" —No es correcto— murmuré, jadeante, mientras él me apoyaba suavemente contra la pared. Su cuerpo estaba tan cerca del mío que podía sentir el latido de su corazón. Sus brazos me rodearon con delicadeza, como si no quisiera hacerme daño, mientras sus labios se deslizaban con ternura sobre mi cuello, inhalando mi aroma como si fuera lo más precioso del mundo.
—Pero te deseamos, te deseamos, al igual que tú a nosotros...— dijo él, su voz ronca y profunda, casi un susurro, mientras me rodeaba con su presencia. Cada palabra parecía llena de sinceridad, como si intentara transmitirme no solo su deseo, sino también su respeto y comprensión. Sus besos eran suaves, llenos de una pasión contenida, pero a la vez tan cuidados, tan llenos de esa dulzura que hacía que mi corazón latiera más rápido.
—Ya... Yashio...—, jadeé, sintiendo cómo la respiración me faltaba mientras colocaba mis manos en su pecho. Él me miró fijamente. —Sé... sé gentil— conseguí decir, las palabras saliendo a duras penas, con el corazón acelerado. Estaba nerviosa, sí, pero también deseaba que cada momento fuera perfecto, que cada roce y cada gesto de él fuera tan puro como la conexión que compartíamos.
—Lo seré, amor...— respondió, y en ese instante, sus labios se posaron sobre los míos con una suavidad tan profunda que sentí como si el tiempo se detuviera. Besaba con dulzura, pero con una promesa implícita, una promesa de cariño, de un amor que nunca iría más allá de lo que ambos pudiéramos manejar. Su abrazo se estrechó alrededor de mi cintura, acercándome más a él, sintiendo su calor, su fuerza, pero también su respeto. No era solo un deseo físico; había algo mucho más profundo entre nosotros, algo que no podía explicarse solo con palabras.
Suspiré, mis manos temblando ligeramente mientras me aferraba a su cuello, profundizando el beso con delicadeza. Sentía un cosquilleo en mi vientre, una sensación suave, cálida, que me llenaba de una necesidad de estar más cerca, de no separarme de él, pero todo en su gesto me decía que debía tomar las cosas con calma, que la ternura sería lo más importante. Y así, en ese instante, el mundo exterior desapareció por completo. Solo existíamos él y yo, con nuestros corazones latiendo al mismo ritmo, con nuestras almas conectadas a través de esa simple, pero poderosa, caricia.
Él, sin apartarse de mí, acarició suavemente mi rostro con una mano, como si quisiera borrar cualquier duda o inseguridad que pudiera haber. Su toque era reconfortante, calmante, como si intentara tranquilizarme, decirme que no había prisa, que todo podía fluir a su propio ritmo. Me sentí tan segura, tan en paz, a pesar del deseo que comenzaba a crecer dentro de mí.
—Lo sé— susurré entre besos, mis manos viajando por su cuello, subiendo lentamente hacia su cabello, acariciando sus cabellos con delicadeza. Cada contacto entre nosotros parecía cargar el aire con una electricidad invisible, pero al mismo tiempo, todo se sentía tan natural, tan lleno de esa pureza que ambos deseábamos. Cada beso, cada caricia, era una declaración de que lo que estábamos compartiendo no era solo deseo físico, sino una conexión emocional y espiritual más profunda, algo que iba más allá de lo que las palabras podían describir.
Al separarnos ligeramente, me miró a los ojos, su respiración también acelerada, pero en sus ojos vi algo más allá del deseo: vi la promesa de ser siempre gentil, de cuidarme, de respetarme en cada paso de este camino que estábamos recorriendo juntos.
—Te quiero—, dijo, su voz suave, pero tan llena de sinceridad que me hizo sentir que mi corazón había encontrado su hogar.
Y ahí, en ese momento suspendido en el tiempo, comprendí que lo que estábamos compartiendo no solo era un deseo mutuo, sino una conexión pura y real. Todo lo que sentíamos el uno por el otro era genuino, y lo único que realmente importaba en ese momento era la seguridad y la confianza que ambos teníamos el uno en el otro. "
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Editado: 15.07.2026