E
ntramos al castillo. Karen estaba tan nerviosa que podía sentir su ansiedad en el aire. Sus pensamientos eran tan caóticos y extraños que empezaron a influir en mí, poniéndome incómodo, en una situación verdaderamente difícil de manejar. Estaba al tanto de lo que implicaba estar junto a ella en ese lugar, pero las emociones fluctuaban constantemente.
Cuando cruzamos la puerta, los guardias hacían una reverencia a medida que pasábamos frente a ellos. Lo sabía: era porque ella era la reina o, mejor dicho, lo será de nuevo. Pero aun así, la situación me resultaba rara. Aunque soy un alfa de una de las cinco manadas estelares, jamás había presenciado ese tipo de sumisión hacia nosotros.
—¡Su majestad! —escuché la voz de alguien cuando nos adentramos en el gran salón del castillo. Karen se tensó a mi lado. La observé, y vi cómo sus ojos cambiaban lentamente de verde a un carmesí profundo. Luego apareció un hombre frente a nosotros, con ojos color carmín, piel traslúcida y cabello castaño.
—Hola, Herbet —dijo Karen, aún tensa, su tono completamente indiferente. Soltó mi mano y lo saludó con un apretón de manos. El hombre aceptó el saludo gustosamente, pero al mirarme me dedicó una mirada de desprecio, sin soltar la mano de Karen. Mi respuesta fue un simple rollo de ojos ante su actitud.
—Su majestad, ¿quién es el perro? —preguntó el hombre, con desdén. Karen gruñó, soltó su mano con una expresión de asco y, con una rapidez sorprendente, lo abofeteó con tal fuerza que dejó una marca roja en su pálida piel. Abrí los ojos de par en par, completamente desconcertado ante su acción.
—Es mi pareja y, por ende, tu rey. Así que respétalo si no quieres que te saque el corazón —dijo ella con voz demandante. El hombre asintió rápidamente, temblando, tocándose la mejilla golpeada.
"Maldita sea, moriré con esta mujer", pensé, mientras sentía cómo mi corazón aceleraba. Me sentía algo asustado, pero intenté mantener la compostura. Karen me miró con el ceño fruncido, pero al notar mi expresión de desconcierto, se relajó un poco y suspiró profundamente.
—Iremos a la recámara principal. Haz lo que sea necesario para que hoy mismo todos los vampiros del mundo sepan que su reina ha regresado —le ordenó fríamente a Herbet—. Y que nadie se entere de que los príncipes no están en el castillo, ni mucho menos que mi "tuya cantante" en esta vida es un licántropo... —Lo miró con una mirada helada—. Si alguien se entera, cumpliré mi palabra. Nadie ajeno a mi familia lo sabe...
—Sí, su majestad —respondió él, temblando, pero con una sonrisa sincera de entusiasmo.
—Son masoquistas, los chupasangres —comentó Brath, alarmado.
—No son masoquistas, es solo que se ponen felices cuando su reina les dedica unas palabras o, al menos, les presta atención. Siendo tantos en el castillo y en todas partes, pocos tienen ese "privilegio" —dijo la voz en mi cabeza—. Lo mismo ocurre con los otros aquelarres de todas las razas. Lamento lo que hice... No puedo dejar que les falten al respeto de esa manera. Si lo hacen en nuestra presencia, no quiero imaginar lo que harán cuando no estemos... —continuó la voz, mientras Karen tomaba mi mano y me guiaba por los pasillos del castillo. Sus ojos seguían brillando con ese carmín inquietante. La voz en mi cabeza me hacía recordar a Karen cuando solo tenía los ojos carmesí, tan diferentes, tan fríos y duros, tan poco dulces.
—¿Tienes una vampira interna? —pregunté, extrañado.
Karen se detuvo en seco sin voltear a mirarme.
—El monstruo... —respondió de manera seca, soltando mi mano y reanudando su camino.
—¿Cómo se llama? —pregunté, con curiosidad y cierto entusiasmo.
—Baphomet. Prefiere que le digan "Best", abreviatura de "bestia"... O algo así —dijo, sin mirarme y encogiéndose de hombros.
—Un gusto —dijo la voz en mi cabeza, emocionada—. Ella no quería que les hablara, pero no pude evitarlo... Quería decirles que los amo también y que muchas gr... —su voz se cortó de repente. Fruncí el ceño y miré a Karen, algo molesto.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunté, tomando a Karen del brazo sin lastimarla. Ella me miró, y sus ojos brillaban solo con ese rojo intenso.
—Necesito mi cuerpo. No puedo dejar que humille a cada imbécil que me haga enojar. Tengo que tener el control... —dijo, tirando de su brazo y soltándose de mi agarre.
—No lo humillé, hice que me respetara —gruñó, sus ojos en un claro conflicto entre su verde habitual y el rojo carmín de Best.
—Lo humillaste, y deja de hacer eso —se quejo. Karen se tomó la cabeza, claramente afectada por la lucha interna que vivía. Sus ojos peleaban, el rojo ganando cada vez más terreno.
—Ahora duerme... —susurró, su voz casi rota. Los colores de sus ojos cambiaban sin cesar, dominando poco a poco el rojo.
—Tú duerme, no sirves para esto. Deja que yo me encargue —se quejaba la voz de Best. Ella empezó a llorar, y sin pensarlo, tomé su rostro y la forcé a mirarme.
—La lastimas —dije, preocupado, al notar las lágrimas en su rostro. Tocó su cara y sintió la humedad de las lágrimas. Recostó su rostro en mi pecho, buscando consuelo.
—Lo siento... Solo quiero estar también contigo y poder cuidarlos bien... —dijo, bajando la cabeza, su voz quebrada. La acaricié suavemente por la espalda, intentando calmarla.
—Estaré bien, solo no la lastimes... No se lastimen —respondí con firmeza. Tomé su rostro nuevamente y la besé con ternura. —Prometo convencerla para que te deje... Pero no luches por el control, eso solo os dañará, a las dos... —acaricié su rostro de forma tierna. Un leve suspiro triste escapó de sus labios.
—La amas —dijo ella, apartando la mirada. Fruncí el ceño y la forcé a mirarme.
—Las amo. —respondí, firme, mirando profundamente en sus ojos. Sus ojos carmín brillaron con una luz hermosa, y una sonrisa amplia apareció en su rostro.
—¿A mí también? —preguntó, algo feliz pero desconcertada. Su tono de voz se escuchaba más solemne cuando Best era la que tenía el control.
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Editado: 15.07.2026