Sentí la suavidad de la cama bajo mi cuerpo, el confort y la calidez que me rodeaban, pero esa calma se vio interrumpida cuando sentí el beso de Lucas en mi mejilla, suave, tierno, como siempre lo hacía, antes de levantarse y alejarse de mí. El vacío que dejó al irse era sutil, pero estaba ahí. Aunque intentaba disfrutar de la tranquilidad del momento, mi mente no podía dejar de vagar hacia el pasado.
El regreso de ella... era como una corriente de agua fría que arrastraba todos mis pensamientos hacia los recuerdos, recuerdos que parecían haberse ocultado, enterrados en lo más profundo de mi ser. Y ahora, de repente, esos recuerdos salían a la luz, nítidos, tan vívidos como si los hubiera vivido apenas ayer. Era como si todo estuviera ocurriendo de nuevo, como si el tiempo se hubiera detenido y esos días pasados volviesen a golpearme con la misma intensidad.
Recordaba la última vez que la vi, su rostro marcado por la despedida, su tristeza, mi desesperación, y de ahí todo se volvía un amasijo de confusión, un torbellino de emociones y pensamientos que no lograba comprender completamente. ¿Cómo había llegado todo a eso? No sabía si alguna vez lo entendería.
Ella fue la primera persona en creer en mí, en mi inocencia, cuando todos los demás me señalaban con el dedo, acusándome de algo que no había hecho. Fue la primera en no ver en mí lo que otros querían ver, sino la verdad que estaba oculta bajo mis ojos tristes y mis palabras rotas. No me lo esperaba de alguien como ella, tan pura, tan llena de luz. La forma en que confiaba en mí me parecía un milagro en medio del caos. Fue un acto de fe, de esos que cambian vidas, y no solo las mías.
Luego vino Henry, él también creyó en mí, pero nuestra historia fue distinta. Lo conocí cuando ella ya se había alejado de mi vida, cuando el dolor aún me atormentaba. Henry, a su manera, también me ofreció algo que nadie más me había dado: comprensión. Pero, a pesar de que ambos eran tan diferentes en la forma en que me brindaban apoyo, había algo común entre ellos. Ambos creyeron en mi inocencia, pero la forma en que me ofrecían su ayuda siempre me dejaba una sensación de que algo me faltaba. A Henry lo entendía, pero él era distinto, no sabía si lo quería, si lo necesitaba de la misma forma que a ella.
Y entonces estaba ella, la que me había dado el valor de seguir adelante, de creer en algo más allá de la oscuridad. La diosa sangre, el vínculo que ella había creado entre Henry y yo, me dejaba con una sensación de incomodidad, de no ser lo suficientemente buena para ese rol. Henry, él merecía a alguien mejor, alguien más pura que yo, alguien que no estuviera tan rota.
Me preguntaba constantemente por qué la diosa sangre me había elegido a mí como la tua eterne de Henry. Yo no entendía la razón. No me sentía digna de ese título, de ese lugar en su vida. El destino parecía haberse equivocado al unirnos de esa manera. Él merecía a alguien fuerte, alguien que no tuviera tantas cicatrices. Alguien que pudiera ofrecerle lo que yo no podía. Pero aún así, aquí estaba, atrapada en un lazo que no sabía cómo romper, mientras mi corazón dudaba de sí mismo y se llenaba de inseguridad.
Lucas regresó al cuarto en ese momento, y el ruido de sus pasos sobre el suelo me trajo de vuelta a la realidad, pero mis pensamientos seguían atrapados en los recuerdos, en la confusión que esa relación había traído.
*
— Siglos Atrás —
" —¡El clan de los lobos rojos y lobos azules ha muerto en batalla; se cree que no podrán regresar de nuevo, ningún clan parecido por haber sido asesinados por un lobo que tenía esencia demoníaca!— gritaba alguien a todo pulmón por las calles de una de las manadas de Francia. Me encontraba en un callejón, oculta en las sombras, sola, como siempre.
Había huido del lugar donde nací, dejando atrás todo lo que conocía. La persecución había comenzado, los mismos que me habían criado, los mismos que me consideraban una hermana, ahora me temían y me cazaban, todo porque me habían convertido en el monstruo que tanto querían que fuera. El mismo monstruo que yo temía ser.
—¿Camil? —me sobresalté al escuchar ese nombre en mi mente, su rostro apareciendo frente a mí con una claridad dolorosa. Ella era la Alpha del clan de los Lobos De Luna Roja, mi hermana de corazón, mi amiga más cercana, y la primera en creerme cuando todo el mundo me dio la espalda. Mi estómago se revolvió, una mezcla de miedo y culpa me oprimió el pecho.
Salí del callejón, y el caos de la ciudad me envolvió de nuevo. Las voces de la multitud, los murmullos y los gritos incesantes llenaban el aire, pero entre ellos, uno me golpeó con más fuerza que todos los demás.
—¡El lobo que le vendió su alma a Abdiel, el rey del inframundo, ha acabado con el clan azul junto con su alpha! — gritaba un hombre, su rostro pálido y la mirada desorbitada, como si estuviera atrapado en una pesadilla. La ira y la tristeza se entrelazaron en mis venas. Esa palabra, esa maldita palabra, Ray Licciardi, resonó como un eco infernal en mi mente. Él era la causa de todo. El monstruo que había llegado a destruirlo todo, que había despojado al mundo de algo que nunca podría volver a existir.
—¡Los lobos del clan rojo murieron al ser ellos sus parejas destinadas! — continuaba el hombre, y las palabras se clavaron en mi corazón como espinas afiladas. Mis ojos se llenaron de lágrimas, pero no pude dejarlas caer, no podía, no debía. Al menos no hasta que supiera más, hasta que entendiera. Pero ya no había nada que entender, solo la cruel realidad. Mis ojos se nublaron mientras sentía cómo la culpa y el dolor me desgarraban.
Llevé mi mano a mi mejilla, tocando la cicatriz que aún llevaba, la huella de todo lo que había perdido. Sonreí con nostalgia, pero esa sonrisa se quebró antes de nacer. Hace tantos años que no derramaba ni una sola lágrima, me había prometido a mí misma que ya no lo haría, que no dejaría que la tristeza me venciera. Pero allí estaba, derramando lágrimas, por ella, por todo lo que había perdido.
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Editado: 15.07.2026