Mi Alpha Protector (#2)

Capitulo 21 - Karen Romanov

Mientras caminaba hacia el pasillo, el eco de mis pasos resonaba en las paredes de piedra del castillo, un sonido casi vacío que me hacía sentir aún más ajena a todo lo que me rodeaba. Mis pensamientos giraban en torno al anillo de oro en mi dedo, un objeto que parecía contener toda la complejidad de mis sentimientos hacia Grayson. Era único, no solo por su diseño, sino por lo que representaba: un símbolo de amor, de promesas rotas y de sacrificios que ni yo misma comprendía completamente. Me preguntaba si Grayson había conocido su verdadero peso al dármelo, si había entendido que aquel anillo no solo unía dos almas, sino que las ataba a un destino lleno de sombras.

El anillo era el mismo que llevaba en la boda, ese día en que prometí no solo mi amor, sino también mi vida. Pero el tiempo había mostrado que esas promesas se desvanecían más rápido de lo que esperaba.

"Me salvo la vida," pensé con amargura, pero la verdad es que su sacrificio no había sido suficiente para redimirnos a ninguno de los dos.

Y ahora, tres años después de su muerte, las consecuencias seguían atormentándome.

Eren, Francheska, Arturo… todos ellos creían que el vacío que dejó Grayson era algo que podría simplemente ser llenado con el paso del tiempo. Pero no para mí. Yo sentía cada pérdida con una intensidad tan profunda que, a veces, deseaba no tener corazón.

Suspiré y traté de despejar esos pensamientos, pero no pude evitar sentir una profunda culpabilidad al pensar en Laura.

"—A él le hubiera gustado conocer a su nieto" escuché sus palabras una vez, una noche mientras estaba en la cocina. Laura siempre fue tan amable, tan considerada, y por alguna razón sentía que Grayson debía haber sido un mejor padre para sus hijos.

Y yo, al igual que él, fallé en esa tarea. El culpable de la muerte de Grayson, en mis pensamientos, siempre fui yo. El hecho de que yo deseara su muerte en su momento no hacía que su sacrificio fuera menos valioso; al contrario, lo hacía aún más doloroso.

Me deshice de los tacones, la incomodidad de esos zapatos de altura hacían que me sintiera aún más atrapada en un mundo de decisiones equivocadas y palabras no dichas. Mientras me cambiaba, mi mente se aferraba a la idea de regresar a la manada, de encontrar algo que me diera una sensación de paz, aunque fuera efímera. No quería quedarme aquí, no con esas emociones que parecían nublar mi visión. En el closet, elegí algo simple, algo que me permitiera actuar sin pensar. El jeans azul y la camisa celeste me hacían sentir un poco más ligera, como si pudiera desprenderme de las sombras por unos minutos.

Mi cabello, largo y pesado, era otra fuente de frustración. Mientras me lo recogía en una trenza, decidí que necesitaba cortarlo, dejar atrás esa parte de mí que aún arrastraba el peso de recuerdos pasados. "Ya basta," pensé. Era hora de cambiar, de soltar lo que no me servía.

Al bajar las escaleras, mi vista se detuvo en Herbert y Lucas. La tensión en el aire era palpable, como una línea de fuego a punto de estallar. Herbert siempre había sido una espina clavada en el corazón de mi reino, pero ahora su odio hacia Lucas parecía más personal que nunca. Me detuve, escuchando sus palabras llenas de desprecio, y sentí una punzada en el pecho al ver cómo Herbert se dirigía a Lucas con palabras llenas de veneno.

—Eres un simple perro que no merece estar con la reina— dijo Herbert con desdén, gruñó a su lado, respondiendo con un ataque inminente. Pero lo que me dejó completamente quieta fue la respuesta de Lucas, su tono de voz, su coraje.

—Es mi jodido problema chupa sangre.— Las palabras resonaron en mis oídos, y me sentí como si una gran presión se instalara en mi pecho. La furia en su voz, el modo en que se acercó con una amenaza palpable hacia Herbert... Algo dentro de mí se agitó. Aquel hombre no era el cobarde que creía. Estaba dispuesto a enfrentarse a todo y a todos por mí. Esa idea, esa promesa implícita, era lo que me mantenía conectada a él de alguna manera.

—Nadie es merecedor de ella, pero me escogió a mí y estaré siempre para ella...— Lucas gruñó, sus ojos brillando entre rojo y negro. Algo en su mirada me hizo recordar la oscuridad que corría por mis venas, algo que compartíamos ambos: la lucha interna, la soledad, el deseo de proteger a quienes amamos.

Herbert, en su eterna arrogancia, escupió las palabras con veneno, desafiándome, desafiando la decisión que había tomado.

—Eres un perro cobarde que no merece colocarse junto a ella. Pienso que eres insignificante junto a ella.

—No te he preguntado, querido— fue mi respuesta, fría, calculada. El aire entre nosotros se tensó, y mientras me acercaba a Lucas, una calma extraña se apoderó de mí. Los dos me miraron. Mi mirada se centró en Lucas. —Vamos a la manada— dije sin emoción, mi voz suave pero firme. —Tengo sueño, y acá no puedo estar tranquila.

Y sin más palabras, caminé hacia la salida, sintiendo los ojos de ambos hombres sobre mí. Sin importar lo que pensaran, lo que dijeran, había tomado mi decisión. Esta era mi lucha, y nadie más podía pelearla por mí.

Subimos al auto y nos dirigimos a la manada, el sonido del motor era el único ruido que llenaba el aire en ese momento. No había nada más que el paisaje que se deslizaba rápidamente fuera de la ventana. Mi mente, sin embargo, estaba completamente ocupada. Cada giro y cada curva me hacían pensar en todo lo que estaba ocurriendo. Había demasiado caos en nuestras vidas, tanto en la manada como en mí misma. Quería olvidarme de todo por un momento, perderme en el simple acto de cambiarme y entrenar.

Apenas llegamos, me dirigí rápidamente a mi cuarto. Cerré la puerta detrás de mí con un suave golpeteo y me quité la chaqueta que llevaba. Tenía una urgencia por cambiarme, como si eso me diera una pequeña sensación de control sobre lo que estaba sucediendo. Me puse unos jeans negros rasgados en las rodillas, una camiseta del mismo color y, para darle un toque más casual pero aún elegante, me puse una chaqueta blanca encima. Mis botas color café chocolate completaron el atuendo. No era nada sofisticado, pero lo necesitaba.




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