Mi Alpha Protector (#2)

Capitulo 25 - Lucas Thunder

El ambiente quedó en un silencio peligroso.

Karen volvió a mirar a Eddy.

—Y tú… maldito perro sarnoso…

Su voz ya no era de rabia. No.

Era algo peor.

Frialdad.

Desprecio absoluto.

No había ni rastro de su característico verde en los ojos. Solo fuego. Solo furia.

—Repite lo que dijiste y te quemo vivo —susurró.

Y avanzó.

Una de sus manos se acercó lentamente al pecho de Eddy. El calor aumentó.

Intenté moverme, pero era inútil.

Best se había salido de control.

El chico intentó hacer lo mismo al ver a su padre en peligro, pero era imposible.

Karen lo dominaba todo.

—Mamá, no hagas nada… —rogó Arturo, con la voz rota, luchando contra la presión de su poder.

Pero Karen no lo escuchó.

Ya no veía nada más que fuego.

—Yo no soy la compasiva Karen, mi pequeño Arturo —su voz resonó con un desdén que erizó la piel de todos los presentes.

Sus ojos resplandecían con un brillo infernal mientras su mano, envuelta en llamas danzantes, se acercaba peligrosamente al pecho de Eddy. El hombre comenzó a temblar, sus pupilas reflejaban un miedo absoluto, y un segundo después, el fuego mordió su ropa.

El ardor lo hizo retorcerse, soltar un alarido desgarrador mientras sus lágrimas brotaban sin control.

—Soy la maldita bestia que ella contiene —gruñó, clavando sus ojos en él con una furia descontrolada—. No dejaré que este sarnoso insulte a uno de mis hijos…

Su mano se acercó más, y con ella, el fuego aumentó su intensidad. Eddy gimió, su piel sintiendo ya el calor abrasador, y el chico a su lado gritó con desesperación, intentando alcanzarla.

—¡Por favor, déjalo! ¡No lo hagas! —rogó el joven, sus manos extendiéndose hacia Karen, pero un latigazo de energía invisible lo mantuvo en su sitio, impotente.

—Nadie habla mal de alguien que amo… y vive para contarlo —susurró ella con una frialdad venenosa, sus labios curvándose en una sonrisa sádica—. Todo lo que hacemos es por esta manada, y que no lo valoren me parece una total barrabasada...

El olor a carne chamuscada comenzó a invadir el aire cuando la ropa de Eddy se convirtió en cenizas y el fuego empezó a lamer su piel.

—¡Déjalo! —rugí, sintiendo una punzada de miedo clavarse en mi pecho.

Pero Karen simplemente rió, una risa ladina, cruel. Sus llamas se avivaron aún más, desafiándome.

—¡Que lo dejes, he dicho! —rugí con la voz de Alpha, canalizando toda la autoridad que podía reunir en mi estado de desesperación.

Esta vez, ella pareció reaccionar. Sus ojos se clavaron en los míos con puro desprecio, pero después de unos segundos de tensión, apartó su mano de Eddy. El fuego se apagó de inmediato, pero su sonrisa desquiciada seguía presente.

—¿No que me detendrías, lobito? —espetó, su voz empapada de burla—. Maldita la hora en que también te acepté. Dejas que hablen así de mis hijos y solo te quedas callado…

Su bufido de exasperación se sintió como un puñal en mi pecho.

—¡Maldito el momento en que acepté amarte con el alma!

Su grito reverberó en las paredes y, en ese instante, una oleada de poder nos aplastó a todos. Caí de rodillas, incapaz de resistir la sumisión que su presencia imponía, y vi cómo el cuerpo de Eddy se desplomaba al suelo como un peso muerto.

El chico se lanzó sobre él, sacudiéndolo con desesperación.

—¡Papá! ¡Papá!

Sus sollozos rasgaban el aire, su voz quebrándose con cada palabra.

Mientras tanto, Karen se mantenía de pie, inmóvil. Pero algo cambió en ella. Sus mejillas comenzaron a humedecerse con gruesas lágrimas... lágrimas de sangre.

—Karen… —susurró Marissa, con la voz temblorosa, aferrándose a Arturo como si él fuera su único ancla.

Pero Karen negó con vehemencia, la repulsión reflejada en su mirada.

—Yo no soy Karen… —murmuró con asco, como si su propio nombre la quemara.

Sus ojos se deslizaron hacia el chico, quien aún cubría a su padre con su cuerpo, y la forma en que la miró... La forma en que la miró fue como si la estuviera atravesando con cuchillos.

—Bruja... —escupió la palabra con odio.

Karen rió, aunque su risa sonó más vacía que antes.

—Asesina. Maldita. ¡Chupa sangre! —continuó él, cada insulto impregnado de veneno.

Los puños de Karen se apretaron con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.

—Mejores insultos me han dicho… —murmuró, luchando por contener su ira.

—No le hagas nada —intervino Francheska con rapidez, su mirada aterrorizada suplicándole a su madre.

Pero la furia de Karen ya había alcanzado su punto de ebullición.

—¡No mereces ser la Luna de esta manada! ¡Y espero que ese vampiro que se llevaron esté muerto! —gritó el chico.

El rugido de Karen estremeció los cimientos de la casa. Su ira se materializó en una bola de fuego que se formó en su mano, lanzándola sin dudar hacia el muchacho.

—¡No! —gritó Arturo al unísono conmigo.

El tiempo pareció ralentizarse cuando Francheska se interpuso entre el fuego y el chico, usando su propio cuerpo como escudo.

El impacto la arrojó hacia atrás, su cuerpo sacudido por la explosión de magia y fuego.

—¡Detente! —jadeó débilmente, luchando por mantenerse de pie.

Karen volvió a alzar la mano, su palma ardiendo de nuevo.

—¡Quítate o lo mato! —rugió, señalando con la otra al chico.

Pero Francheska no se movió.

—¡No! —su voz, aunque temblorosa, estaba firme.

La mirada de Karen se oscureció.

—¿Por qué? —gruñó, su energía pesando sobre todos nosotros, inmovilizándonos.

—¡Porque él es mi tua cantante! —soltó Francheska con un grito desgarrador, sus ojos brillando con lágrimas.

Un jadeo colectivo se escuchó. El chico se quedó helado, su mente procesando la revelación.

La tensión alcanzó su punto máximo y, de repente, la mujer cayó al suelo, desmayada.

Karen rugió una vez más, pero esta vez su propio cuerpo comenzó a temblar. Sus ojos peleaban entre el rojo incandescente y el verde vibrante de su humanidad, como si dentro de ella dos fuerzas opuestas estuvieran en guerra.




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