Me removí un poco en la cama al recordar aquel episodio que había marcado mi vida. Ese momento tan doloroso había ocurrido antes de conocer a Grayson, antes de que mi mundo cambiara de la manera en que lo hizo. Aquella fue la última vez que vi a Camil. El golpe, las palabras hirientes, la sensación de traición… todo volvió con fuerza, como si no hubiera pasado el tiempo. La herida aún sangraba en algún rincón de mi ser, pero el tiempo, como siempre, lo había cubierto con una capa de indiferencia. Al menos, eso era lo que me decía a mí misma.
La cama era cálida, y la quietud de la habitación parecía envolverme como un manto protector. Sentí cómo las sábanas se ajustaban a mi cuerpo, un pequeño consuelo contra el frío que me acechaba en mi mente. No podía evitar pensar en las decisiones que había tomado, en lo que había perdido por no saber manejar las cosas a tiempo. Pero el cansancio me venció rápidamente, y en medio de mis pensamientos, la voz suave de Lucas interrumpió mi tormenta interna.
— Ya vamos al cuarto. — Me dijo con tono tranquilo, como si supiera exactamente lo que necesitaba en ese momento. Era uno de esos momentos en los que, sin importar cuán confusa estuviera mi mente, su presencia era suficiente para darme paz.
Asentí sin decir una palabra, y en cuanto su brazo me rodeó, me acomodé en su pecho. Su calor era lo único real en ese instante. Cerré los ojos y sentí cómo mi cuerpo se relajaba, como si el simple hecho de estar cerca de él me devolviera la calma. Mi respiración se hizo más tranquila, y en pocos minutos, la conciencia se desvaneció, llevándome a un sueño profundo y reparador. El dolor, las traiciones, todo desapareció momentáneamente, como si no existiera nada más que el abrazo que me brindaba Lucas. Sin esfuerzo, sin resistirme, me dejé llevar al reino de los sueños, donde el peso del pasado no podía alcanzarme.
La noche, al igual que sus brazos, se encargó de darme el respiro que tanto necesitaba.
*
— Siglos Atrás —
" Lloraba sola, oculta detrás de un árbol, mientras las lágrimas caían en silencio, salpicando el suelo que se encontraba cubierto por una capa de hojas secas. Mi respiración entrecortada se mezclaba con los susurros de la brisa, y mi alma, quebrada, maldecía entre dientes. Mi hermana no me había creído. Nadie lo había hecho. Todo mi esfuerzo por salvar a esas personas que tanto amaba había sido en vano. ¿Para qué? ¿Para qué me había esforzado tanto si al final todo se desmoronó?
Pensaba en la traición, en cómo, a pesar de todo lo que había intentado hacer, me habían dado la espalda. ¿Habrá valido la pena todo? La pregunta retumbaba en mi cabeza, pero la respuesta no venía. Nada, absolutamente nada de lo que hice valió la pena. Mi mente giraba en círculos, y mi corazón parecía aplastado por el peso de la impotencia. Todo era culpa de él, Emen Licciardi. Si no hubiera existido, si no hubiera arrastrado a mi hermana hacia su maldita mentira, todo habría sido diferente. Ella lo amaba con una devoción ciega, dispuesta a creer cada palabra que él le decía, incluso las que fingía con tanta facilidad. Cada mentira que me arrojaba como una daga y que, por alguna razón, ella recibía como si fueran verdades divinas.
Maldito Licciardi. Su familia era un cáncer, una maldición para todos los que se cruzaban en su camino. Ellos eran la razón de mi sufrimiento, la razón por la que todo había colapsado. Mi hermana me había dado la espalda, y mi corazón se sentía vacío, como un eco hueco que se perdía en el abismo de la soledad.
El viento se calmó un momento, y con el silencio llegó una voz. Una voz suave, pero firme, que me hizo levantar la mirada, aún llena de lágrimas, sin poder comprender del todo lo que sucedía.
—¿Estás bien?
Frente a mí, una figura femenina de cabello rojo brillaba con la luz del atardecer. Su rostro, lleno de preocupación, me observaba con una ternura que ni siquiera había notado en mucho tiempo. Me quedé unos segundos en shock, incapaz de comprender su presencia.
—¿No me temes u odias? —La pregunta salió de mis labios en un susurro, casi un sollozo. Estaba hipando, y mis palabras no parecían tener sentido. La pelirroja, sin embargo, sonrió dulcemente, como si mis palabras no significaran nada.
—¿Por qué he de hacerlo?— Su voz era suave, llena de calidez, como si me hablara a través de una neblina de confort. Mi incredulidad creció aún más mientras con el dorso de mi mano trataba de secar las lágrimas que caían sin cesar. ¿Cómo podía ser tan amable una desconocida?
—Ven, pequeña.
Extendió sus brazos hacia mí, y esa simple acción me paralizó. El gesto tan genuino y lleno de una calidez inesperada recorrió mi cuerpo como una corriente eléctrica. Fue como si una pequeña chispa de esperanza se encendiera en lo más profundo de mi ser. Sentí la necesidad de acercarme a ella, de dejarme envolver por esa sensación de protección que me ofrecía sin dudar. Me levanté con dificultad, las piernas temblorosas, pero mis pasos me llevaron directo hacia ella. Y en un impulso, me lancé a sus brazos, sintiendo cómo me rodeaba con ellos, cómo me acogía con la misma suavidad que una madre cuida a su hijo.
En su abrazo, me dejé llevar por la sensación de consuelo. Los pedazos rotos de mi corazón empezaron a encajar de nuevo, aunque aún me doliera cada uno de esos fragmentos. La soledad que me había arrasado durante tanto tiempo se desvaneció, aunque fuera solo por un momento. Su presencia, cálida y reconfortante, me recordó que no estaba completamente sola. Que no todo el mundo me veía como una monstruo, como los demás solían hacer.
—¿Soy un monstruo? —Las palabras salieron de mi boca entre sollozos, como una pregunta que llevaba meses atorada en mi pecho. Sentí su abrazo apretarse con más fuerza, y su voz me llegó como un susurro de calma, casi como si intentara coser las cicatrices de mi alma con cada palabra.
—Nadie se vuelve un monstruo porque quiere... —Murmuró suavemente, acariciando mi cabeza con ternura. La gente te obliga a convertirte en uno.
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Editado: 15.07.2026