Mi Alpha Protector (#2)

Capitulo 27 - Lucas Thunder

.El tiempo parecía haberse detenido desde aquella noche caótica. Ya habían pasado semanas, pero para mí, todo seguía sintiéndose igual de oscuro, igual de pesado. La vida había continuado su curso para todos los demás, pero yo me encontraba atrapado en este limbo de incertidumbre y desesperación, esperando a que Karen despertara.

Francheska ya estaba bien, su recuperación había sido rápida, como si nunca hubiera estado al borde de la muerte. Sin embargo, en cuanto estuvo lo suficientemente fuerte, decidió marcharse al castillo, evitando a Matías Cronwell con cada paso que daba. No había mencionado los motivos, pero todos lo sabíamos: algo en ese niño la inquietaba, la atormentaba. Nadie la detuvo, pues entendíamos que necesitaba su espacio para procesar lo que había sucedido.

La pareja que tanto había sufrido en ese entonces ahora estaba... "bien", o al menos eso querían hacernos creer. Nos ofrecieron disculpas, de alguna manera, pero todos sabíamos que las heridas emocionales tardarían en sanar. Arturo y Marissa habían decidido posponer su boda tras todo lo sucedido. No era el momento. La felicidad no tenía cabida cuando aún había tantas preguntas sin respuesta, tantas vidas pendiendo de un hilo.

Y luego estaba el caso de Eren. Nadie entendía qué había pasado realmente con él. Lo encontraron tirado en un bosque, a pocos kilómetros del castillo vampírico. Estaba en perfecto estado físico, sin ninguna herida aparente, pero su mente... Su mente era un completo enigma. No recordaba absolutamente nada de lo ocurrido en el último mes. Para él, todo ese tiempo era un vacío, un espacio en blanco en su memoria. Francheska estaba con él, junto a la hechicera del clan, tratando de encontrar respuestas, intentando descubrir qué había pasado con él en esos días perdidos.

Pero nada de eso podía importarme tanto como lo que estaba ocurriendo aquí, en esta fría habitación de hospital, donde la única persona que realmente me importaba seguía inconsciente.

Karen seguía sumida en ese estado profundo, atrapada en su propia batalla silenciosa. La fiebre la consumía por las noches, y aunque parecía estabilizarse por momentos, nunca despertaba. La palidez de su piel era alarmante, su cuerpo helado como si la vida misma se estuviera escapando de ella poco a poco.

Y lo peor de todo... seguía bloqueando nuestro vínculo.

No importaba cuánto intentara conectar con ella, cuánto esfuerzo pusiera en tratar de compartir su carga, ella se negaba a dejarme sentir su dolor. Me estaba protegiendo... A costa de sí misma.

Me odiaba por ello.

Me odiaba porque sabía que era mi culpa.

Me odiaba porque era incapaz de hacer algo para salvarla.

Con la cabeza gacha, sostuve su mano con ambas mías, sintiendo la frialdad de su piel recorrerme como una punzada en el pecho. No pude contener las lágrimas que caían silenciosas sobre su muñeca.

—Por favor, despierta... —susurré, con la voz rota, como si mi súplica pudiera atravesar el abismo que nos separaba.

El sonido de la puerta abriéndose me hizo alzar la mirada, y vi a Arturo entrar con paso lento. Su mirada apagada delataba el peso que llevaba en sus hombros. No era el mismo de siempre. La emoción por su boda había quedado opacada por todo lo sucedido, y ahora solo quedaba un reflejo de aquel hombre lleno de vida.

—Hola... —saludó en un tono bajo mientras cerraba la puerta detrás de él. Se acercó sin dudar, sin apartar los ojos de su madre, como si esperara que, en cualquier momento, ella abriera los suyos.

—¿Cómo sigue mi mamá? —preguntó cuando llegó a mi lado.

Respiré hondo, secando mis lágrimas rápidamente.

—No ha tenido fiebre en todo el día —respondí, intentando encontrar consuelo en esa pequeña mejoría.

Arturo esbozó una sonrisa triste, asintiendo levemente mientras tomaba asiento cerca de la cama. Sus ojos seguían fijos en su madre, observándola como si pudiera encontrar respuestas en la quietud de su rostro.

—Estará bien... —dijo después de unos segundos, su voz era un susurro cargado de esperanza. Apoyó una mano en mi hombro, dándome un apretón leve. No estaba seguro si lo decía para reconfortarme a mí o para convencerse a sí mismo.

Yo solo pude asentir, sintiendo el dolor ahogar cada palabra que intentaba formar.

—Lo estará... —afirmé, inclinándome para besar la muñeca de mi mate, la mujer que lo era todo para mí.

No importaba cuánto tiempo tuviera que esperar. No importaba qué precio tuviera que pagar.

Ella iba a despertar.

Porque sin ella, yo no era nada.

(...)

Dos semanas exactas habían transcurrido desde que Karen cayó en ese estado. Catorce días de incertidumbre, de miedo constante, de noches enteras en vela observando cada respiración suya, esperando algún cambio, cualquier señal de mejoría. Y, aunque seguía sin despertar, al menos su estado había comenzado a estabilizarse.

Fue Eren quien, en un arranque de lógica que no esperábamos de él, sugirió suministrarle mi sangre. Según su teoría, mi vínculo con Karen y la fortaleza de mi "Bestia" ayudarían a acelerar su recuperación, permitiéndole absorber mi energía para fortalecer la suya propia. No tenía certeza de que funcionaría, pero estábamos desesperados y dispuestos a intentarlo todo.

Para nuestra sorpresa, la idea resultó ser un éxito. Poco a poco, la temperatura de su cuerpo dejó de fluctuar tanto, su piel recobró algo de color, y aunque su sueño seguía profundo, su respiración era más estable. Mi sangre le estaba dando la fuerza que necesitaba para luchar desde dentro, para regresar a mí.

Hoy, como todos los días, me encontraba a su lado, sosteniendo su mano con la mía, observándola en busca de alguna señal, cualquier indicio de que estaba regresando. El sonido de la puerta abriéndose me sacó de mis pensamientos.

—¿Cómo sigue? —preguntó Laura al entrar en la habitación.

Su vientre estaba ya muy abultado, una clara señal de que en pocas semanas daría a luz. Había estado experimentando cambios de humor extremos últimamente, algo que todos atribuíamos al embarazo, pero que seguía siendo un desafío para quienes la rodeábamos.




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