" El silencio en la mansión no era normal. No era paz, ni calma… era la antesala de una tormenta que estaba a punto de devorarnos. "
Llegamos a la mansión sumidas en una conversación trivial, como si quisiéramos convencernos de que todo estaba bien, de que la normalidad aún existía en nuestro mundo. Francheska y yo intercambiábamos anécdotas sin importancia, algunas incluso repetidas, pero nos resultaban gratas. Quizás porque, en ese momento, lo único que deseábamos era reír, olvidar, fingir que nada acechaba en la sombra.
Sin embargo, esa frágil ilusión se desmoronó en cuanto cruzamos el umbral.
El silencio en la sala de estar cayó como un golpe seco, deteniendo mi risa en seco. Me tomó solo un segundo notar que algo no estaba bien. Todos los que estaban en la habitación —Lucas, Marissa y Arturo— tenían expresiones serias, tensas, casi sombrías. Pero lo que realmente hizo que la inquietud se transformara en alarma fue la presencia de tres desconocidos: un niño, un hombre y una mujer que estaban frente a ellos.
Mi mirada se cruzó con la de Lucas. Sus ojos reflejaban algo que no supe descifrar de inmediato, pero que hizo que la piel se me erizara y un escalofrío recorriera mi columna. Era la misma sensación que había tenido esa tarde, ese presentimiento ominoso que se aferraba a mi pecho como garras frías, diciéndome que algo iba terriblemente mal.
La atmósfera se volvió densa, sofocante.
Los presentes se pusieron de pie en un movimiento casi sincronizado. Francheska, junto a mí, se tensó visiblemente y, sin previo aviso, se escondió detrás de mí, como si el simple hecho de estar en la mira de ese niño le resultara insoportable. Mi cuerpo reaccionó de inmediato, protegiéndola con el mío sin siquiera pensarlo.
—Esta mierda no me gusta —gruñó Baphomet en mi mente, su tono impregnado de desconfianza y rabia contenida.
—A mí tampoco —murmuré para mis adentros, con la mandíbula apretada.
—Si las cosas se salen de control, me das el mando.— exigió Baphomet con firmeza.
—Solo no mates a nadie.
No le cedí el control total, pero lo puse al límite. Era como un juguete prestado, uno que podía tomar por instantes, pero que siempre debía devolver. Y ahora, ese "juguete" pendía de un hilo entre mis manos y las de Baphomet, listo para desatarse en cualquier momento.
No supe en qué momento Arturo y Marissa se pusieron a nuestro lado, formando un escudo protector alrededor de Francheska. Mi ceño se frunció aún más. Algo estaba muy mal.
—No me parece —la voz de Arturo rompió el silencio, dura como el acero.
Sus ojos estaban fijos en el hombre desconocido, y la tensión en su mandíbula dejaba claro que lo que fuera que estuviera ocurriendo, no le gustaba en lo absoluto.
La mujer de la pareja miraba a Lucas de una manera que me provocó un desagradable retortijón en el estómago. No debía mirarlo así. Marissa también lo notó, y la reacción fue inmediata: un gruñido gutural brotó de su garganta cuando la mujer avanzó un paso más.
—La reina del clan vampírico no puede estar aquí —declaró el hombre, dando un paso al frente.
Mis músculos se endurecieron.
—Más respeto —espetó Arturo, sus ojos destellando un rojo carmín furioso—. ¡También es tu Luna!
La vibración en su voz hizo que el aire pareciera temblar.
Mi mente trabajó a toda velocidad, intentando encajar las piezas de un rompecabezas que no terminaba de comprender.
—¿Qué está pasando? —pregunté, sin apartar a Francheska de mi resguardo.
Pero la respuesta no vino de ninguno de los adultos en la habitación.
Fue Francheska quien habló.
—Quieren que te vayas de la manada… —susurró, con la voz temblorosa.
El mundo pareció ralentizarse por un instante.
—Atacaron vampiros… a la manada… alegando buscarte… —continuó, tragando en seco.
Me giré lentamente hacia ella. Su pequeña figura temblaba, su respiración se entrecortaba. Cuando finalmente levantó la vista, sus ojos estaban enrojecidos, llenos de lágrimas que amenazaban con caer.
—Mataron a… —su voz se quebró.
Algo en mi interior se congeló.
—Tenemos que regresar al castillo, mamá…
Mis pulmones dejaron de funcionar.
Mi corazón, mi mente, mi cuerpo entero se quedaron en pausa.
—Esto es demasiado rápido —gruñó Baphomet, pero su voz sonaba distante.
Porque en ese momento, todo se redujo a una sola palabra.
Y lo que me golpeó con la fuerza de un trueno no fue eso, sino la siguiente palabra que salió de sus labios.
—E-Eren… —su voz se quebró aún más, y sus manos se aferraron a mi chaqueta.
Mi corazón cayó en picada.
El aire se volvió denso, sofocante.
Mi mirada se alzó con desesperación y se encontró con la de Lucas.
—¿Qué le pasó? —mi voz salió rasposa, como si mi garganta estuviera desgarrándose desde adentro.
No esperé respuesta.
Me giré hacia la pareja desconocida, con el pulso latiendo en mis sienes como tambores de guerra.
—Si algo le hicieron a mi hijo… —Baphomet rugía dentro de mí, hambrienta de sangre—. Se arrepentirán…
Lucas se apresuró a interponerse entre ellos y yo, tomándome por los hombros.
—Cálmate —ordenó con firmeza.
Una risa vacía, rota, escapó de mis labios.
Aparté sus manos de un manotazo.
—¿Cálmate? —repetí con ironía—. Claro, como si fuera tan fácil…
Me giré hacia Arturo y Marissa.
—Regresaremos al castillo. No dejaremos que Francheska ni nadie más pase un minuto más aquí.
—¡No! —la voz de Lucas fue urgente, casi desesperada.
Lo ignoré.
—Iremos por Eren donde sea que esté, y nos largaremos de aquí lo antes posible.
Arturo asintió sin dudar.
—¡No! —gruñó Lucas de nuevo, aferrándose a mi muñeca.
Mi paciencia se evaporó.
—No te he preguntado, Lucas —gruñí, con los puños apretados.
—No te irás.
Su tono era una orden.
Francheska lloraba con más fuerza. Me acerqué y le sostuve el rostro con ambas manos.
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Editado: 15.07.2026