Mi Alpha Protector (#2)

Capitulo 11 - Karen Romanov

La tenía frente a mí, a esa persona que había sido mi única familia, la que me dejó por las mentiras de aquellos que se hacían llamar nuestra familia. La rabia burbujeaba en mi pecho, y el dolor, esa constante herida que nunca cicatriza, se intensificó en mi mente como una daga afilada. Me dejaron sola. Me dejaron por su propio egoísmo y su miedo a las verdades que estaban demasiado cerca para ser ignoradas. Y lo peor, me habían dejado sola y, como si eso fuera poco, me habían pintado como la villana de su historia.

Inventaron historias sobre mí, historias en las que yo era la responsable de todo, cuando lo único que había intentado hacer era detenerlo a él, evitar el caos que arrastraba con su sola presencia. Por su culpa, mi vida se había convertido en una absoluta miseria, y lo peor es que lo sabía. Sabía que, al final, todo lo que había hecho por intentar salvarnos se volvió en mi contra. Una absoluta mierda.

El veneno de sus palabras aún me taladraba el cerebro. Me decían que era un monstruo, que había arrasado con todo por pura maldad. Y, lo peor de todo, es que comencé a creerlo. Ellos me habían dado un nombre, una etiqueta, y yo, en mi desesperación por salir de esa maldita oscuridad, comencé a encajar en el papel que me habían asignado. Pero todo eso cambió cuando Henry Grayson apareció en mi vida. El único que vio más allá de las mentiras, el único que creyó en mí, en la persona que alguna vez fui, y no en el monstruo que ellos me habían forjado.

¿Cómo pude haber llegado tan lejos? Pensé mientras mi corazón seguía latiendo con furia, observando a la mujer frente a mí, la causante de todo este maldito desastre. Pero algo más me distrajo, un aullido de dolor de Brath, seguido de varios zarpazos y gruñidos, algo que me sacó de mis pensamientos oscuros. Me giré para verlos, mis raíces envolviendo a los vampiros, atrapándolos. Las tenía bajo control, como siempre, pero no estaba dispuesta a permitir que ellos se acercaran más.

El odio que sentía en ese momento se intensificó, y la ansiedad de no poder controlar todo lo que estaba ocurriendo me hizo gruñir con más fuerza. No puedo perder el control ahora. No ahora que finalmente empiezo a recuperar algo de lo que era. Brath estaba herido, y esa herida me atravesó el corazón como una daga. ¡No podía dejar que esto pasara! Decidí que no iba a permitir que esos malditos vampiros nos destruyeran aún más. No más. Corté una de las raíces y la guié con mis manos hacia ellos. Morirán todos, uno por uno. El pensamiento era claro, pero mi mente no se detuvo allí. No podía dejar que más inocentes murieran en esta guerra absurda.

Miré a Brath una vez más, su cuerpo desangrándose, su respiración dificultosa. La preocupación se apoderó de mí, y mi mente empezó a bombear pensamientos descontrolados, cada uno más desesperado que el anterior. No lo voy a perder. No ahora que ha sido el único que ha estado a mi lado cuando todo el mundo me dio la espalda.

Me acerqué a él, tomé su hocico y lo miré a los ojos. Necesitaba que se transformara, pero ¿y si no lo hacía? ¿Qué haría si no lograba salvarlo? Esa duda me hizo sentir más impotente de lo que ya estaba. La ansiedad me devoraba por dentro, pero lo que más me dolía era la realidad: por su culpa, por la culpa de esa gente que me había abandonado, todo estaba cayendo a pedazos. Y no tenía control sobre nada.

Brath, como si compartiera mi angustia, chilló bajo, mostrándome lo mal que estaba. Mi corazón se retorció al verlo así. Está perdiendo mucha sangre. Le dije que se transformara, le ofrecí mi sangre, la única forma de salvarlo. ¿Pero qué si no quería? Lo había hecho antes, pero ahora parecía más distante, más débil.

Corté mi muñeca con mis colmillos, mirando cómo la sangre empezaba a caer. Pensé que, al menos, de alguna manera, podría ayudarlo, pero Brath se apartó. Mi mente se aceleró, ¿por qué no lo hace? Pensé. Pero lo que más me frustraba era la culpa que sentía, la culpa de haber permitido que todo esto sucediera. Si no hubiera sido por el caos que crearon, por el monstruo que me obligaron a ser, tal vez ahora las cosas serían diferentes. Lo perdí todo por culpa de esa gente.

—Tómala, Brath. —Supliqué en voz baja, sintiendo que el miedo comenzaba a apoderarse de mí. El miedo a perderlo, a perder la única persona que había permanecido a mi lado cuando ya nadie más lo hizo.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, Brath empezó a lamer mi muñeca, pero lo hizo con desgana. Cada lamida que daba me llenaba de alivio, y, a la vez, una profunda sensación de culpa me seguía oprimiendo el pecho.

Vi cómo sus heridas comenzaban a sanar. Mi sangre, la que él no había querido al principio, estaba funcionando, y lo miré con algo más que gratitud. Lo estamos logrando. Pero esa victoria no me tranquilizó, porque mi mente seguía obsesionada con las piezas que se caían alrededor de mí. Nada de esto tiene sentido. Nada de esto debería estar pasando.

El cambio de Brath fue claro: su pelaje comenzó a verse más brillante, sus ojos recuperaron su intensidad. Me miró con una suavidad que solo él podía tener, y eso me hizo sonreír. Aunque, por dentro, todo seguía retumbando, como una tormenta que nunca se calmaría.

Brath se acercó a mí y se acurrucó en mi pecho, buscando refugio. Cerré los ojos por un momento, permitiendo que el calor de su cuerpo me calmara un poco. Pero, aún con él tan cerca, mis pensamientos seguían corriendo, la ansiedad seguía apoderándose de mi mente. ¿Realmente estoy bien? ¿Lo estoy? Pero en ese momento, con Brath acurrucado en mi pecho, me aferré a la pequeña calma que me ofrecía, sabiendo que, por fin, al menos en este momento, no estaba completamente sola.




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