Era de madrugada cuando me levanté de la cama, despacio, para no despertar a Lucas, quien aún descansaba, su brazo rodeando mi cintura en un abrazo protector. Me sentí vacía sin su toque, como si mi cuerpo pudiera descansar solamente junto a él, como si todo lo que había vivido y perdido no me dejara en paz. Me liberé suavemente de su agarre y salí de la habitación, dejando atrás la calidez y la calma de su sueño. Suspiré profundamente, como si todo el peso de mis pensamientos se desbordara en ese momento. Necesitaba estar sola.
El aire frío de la madrugada me envolvió cuando salí al jardín. El silencio me rodeaba, un silencio tan pesado que parecía que el mundo entero se había detenido. Los árboles estaban quietos, y el cielo oscuro y despejado mostraba un mar de estrellas que brillaban con fuerza, como si todo en el universo estuviera observándome. Caminé sin rumbo, buscando algo que me diera consuelo, algo que me permitiera dejar de sentir ese dolor constante que parecía colarse en mi pecho.
Llegué al balcón y me dejé caer en el mismo lugar donde tantas veces había estado antes. Ese rincón, oscuro y apartado, parecía ser el único lugar en el que podía encontrarme a mí misma sin perderme por completo. Allí, rodeada de la fría brisa nocturna, sentí que todo el peso de los recuerdos me aplastaba de nuevo. Ese mismo día, años atrás, cuando me enteré de la peor noticia que jamás podría haber recibido: Camil Aksenoff, la mujer que consideraba mi hermana, la única familia que me quedaba, había muerto. Mi mente no podía procesarlo del todo, no podía creer que la había perdido. Y aún así, la noticia se repetía una y otra vez en mi cabeza como un eco cruel e imparable.
Camil había sido la primera en creer en mí, en mi inocencia, cuando nadie más lo hizo. Ella me aceptó sin juzgarme, sin preguntarme nada. Era como si nos conociéramos de siempre, como si el destino nos hubiera unido de alguna manera extraña. Y ahora, ya no estaba. Mi hermana, mi amiga, mi pilar, había desaparecido de este mundo. La culpa se apoderaba de mí, recorriendo mi cuerpo como una corriente helada. Porque sabía que no había estado allí cuando más me necesitaba, que había fallado. Y esa falla me arrastraba, me destrozaba.
La tristeza se mezclaba con rabia hacia mí misma. ¿Cómo había permitido que esto sucediera? Me preguntaba si realmente me merecía el amor de alguien, si era digna de lo que Camil me había dado, de lo que Henry me había dado, incluso de lo que Lucas me ofrecía ahora. Pero la respuesta siempre era la misma: no, no lo merecía. Y esa idea me hundía cada vez más en el pozo de mis propios errores.
Fue entonces cuando recordé a Henry, al hombre que me había encontrado aquella noche en la que había caído en el abismo de mi dolor, después de perder a Camil. Él me encontró tirada, rota, sola. Henry Grayson. Su presencia en mi vida había sido otro giro del destino, tan inesperado como el de Camil, pero al igual que ella, me amó con una pureza que no entendía. No lo merecía, no merecía a nadie que me amara de esa manera. Y sin embargo, él estuvo allí, siempre. Pero, al igual que Camil, también pereció por mi culpa. Por no haber estado a la altura de las expectativas, por no haber sido lo suficientemente fuerte para protegerlo.
Los recuerdos de ambos seguían siendo una carga, una que no podía dejar de cargar sobre mis hombros. Me sentía como una persona que había sido condenada a vivir en el eco de sus propios errores. Y las palabras de Camil, aquellas palabras que ella me dijo cuando la conocí, no me dejaban en paz. "Nadie se convierte en un monstruo porque quiere... La gente te obliga a convertirte en uno". Esas palabras resonaban en mi mente, una y otra vez, como una constante, como un recordatorio cruel de que no era la única culpable de lo que había sucedido. Pero, aunque lo entendiera, no me ayudaba. No me aliviaba el dolor. No me quitaba la culpa de la que no podía escapar.
Repetí esas palabras, casi como un susurro al viento, mientras mis ojos buscaban las estrellas en el vasto cielo nocturno. Era como si Camil estuviera allí, en algún lugar lejano, todavía apoyándome, aún cuando ya no estaba físicamente a mi lado. Sonreí, pero era una sonrisa triste, nostálgica, llena de recuerdos de un tiempo que ya no podría volver. Las lágrimas comenzaron a caer sin previo aviso, amargas, pesadas. Me dolía en cada rincón de mi ser. Lagrimas de frustración, de dolor, de desprecio hacia mí misma. ¿Por qué no había estado allí para ella cuando más lo necesitaba?
Me preguntaba si era posible amar y odiar a una persona al mismo tiempo, porque era lo que me ocurría. Me amaba y me odiaba, y esa dualidad me estaba consumiendo poco a poco. Me odiaba por lo que me había convertido, por todo lo que había hecho para encajar en una imagen que no era la mía. Me odiaba por no haber sido capaz de ser la persona que ellos necesitaban. Y me amaba, porque, a pesar de todo, seguía luchando, seguía respirando, seguía adelante de alguna manera. Pero esa lucha me estaba volviendo loca. A veces, sentía que ya no podía soportarlo más.
Sabía que todo lo que había pasado había sido parte de su plan. Su plan para despojarme de mi humanidad, para convertirme en lo que siempre había querido que fuera. El monstruo que todos creían que era. El monstruo que me habían obligado a ser. Y esa idea me llenaba de rabia. Era consciente de que él había manipulado cada paso, cada movimiento, para que terminara donde estaba ahora, atrapada en el ciclo de dolor y culpa que nunca parecía terminar. Pero esta vez, algo dentro de mí se encendió. No le iba a dar el gusto. No iba a permitirle que tuviera el control de mi vida otra vez. No podía seguir siendo su marioneta. No iba a dejar que me arrastrara de nuevo a su mundo, no esta vez. No podría soportarlo.
Así que allí, bajo el manto estrellado de la noche, me prometí a mí misma que no iba a permitir que el pasado dictara mi futuro. No iba a ceder. No esta vez. No importa cuánto me doliera. No iba a dejar que ellos ganaran.
#425 en Fantasía
#97 en Magia
#227 en Thriller
#77 en Suspenso
amor dolor vidas pasadas, secretos demonios angeles caidos, amor prohibido no final feliz
Editado: 15.07.2026