie te da un voto de confianza? —rió con amargura, negando con la cabeza—. Nadie te va a ver de una forma diferente cuando la gente ya te pintó de una manera…

Se acercó lentamente, y yo sentí mi cuerpo paralizarse.

—Henry fue el único que creyó en mí…

Su nombre encendió algo dentro de mí.

Un rugido de ira brotó de mi garganta.

—¡Murió por tu culpa, maldita bastarda! —grité.

Ella apretó la mandíbula, pero no dijo nada.

Ian me sostuvo con fuerza antes de que pudiera lanzarme sobre ella.

—¡Todos murieron por tu culpa!, ¡No mereces que nadie te quiera jamás!, ¡Tú los acabaste!, ¡Acabaste con todos los que te amaban!, ¡Y yo no fui la maldita excepción aunque siga respirando!

Mi voz se quebró en un sollozo.

—Tú… tú mataste a la niña que te adoraba con fervor… ¡No me pidas estupideces, Karen Romanov!

Su expresión permaneció inmutable.

—Si es lo que quieres creer… —respondió con frialdad—. Yo no maté a nadie del pueblo, Aisha.

Sus ojos brillaban con un carmesí intenso. La tierra tembló bajo sus pies.

—¡Tú pagarás por lo que hiciste! ¡Serás la primera en morir por lo que hiciste a ellos!, ¡Por traer a ese maldito proklyatyy! —Su tono cambió, volviéndose más sombrío.

Rió, pero su risa estaba rota.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—Serás la primera en morir.

Su voz era un susurro venenoso, un eco que se filtró en mi mente y se enredó en mi garganta, robándome el aliento.

—. Micch, Rebecca, Ala y Alex no tenían nada que ver en esto, ¡No para que los arrastraras en tu odio sin sentido!

El color carmesí consumió sus pupilas por completo. Se preparaba para atacarnos cuando un aullido de dolor interrumpió el enfrentamiento.

Giramos la cabeza justo a tiempo para ver a algunos de nuestros guerreros atacando a los lobos. Uno de ellos había logrado herir al alfa en la distracción. Ian no lo pensó dos veces: me cargó y comenzó a correr.

No protesté. Estaba herida, y ella estaba demasiado furiosa.

Corrimos hasta nuestro refugio. Apenas llegamos, varios de los nuestros se acercaron alarmados al ver nuestro estado, pero los ignoré y me dirigí directo a mi habitación.

Tenía su voz en mi cabeza, repitiéndose como un eco tortuoso.

"Micch, Rebecca, Ala y Alex no tenían nada que ver en esto…"

Sabía que tenía razón. Pero necesitaba a Micch. Y ellos eran la única forma de convencerlo. Todo se me salió de control.

Me zafé de Ian y caminé a mi habitación ignorando las miradas preocupadas de los demás. Mis piernas temblaban, mi respiración estaba entrecortada, mis manos se aferraban a mi pecho como si intentara sostener mi propio corazón para que no se rompiera en pedazos.




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