Salí de mi cuarto y, sin hacer mucho ruido, pasé por el pasillo. Ignoré completamente a todos los que estaban en el living: Lucas, Arturo, Zack, Marissa y Laura. Estaban todos reunidos, hablando entre ellos, pero cuando salí por la puerta, ninguno me miró. Eso me hizo sentir aún más distante, pero no me importaba en ese momento.
A medida que caminaba hacia el campo de entrenamiento, la brisa fresca de la tarde me golpeó la cara, despejando un poco mi mente. El aire del exterior me reconfortaba, como si fuera lo único que permaneciera constante en este torbellino de emociones. Llegué al campo de entrenamiento, y allí estaba Eren, concentrado en golpear un saco de boxeo con fuerza. La vista de sus golpes me hizo sentir la necesidad de liberar toda la tensión que llevaba dentro.
Me quedé observando unos momentos antes de que él se percatara de mi presencia. Al levantar la mirada y verme, se detuvo un instante, mirando por encima del saco de boxeo.
—¿Mamá? —preguntó, acercándose hacia mí. Aunque la palabra me resultaba extraña y nueva, le sonreí de manera tierna. No podía evitarlo. A pesar de que no me acostumbraba a que me llamaran así, no podía impedirlo. No me parecía mal, solo era algo raro.
Él se tensó ligeramente al verme sonreír, pero decidí ignorarlo. Había tantas cosas en mi mente que no quería perder más tiempo en esas pequeñas reacciones.
—¿Puedo entrenar contigo? —pregunté, mientras me quitaba la chaqueta. El sudor empezaba a acumularse en mi frente por el calor que sentía dentro de mí, no solo por el ejercicio, sino por la sensación de ansiedad que no me dejaba tranquila.
Eren, al ver que estaba decidida, sonrió levemente y asintió. Se quitó las vendas de las manos y las dejó a un lado, sin decir nada. Ambos nos preparamos para entrenar. Golpeé el saco con fuerza, como si tratara de quitarme el peso de los pensamientos que me rondaban. Cada golpe me hacía sentir que estaba alejándome un poco del caos de la manada, del drama familiar y de los problemas internos que no dejaban de crecer.
Poco después de que comenzáramos a entrenar, apareció Francheska. La vi llegar desde lejos, caminando con la cabeza baja, como si algo la estuviera aplastando. Mi intuición me dijo que no venía bien. Sabía que algo la afectaba.
—Hola, hermanito —saludó, pero su tono no tenía el entusiasmo de siempre. Ni siquiera me miró a los ojos. Estaba triste, y era obvio.
—¿Qué tienes? —le pregunté, mientras me acercaba a ella con cautela. Francheska era tan reservada y siempre tan fuerte. Verla débil no me gustaba nada.
Ella levantó la mirada y me vio. Parecía confundida al principio, pero enseguida esbozó una sonrisa forzada que no logró disimular su tristeza.
—No sabía que estabas aquí, mamá. Lo siento —dijo, como si se sintiera culpable por algo que ni siquiera había hecho.
Me sentí incómoda al escucharla, pero decidí no presionarla aún.
—Algo te pasa —dije con firmeza, mientras me cruzaba de brazos y observaba cada uno de sus movimientos. Ella solo asintió con la cabeza, su mirada perdida en algún punto distante.
—¿Qué es? —pregunté, insistiendo en que hablara.
Eren, que hasta ese momento había estado golpeando el saco, se acercó y, con su tono burlón, habló sin filtro.
—Francheska está celosa de la novia del mocoso, y no puede hacer nada... —dijo, provocando una mirada fulminante de parte de ella.
Francheska lo miró mal, pero Eren se encogió de hombros y continuó hablando.
—Es la verdad, y además sabes que no soy bueno dando consejos —dijo, pasando por mi lado y besando la frente de ella con ternura. Aunque a veces él no lo demostraba, Eren tenía un gran corazón, y lo veía con ella, su hermana, de una forma que nadie más lo hacía—. Mamá te ayudará mejor que yo, idiota... —comentó con una sonrisa, mientras la besaba en la mejilla y se alejaba.
Francheska y yo nos quedamos solas, y sentí que debía abordar el tema.
Me acerqué más a ella, buscando la verdad en sus ojos.
—¿Por qué no lo has reclamado? —pregunté suavemente, pero con una firmeza que no podía disimular. Estaba preocupada por ella, no entendía el conflicto interno que la tenía tan perturbada.
Ella me miró y suspiró profundamente antes de hablar.
—No quiero que me rechace. Él no lo soportaría, no se ha transformado... —dijo con una tristeza que se reflejaba en su rostro. Vi cómo hacía una mueca de frustración, y las lágrimas comenzaron a caer lentamente por sus mejillas. Sentí una oleada de ternura y frustración a la vez—. ¿A quién engaño? —dijo irónicamente, y me miró, como si no entendiera lo que sentía—. No quiero reclamarlo porque no podría estar con él. Estoy segura de que no me rechazaría... —expresó, ahora cubierta de lágrimas.
La miré, sin saber muy bien qué decir. Esta situación era más compleja de lo que pensaba.
—No entiendo, amor... —dije con suavidad, intentando calmarla, pero al mismo tiempo con una creciente molestia interna. Quería ayudarla, pero no podía entender por qué complicaba tanto las cosas.
Francheska cerró los ojos un momento, como si tratara de encontrar las palabras correctas para explicar lo que sentía.
—Él siente mi presencia, y a veces escucho sus pensamientos, diciendo de quién soy... —me miró, y pude ver el dolor reflejado en su rostro—. Pero no puedo estar con él, puedo dañarlo... Es un niño, mamá. Tiene 14 años, apenas, y faltan entre 3 a 5 años para que surja su transformación... —continuó, y mi corazón se apretó al escucharla. Pero, al mismo tiempo, sentí que ella estaba perdiendo de vista lo que realmente importaba.
No quería que se hiciera daño.
—No le vas a dañar —dije, mirándola con determinación. Su mirada se levantó hacia mí, buscando respuestas, buscando comprensión—. Si quieres un consejo como amiga, te diría que lo reclames de una vez, que no estés como una niña que no sabe qué hacer, llorando por los rincones por tu pareja predestinada. —La miré, esperando que entendiera mi mensaje.
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Editado: 15.07.2026