-Se-se lo lle-vo... -lloró ella, con la voz temblorosa, apenas un susurro que se quebró en el aire.
Karen no podía respirar. Su pecho subía y bajaba de manera errática, como si el oxígeno fuera insuficiente, como si su propia furia le robara la capacidad de existir en paz. Su ojo derecho temblaba con un tic involuntario que la hacía ver perturbadora, al borde del colapso. Pero lo más aterrador eran sus ojos: dos brasas ardientes, un incendio feroz que reflejaba el caos dentro de ella.
Dolor. Odio. Desesperación.
Cada uno de sus pensamientos era un grito silencioso, un eco ensordecedor de una madre al borde de la locura. Su hijo. Su pequeño. Su Eren... Se lo habían llevado.
Matt, aún tenso, se relajó, devolviéndome el control de mi cuerpo. Pero la calma no tenía lugar en ese momento. El aire pesaba como si una tormenta estuviera a punto de desatarse dentro de la habitación.
-E-Eren... -susurró Karen, su voz apenas un hilo de sonido, temblorosa y llena de incredulidad.
No podía procesarlo. No quería procesarlo. Porque aceptar que alguien había tomado a su hijo era aceptar que no estaba allí para protegerlo, que no había podido evitarlo.
Y entonces, la chispa se encendió.
-Es un alivio -dijo de repente el hombre llamado Eddy, con un tono despreocupado que hizo que el mundo se detuviera por un segundo.
Karen giró la cabeza con lentitud, sus ojos clavándose en él como dagas.
-Un chupa sangre menos del que preocuparnos -añadió Eddy, completamente ajeno a la furia descomunal que acababa de desatar.
La mujer llamada María asintió sin pensarlo, pero la atmósfera cambió de inmediato.
Los músculos de Karen se tensaron, sus uñas se clavaron en la palma de sus manos, y su mandíbula se apretó con tal fuerza que dolió. Su sangre hervía, literalmente, sintiendo cómo el calor de su ira le recorría las venas como un veneno ardiente.
¿Cómo se atrevía?
-Pa-papás, no deberían de-cir eso... -susurró el chico con evidente miedo, su voz un hilillo tembloroso. Miró a Karen de reojo, con el instinto de quien sabe que ha despertado a algo más peligroso de lo que puede manejar.
Pero Eddy no pareció comprender la magnitud de lo que había provocado.
-Es la verdad, hijo -insistió con una frialdad irritante.
Ese fue el punto de quiebre.
Karen gruñó. No un simple gruñido de advertencia, sino un sonido gutural, profundo, cargado de una rabia ancestral que hacía temblar hasta las paredes.
En ese momento, Laura bajó las escaleras con Zack detrás de ella, con el ceño fruncido por la confusión.
-¿Mamá? -preguntó Laura con duda, deteniéndose al ver la expresión desencajada de Karen.
Zack se acercó a mí, mirando con preocupación la escena.
-¿Qué pasa aquí, Lucas?
Karen exhaló con fuerza. Su control pendía de un hilo tan delgado que apenas era perceptible.
-¿Que qué pasa? -repitió, y su voz era un filo de acero cubierto de veneno-. Pasa que este maldito y asqueroso perro que ni siquiera puede transformarse está diciendo que mi familia es un estorbo, que mi hijo... -su voz se quebró por un segundo, pero se sostuvo, endureciéndose aún más-. Que mi hijo, mi pequeño Eren, está mejor desaparecido.
El silencio fue atronador.
-¿Cómo fue que lo dijiste? -preguntó, con una sonrisa retorcida de puro desdén-. Ah, sí... "Un chupa sangre menos del cual preocuparse".
Cada palabra era un golpe, una sentencia de muerte.
Eddy palideció.
Zack gruñó y Laura jadeó, sorprendida por la magnitud del odio en la voz de su madre. Pero lo más aterrador era su mirada: un abismo incandescente, un incendio devorador.
El chico intentó intervenir.
-Mi papá no qui-so deci-r eso...
Karen se rió. Una risa rota, vacía. Y entonces, sus manos se incendiaron.
El fuego danzó en sus dedos con un crepitar hipnótico, como una bestia liberada de su jaula.
-¡Me vale una hectárea de excremento si lo quiso decir o no! -rugió, su respiración irregular, cada palabra impregnada de un resentimiento que podía hacer arder el mundo entero-. ¡Mi hijo está secuestrado y este imbécil lo celebra como si fuera motivo de fiesta!
La mujer llamada María sollozó. Eddy retrocedió un paso.
Francheska se acercó, con los ojos empañados de lágrimas.
-Mamá, cálmate...
Pero Karen no podía calmarse.
No cuando su bebé estaba desaparecido. No cuando el veneno de esas palabras aún ardía en su piel.
-¡No! -gruñó, y las llamas en sus manos se avivaron, abrasando a Francheska.
La joven se quejó en voz baja y la soltó de inmediato.
-Karen... -Marissa habló, con cautela.
Pero Karen apenas la escuchaba. Su poder crecía a su alrededor, una presión sofocante que oprimía el pecho de todos los presentes.
Yo mismo sentí mis extremidades más pesadas, mis movimientos ralentizados por la intensidad de su esencia.
Eddy temblaba.
El chico respiraba con dificultad.
Y Karen dio un paso más.
-Zack, saca a Laura de aquí -gruñó, con la voz tan baja que daba más miedo que si hubiera gritado-. No quiero que nada le pase a sus bebés.
Zack tragó en seco.
-¡Ahora! -rugió.
Laura lloró con fuerza cuando Zack la sujetó.
-¡No!
Pero él no dudó. A como pudo, la cargó y la sacó rápidamente de la casa, ignorando sus gritos y su resistencia.
#425 en Fantasía
#97 en Magia
#227 en Thriller
#77 en Suspenso
amor dolor vidas pasadas, secretos demonios angeles caidos, amor prohibido no final feliz
Editado: 15.07.2026