La noche había caído hace ya un rato, y la ciudad estaba envuelta en un silencio tranquilo, apenas interrumpido por el murmullo lejano de los autos y el ocasional aullido de algún lobo en la distancia. Mis pasos resonaban sobre el suelo mientras me dirigía a casa, con la mente completamente enfocada en una sola cosa: regresar lo antes posible al hospital.
El doctor había dicho que Karen estaba en un estado de conciencia intermitente, lo que explicaba las sutiles reacciones en su rostro cuando Laura le hablaba. No estaba completamente despierta, pero tampoco sumida en un sueño profundo e inquebrantable. Era un avance, un pequeño rayo de esperanza en medio de la incertidumbre que me había consumido por semanas.
Pero eso también significaba que podía despertar en cualquier momento.
Y yo quería ser la primera persona que viera cuando lo hiciera.
Apenas llegué a casa, fui directo al baño. El agua caliente corrió por mi piel, aliviando parte de la tensión que cargaba en los hombros y despejando mi mente, aunque fuera solo por un momento. La fatiga pesaba en mis huesos, pero la ignoré. No había espacio para el descanso cuando la mujer que amaba estaba luchando por despertar.
Me cambié rápidamente, eligiendo ropa cómoda pero presentable. No quería que Karen me viera hecho un desastre cuando abriera los ojos. Quería que supiera que, a pesar de todo, yo seguía firme a su lado, listo para recibirla, para recordarle que nunca la dejaría sola.
Respiré hondo frente al espejo, intentando calmar la ansiedad que latía en mi pecho. Luego, sin perder más tiempo, tomé las llaves y salí de casa.
Regresaba al hospital.
Regresaba a ella.
El regreso de la reina
La brisa nocturna acariciaba mi piel mientras me asomaba por el balcón de mi habitación, observando el cielo infinito con una mezcla de nostalgia y anhelo. Por un instante, imaginé a Karen sentada en el borde, con su largo cabello cayendo como un río oscuro sobre su espalda, tarareando alguna melodía, disfrutando de la quietud de la noche. Cuántas veces la había visto hacer eso… y cuántas veces deseé volver a verlo.
Solté un suspiro profundo y salté ágilmente desde el balcón, listo para regresar al hospital. Pero algo me detuvo.
Un estremecimiento recorrió mi piel cuando sentí la presencia de alguien cruzando los límites de la manada. Mi instinto se activó de inmediato, y sin dudarlo, corrí en dirección al intruso, siguiendo el rastro con pasos rápidos y decididos.
Después de unos minutos, llegué a la frontera del territorio y lo que vi me dejó paralizado.
Una pareja estaba de pie, acompañada por una mujer de cabello azul intenso que vestía una bata de hospital.
Brath, mi lobo, rugió dentro de mí con una fuerza arrolladora. El viento se arremolinó a nuestro alrededor en una ráfaga repentina y caótica.
—Gracias por venir hasta aquí —habló la mujer de la bata con voz clara y firme.
Creí estar alucinando.
Esa voz.
Esa presencia.
Mi corazón tambaleó en mi pecho cuando lo comprendí.
—Soraya, Sonia… Lobos de Luna Azul… —continuó ella.
La sorpresa me golpeó con la fuerza de una tormenta. Había oído hablar de ellos, al igual que de los Lobos de Luna Roja, pero sus clanes estaban ubicados en el otro extremo del mundo. ¿Qué estaban haciendo aquí?
—No hay de qué, Reina Karen —respondió una de las recién llegadas, una mujer rubia con ojos azul esmeralda.
—Reina Karen —repitió la otra, idéntica a su hermana, pero con ojos azul cielo.
Hicieron una reverencia, y mi mundo se sacudió aún más.
Era ella.
Era mi Karen.
Brath aulló con una alegría desenfrenada, y antes de poder detenerme, me transformé, rompiendo la raíz que había atrapado mi pierna. En un solo salto crucé la distancia entre nosotros y me lancé sobre ella, incapaz de contener la emoción que me embargaba.
Karen rió suavemente al sentir mi peso sobre ella, tratando de mantener el equilibrio.
—Alpha… —murmuraron las gemelas al unísono.
Pero no me importó. Todo lo que existía en ese momento era la calidez de mi mate, el sonido de su risa, la certeza de que estaba bien.
Detrás de ella, aparecieron dos figuras más: un hombre y una mujer, ambos con ojos rojos, pero cuyo aroma indicaba que eran licántropos. Vampiros o lobos… o algo más. No importaba en ese instante.
—Un gusto —dijo Karen, aún sonriendo, dirigiéndose a los recién llegados—. Me alegra que también hayan venido a ayudar, Lobos de Luna Roja…
Mi atención se desvió momentáneamente hacia ellos, quienes se acercaron a las gemelas y las rodearon con sus brazos en un gesto protector.
—Nuestros Alphas nos han enviado —informó el chico.
—También escuché que regresaron Camil y Oshin… —agregó Karen, su voz tornándose seria—. Y que vencieron a un lobo con esencia demoníaca.
Los cuatro asintieron.
—Lo han hecho, ambas cosas… —confirmó la mujer de ojos rojos.
Karen mantuvo su expresión seria, pero en su mirada noté un destello de amargura.
—Me alegra que hayan decidido ayudarme ahora… —dijo en un tono más bajo—. Creí que Camil Aksenoff ya no me recordaba.
Los ojos rojos rieron negando con la cabeza.
—No lo hizo, Reina Karen. La extrañaba demasiado, pero no pudo venir porque su hijo, Alexander, enfermó.
—Es demasiado sobreprotectora con ese niño —rió una de las gemelas de ojos azules.
—Se lo agradezco —dijo Karen, suavizando su expresión—. Brath, los presentaré.
Asentí, aún procesando todo lo que estaba ocurriendo.
—Ellas son Soraya y Sonia, Lobas de Luna Azul —dijo señalando a las gemelas—. Y ellos son Yashio —apuntó al hombre de ojos rojos— y Asa —a la mujer, quien aún rodeaba protectora la cintura de Soraya—, Lobos de Luna Roja.
—Hola —saludaron los cuatro al unísono.
Gruñí suavemente en respuesta, aceptando su presencia con una mezcla de cautela y gratitud.
—Espero conocer al pequeño Alexander —murmuró Karen con una leve sonrisa, aunque su tono delataba un matiz de incomodidad y tristeza.
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Editado: 15.07.2026