" —¡No hay probabilidades de que el clan azul vuelva a aparecer en esta línea... Los del clan rojo estarán solos el resto de la eternidad, atando sus vidas a lobos ordinarios que no serán sus mates!— el hombre concluyó, su voz llena de desesperación, y volvió a gritar la misma maldita verdad una vez más.
Las palabras retumbaban en mi cabeza, cada sílaba clavándose más y más en mi pecho. Mi mente luchaba por entender, por aceptar lo que ya sabía en lo más profundo de mi ser. Camil ya no estaba. Los lobos rojos ya no existían, y yo… yo nunca podría salvarlos. La culpa se apoderó de mí con una fuerza arrolladora. No pude detener las lágrimas que finalmente salieron, calientes y saladas, bañando mi rostro mientras mi alma se rompía en pedazos.
El eco de los gritos del hombre resonaba en mis oídos mientras caminaba por las calles desmoronadas de la ciudad. Las palabras se repetían una y otra vez en mi mente, cada vez más dolorosas. No podía detener las lágrimas que recorrían mi rostro, empapando mis mejillas mientras me adentraba en la multitud, como un alma perdida entre cuerpos ajenos que seguían su rutina sin reparar en el dolor que me consumía.
El aire frío de la noche chocaba contra mi piel, pero ni el viento lograba disipar el peso de lo que acababa de escuchar. Camil... Esa palabra me atravesaba como un cuchillo. Mi corazón latía de manera irregular, golpeándome el pecho con cada pensamiento que evocaba su nombre. La nostalgia me envolvía, y el arrepentimiento, ese amargo sentimiento, me corroía por dentro.
Recuerdo cómo éramos, cómo éramos tan cercanas, unidas por el destino y por la promesa de cuidarnos, de ser más que hermanas. Recuerdo su risa, su fuerza, la determinación con la que defendía a su clan y a los suyos, a los que amaba con tanta intensidad. Ella confiaba en mí. ¿Cómo pude dejarla sola? ¿Cómo pude permitir que el destino nos separara de esa manera? No pude evitar preguntarme si todo lo que había hecho había sido en vano. Si todo lo que había pasado era una consecuencia directa de mis decisiones, de mis miedos.
"Ray Licciardi", ese nombre retumbaba en mi cabeza como una pesadilla recurrente. No era solo un nombre, era una sentencia, un mal que acechaba no solo a Camil, sino a todos aquellos que se habían cruzado en su camino. ¿Cómo no lo había visto antes? Ese lobo, esa criatura maldita, el causante de tanta destrucción, de tantas muertes. A cada segundo que pasaba, me sentía más impotente, más pequeña. La realidad me aplastaba, y no podía huir de ella. Camil ya no estaba, y yo... yo no pude hacer nada para salvarla.
Caminé por las calles empapadas de recuerdos, las luces de la ciudad parpadeando como estrellas lejanas en la distancia, pero mis pensamientos estaban lejos, perdidos en el abismo de mis emociones. Cada paso que daba me alejaba más del lugar donde todo comenzó, pero no podía dejar de sentirme atrapada en ese mismo ciclo, como si todo lo que hubiera hecho no sirviera de nada.
¿Por qué no pude ser más fuerte? Me pregunté una vez más. Si hubiera estado allí para ella, si no hubiera temido al monstruo que se estaba formando dentro de mí... ¿habría podido salvarla? Las dudas me carcomían, y la rabia se transformaba en desesperación.
Alzando la vista hacia el cielo, mi alma se quebró un poco más. No esperaba respuestas, ni consuelo, solo la certeza de que nunca podría cambiar lo que había sucedido. "Perdóname, Camil", susurré, mi voz quebrada por el dolor que no podía controlar. Perdóname, porque sé que no hay forma de enmendar lo que he perdido.
Decidí entonces caminar lejos de allí, sin rumbo fijo, alejándome de la multitud que no sabía nada del tormento que llevaba dentro. Solo el sonido de mis pasos me acompañaba, y aunque el dolor me aplastaba, no tenía fuerzas para volver atrás.
Llegué hasta un árbol solitario, uno que parecía no tener testigos de mi dolor, y me dejé caer junto a su raíz, abrazándome a mí misma, buscando consuelo en el único lugar que parecía ofrecerme algo de paz. Mi cuerpo se sacudía por el llanto, mi alma rota clamaba en silencio por algo, por alguien, que pudiera devolverme la tranquilidad que había perdido.
—Perdóname—, repetía una y otra vez, como si esas palabras pudieran reparar lo irreparable, como si al decirlas, el peso de la culpa se desvaneciera. Lo siento, lo siento... Las palabras me ahogaban, pero no podían aliviar el sufrimiento que me recorría. Mi mente, atrapada en el remolino de la desesperación, me mantenía cautiva, incapaz de dejar de llorar.
Lloré hasta que mi cuerpo no pudo más, hasta que las fuerzas me abandonaron y el agotamiento se apoderó de mí. Me dejé caer en un sueño profundo, un sueño en el que ya no existía el dolor ni la culpa.
Pero algo me despertó, una sensación cálida, protectora, que me envolvía como una manta suave. Sentí el movimiento a mi alrededor, una suavidad en la que me sentí arropada, como si alguien me estuviera cargando, levantándome de aquel rincón donde me había rendido.
El sonido de una melodía suave, casi mágica, llegó a mis oídos, como un susurro en el viento. La melodía era tan hermosa que, en cuestión de segundos, mi cuerpo se relajó completamente. El cansancio y el dolor que había estado sintiendo durante tanto tiempo desaparecieron con cada nota que llegaba a mis oídos. Cerré los ojos nuevamente, sintiendo cómo el sueño volvía a envolverme, llevándome a un lugar donde ya no había espacio para las lágrimas ni la culpa.
Y así, entre las notas de esa melodía que me acariciaban el alma, caí nuevamente en un sueño profundo, donde todo lo que había sido dolor se desvaneció por un momento. "
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Editado: 15.07.2026