—Lo siento —escuché a Karen, su voz entrecortada por los sollozos—. Es que si se sale de control, hay momentos en los que cedo completamente y pasan cosas realmente malas... —seguía llorando, y la abracé más fuerte, hundiendo mi rostro en el hueco de su cuello, aspirando su delicioso aroma.
—No lo hará... —dije, convencido—. Solo deja que se libere, yo estaré ahí para evitar que eso pase. —Asintió, aunque no muy convencida.
—Vamos al cuarto. Estar aquí hablando de esto no es conveniente —sugirí. Ella se separó de mí, secándose las mejillas. Ya tenía ese verde tan característico de Karen, pero con un toque de rojo profundo que brillaba de manera hermosa, como cuando le dije que la amaba. Reí un poco y besé la punta de su nariz.
—Está muy feliz —comentó mientras retomábamos el camino al cuarto—. Te ama demasiado, incluso más de lo que amo a Grayson... —rió con tristeza y negó con la cabeza. Preferí no decir nada. —Teme perderte por cómo es... —Al llegar a una puerta grande de mármol, añadió—: Es aquí. —Abrió la puerta y entramos.
El cuarto era un refugio de serenidad. La decoración se componía de tonos celestes y crema, creando un ambiente acogedor y suave. Una enorme cama de cuatro postes estaba en el centro de la habitación, flanqueada por dos ventanales de cristal que dejaban entrar la luz natural, iluminando todo el espacio con una calidez que contrastaba con la fría suavidad del mármol en el suelo. La colcha era de un delicado color blanco con bordados florales en hilo de plata. Al lado de la cama, había una mesa de noche de madera oscura, sobre la cual descansaba una lámpara de cristal, cuya luz se reflejaba de manera sutil en el espejo grande que cubría la pared opuesta.
El techo estaba adornado con un imponente candelabro dorado, con velas eléctricas que daban un toque antiguo al lugar, mientras que otras luces incrustadas en las paredes creaban un ambiente cálido y envolvente. En cada rincón, pequeñas decoraciones florales en tonos pasteles embellecían el espacio, desde jarrones hasta cuadros, todo armonizaba con la sensación de paz que se respiraba en la habitación.
—Ambas son tercas con eso —dije, riendo un poco. Ella cerró la puerta al entrar, y me fijé en lo hermoso del cuarto. En una esquina, había un estante lleno de libros de diversos tamaños y colores. Karen se acercó con un gesto familiar, como si ese espacio hubiera sido suyo por mucho tiempo. Levantó uno de los libros, tocó un mecanismo oculto bajo él y, con un suave clic, el estante comenzó a moverse hacia atrás, revelando un pasaje oculto.
—Ven —me dijo, empujando más el estante, dejando al descubierto un cuarto secreto detrás del primero.
Entré detrás de ella, mirando con curiosidad todo a mi alrededor. Era un espacio diferente, como sacado de una película, lleno de recuerdos escondidos.
—¿Qué es esto? —pregunté, observando los detalles con fascinación. El cuarto oculto era mucho más pequeño que el primero, pero igual de intrigante. Las paredes estaban cubiertas por estantes llenos de objetos antiguos y delicados, desde figuras de porcelana hasta relojes de época. Cada rincón parecía contar una historia, y el aire en el lugar se sentía distinto, como si todo allí hubiera permanecido detenido en el tiempo.
Karen se encogió de hombros, una ligera sonrisa en sus labios.
—No lo recuerdo muy bien, son vagos recuerdos de cuando presionaba ese botón... —murmuró, mirando a su alrededor—. Oh, mira, un closet —se acercó a él y lo abrió, revelando una colección impresionante de vestidos largos y trajes de hombre, todos cuidadosamente colgados y organizados. Cada uno parecía más hermoso que el anterior, pero lo que más me sorprendió fueron los detalles meticulosamente cuidados en cada prenda.
Karen tocó un vestido en el interior del closet y lo sacó. Era un vestido color crema, con perlas delicadamente incrustadas en el escote, y una falda que caía hasta el suelo, adornada con encaje transparente que le daba un aire etéreo. La tela parecía tan ligera que parecía flotar al ser movida.
—Recuerdo que dije que este sería el que usaría la novia que se casara con mi Arturo o Eren —sonrió nostálgica, como si ese vestido fuera más que una simple prenda de ropa. Me acerqué, viéndola con ternura. Tomó otro vestido y lo mostró con una sonrisa más ligera, casi como si se estuviera dejando llevar por la emoción del momento. Era un vestido blanco, con un escote en la espalda que terminaba en un enorme lazo que caía hasta la parte baja de la espalda. La cola era inmensa, y en ella se apreciaban pequeños estampados de flores, que daban la impresión de que la tela había sido cuidadosamente bordada con cada pétalo.
—Y este es para una de mis princesas —rió, con un brillo triste en los ojos. Lo sostuvo frente a mí, como si me estuviera mostrando una joya preciosa. Sus dedos acariciaron la tela suavemente, como si reviviera recuerdos de momentos que ya no volverían.
—Son bellísimos —comenté, admirando cómo cada uno de esos vestidos parecía ser parte de una historia que Karen había vivido. Pero al fondo del closet, algo más llamó mi atención: un vestido más, algo más simple, pero igualmente fascinante. La tela brillaba bajo la luz, y su elegancia sutil me atrajo.
—¿Y ese? —pregunté, señalando el vestido. Karen lo miró y sonrió, pero su expresión se tornó un poco incómoda.
—Es el que usé yo —dijo con nostalgia. Sus ojos se perdieron un momento en el vestido, como si estuviera recordando una época lejana. —Bueno, llevaré el vestido a Marissa, tal vez quiera usarlo... —Asentí, sonriéndole, comprendiendo sin palabras el peso emocional que ese vestido tenía para ella. Dejé el vestido en mis manos sobre una silla cercana, mientras sacaba el otro que mencioné: un vestido blanco hueso, adornado con estampados de flores en el escote. La tela transparente en los hombros y mangas estaba decorada con más flores, haciendo que la tela pareciera fusionarse con la piel, creando una sensación de ligereza etérea. La falda, la más larga de todos, tenía más adornos de flores y perlas, como si la prenda estuviera viva.
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Editado: 15.07.2026