"Para que haya una traición, primero debe haber confianza."
— Siglos Atrás —
" La luz suave del atardecer se filtraba a través de la ventana del despacho, bañando las paredes de madera oscura en tonos dorados. Karen estaba sentada detrás de su escritorio, el cual estaba cubierto con montones de papeles dispersos, cada uno de ellos representando una obligación, un compromiso o una decisión que debía tomar. Pero hoy, sus pensamientos no estaban en esos papeles. Su mente divagaba, atrapada en recuerdos y emociones que preferiría dejar atrás. El eco de las decisiones pasadas la acosaba, y la soledad, siempre presente en su vida, parecía más pesada que nunca.
Un golpe sordo en la puerta la hizo sobresaltarse. Levantó la mirada, esperando que fuera alguien para informarle sobre algún asunto, pero al abrir la puerta, se encontró con Camil, quien entró rápidamente, sin esperar respuesta. La desesperación era palpable en su rostro, y sus ojos, usualmente tan firmes, ahora reflejaban un rastro de angustia.
— Necesito tu ayuda, Karen. — Las palabras de Camil eran urgentes, casi desesperadas. Karen sintió una punzada en el pecho, no por la solicitud en sí, sino por la intensidad de la mirada de su amiga. Había algo en ella que despertaba una sensación de incomodidad, como si esta petición viniera cargada con un peso mucho mayor de lo que parecía a simple vista.
Karen se recostó en su silla, girando lentamente hacia Camil, un gesto que, sin querer, denotaba la distancia que se estaba formando entre ellas.
— ¿En qué, Camil? — dijo con tono calmado, aunque internamente sentía cómo una corriente de tensión comenzaba a subir por su espalda. Había algo en el aire, algo que le indicaba que esta conversación cambiaría las cosas entre ellas. Sin saberlo, su respiración se aceleró ligeramente.
Camil miró al suelo por un segundo, luego alzó la vista, claramente luchando con sus emociones. Parecía estar tomando fuerzas para seguir, pero las palabras parecían no salir de su boca con facilidad. Finalmente, después de un largo suspiro, dijo lo que había venido a decir.
— Ray Licciardi... — la forma en que pronunció el apellido hizo que el mundo de Karen se detuviera por un segundo. Un escalofrío recorrió su columna vertebral y su estómago se apretó de inmediato. No hacía falta más explicación. Ray Licciardi... el hermano de él. El mismo hombre con el que había tenido que lidiar en el pasado, un vínculo lleno de tensiones y decisiones que aún le dolían.
Antes de que Camil pudiera seguir, Karen la interrumpió. La palabra salió de su boca con firmeza, casi sin pensarlo.
— No. — Su voz fue como una barrera, erguida entre ellas, infranqueable. Al instante, vio la confusión en los ojos de Camil, seguida de un destello de ira. Pero Karen no cedió. —Lo siento, somos amigas desde hace mucho, pero no puedo. No con ellos... — Su tono fue claro, directo, pero las emociones que se ocultaban detrás de esas palabras eran mucho más profundas de lo que mostraba. Había una historia que Camil no entendía, una historia de traiciones, de lealtades rotas, y de vínculos que nunca deberían haberse formado.
Camil se quedó en silencio por un momento, como si no pudiera procesar lo que acababa de escuchar. Luego, la ira explotó.
— ¡¿Por qué?! — La voz de Camil se elevó, llena de frustración. —¡¿Por qué no?! ¡Te estoy pidiendo ayuda, Karen!— La rabia de Camil se veía reflejada en su rostro, y las palabras salían de su boca como un torrente incontrolable. Karen no quería enfrentarse a eso, pero sabía que no podía ceder. El dolor en su pecho aumentaba con cada palabra que Camil decía, pero tenía que mantenerse firme.
Karen se levantó lentamente de la silla, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba, tenso, como si estuviera a punto de entrar en combate. La distancia entre ellas parecía haberse estirado hasta un punto insostenible.
— Tengo problemas con su hermano...— dijo, el dolor de esas palabras se filtró en su voz. Camil la miró fijamente, sin comprender del todo. —Puedes pedirme lo que sea, pero con eso no puedo... — su pecho se contrajo mientras intentaba mantener la calma, aunque sabía que esta conversación las cambiaría para siempre. Trató de que su rostro permaneciera impasible, aunque por dentro sentía cómo las emociones se acumulaban.
Camil la miró en silencio, sus ojos reflejando confusión y desilusión, pero también algo más, algo más punzante. Era evidente que el golpe de la negativa le había dolido más de lo que había esperado. Entonces, con un gesto rápido y sin previo aviso, Camil levantó el puño y lo estampó contra el rostro de Karen. El impacto fue inmediato, un dolor agudo que atravesó su mejilla y la hizo tambalear hacia atrás.
— ¡Muérete, maldita traidora! ¡Ojalá jamás te hubiera encontrado! — Las palabras de Camil fueron como cuchillos, cortantes y frías. El peso de la traición estaba ahí, en cada sílaba, y Karen no pudo evitar sentir cómo su corazón se rompía en pedazos. Antes de que pudiera responder, Camil giró sobre sus talones y salió disparada del despacho, dejando a Karen sola, con la sensación de que algo irremediable acababa de suceder.
Karen tocó el lugar donde Camil la había golpeado, la piel ardía, pero eso era nada comparado con lo que sentía en su interior. La rabia de Camil, la decepción... todo la golpeó con fuerza.
— Siempre los alejo... — murmuró para sí misma, con la voz quebrada por el dolor. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no las dejó caer. No iba a darle el gusto a la desesperación, no cuando todo lo que había hecho era protegerse a sí misma. —No la necesito, no necesito a nadie... — repitió, como un mantra, tratando de convencerse de que estaba bien. Pero en el fondo, sabía que no lo estaba. Sabía que estaba completamente sola, y que, tal vez, nunca podría confiar plenamente en nadie otra vez.
Con la cabeza llena de pensamientos confusos y el corazón roto, Karen se acercó a la ventana y miró hacia fuera, al vacío de la noche. La oscuridad la envolvía, pero en esa oscuridad, se sentía más sola que nunca. "
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Editado: 15.07.2026