Habían pasado ya dos largas horas, y Laura seguía dentro de esa sala de parto. Mi ansiedad crecía a medida que el tiempo avanzaba, y mi mente se llenaba de recuerdos, de emociones agridulces que me inundaban sin piedad. Zack llegó minutos después de mi llegada, y pude ver la tensión en su rostro. Lucas, por otro lado, se veía alterado. Entró sin permiso en la sala de parto, su ansiedad evidente.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué tardan tanto? —me quejé, ya desesperada por la espera. El tiempo se me hacía eterno, como si la incertidumbre se alargara aún más por cada segundo que pasaba. Los recuerdos seguían golpeándome, haciéndome perder el control de mis pensamientos, y eso me desesperaba aún más. —¡¿Por qué no me dicen qué está pasando de una puta vez?! —gruñí alterada, mi voz quebrada por la frustración.
—Cálmate, Karen —me habló Lucas con suavidad, tomando mis hombros con firmeza, pero con una calma que intentaba transmitirme. Me obligó a mirarlo, a detenerme en mi propia ansiedad.
De repente, el llanto de un bebé me interrumpió. Al principio, me alteré aún más, pero al escuchar el llanto de otro bebé, algo en mi interior se relajó. Era un llanto dulce, un llanto de bienvenida. Me solté del agarre de Lucas y corrí hacia adentro sin importarme lo que me dijeran. Solo quería verlos, necesitaba ver que todo estaba bien, que Laura estaba bien.
Dentro, el aire estaba cargado de emociones. Laura, sudada pero con una hermosa sonrisa en sus labios, sostenía a un bebé en sus brazos. Zack estaba a su lado, con otro bebé en los suyos. Era un cuadro perfecto de felicidad, de pureza, de amor incondicional.
—Lo siento, no puedes estar aquí —dijo una enfermera, tratando de detenerme, pero yo no podía escucharla.
La ignoré por completo y me acerqué rápidamente a Laura. Todo en ella irradiaba una felicidad tan genuina que mi corazón dio un vuelco. Aliviada, me incliné hacia ella, sin poder evitar sonreír.
—Me alegro tanto de que estés bien, mi princesa —dije, besando su frente sudada, sintiendo que la ansiedad se desvanecía por fin. La paz de verla sana y feliz lo valía todo.
Laura miró a los pequeños, con una expresión que solo una madre podía tener. En sus brazos, el bebé que tenía parecía dormir plácidamente, mientras ella miraba a Zack con una felicidad que me hizo sentir un nudo en la garganta. Con una suavidad que solo ella tenía, levantó al bebé que tenía en brazos y me lo mostró.
—Mamá, mira —dijo, con una voz llena de emoción. —Es Alissa, y él es Elías —añadió, su tono era un reflejo puro de la alegría que sentía. Señaló al niño en brazos de Zack, que se veía igual de feliz.
—Son... hermosos —dije, con los ojos llenos de lágrimas, mirando a ambos bebés. Ella sonrió, y fue entonces cuando la pequeña Alissa abrió un poco sus ojos, mostrando unas perlas negras que reflejaban la luz del cuarto. Al principio, pensé que sus ojos eran oscuros, pero luego cambiaron, volviéndose de un azul celeste tan profundo que parecía reflejar el cielo.
—Alissa, ella es tu tía/abuela... —dijo Laura, riendo mientras acariciaba la cabeza de su hija. —Sé que no entiendes ahora, pero cuando crezcas te explicaré todo —añadió, con ternura. Miré a Elías, quien parecía no poder dejar de reír. Sus pequeños dedos jugaban con la cara de Zack, como si intentara decirle algo con su inocencia.
Zack, con una sonrisa radiante, acercó a Elías hacia Alissa, dejando a ambos bebés en los brazos de Laura. Los pequeños, al estar tan cerca, se miraron por un instante, como si se reconocieran, y luego rieron juntos. Ambos bebés, tan pequeños, tan puros, tomaron las manitas del otro. Era como si pudieran entenderse sin necesidad de palabras, compartiendo un momento de felicidad tan simple y tan profundo.
Laura, viendo a sus hijos tan felices, rió también. El sonido de su risa llenó el aire, y Zack, con el corazón lleno de amor, se acomodó junto a ella, besando su cabeza suavemente. Era evidente que él también estaba completamente enamorado de ese momento, de su familia, de su vida.
—Serán inseparables —dijo Lucas desde la puerta, mirando la escena con una expresión en su rostro que solo podía describir como anhelo. La tristeza que había en sus ojos me atravesó, y me dolió un poco más de lo que esperaba. Pero al mismo tiempo, entendí. Entendí lo que sentía, lo que pasaba por su mente.
—Te amo, Laura —dijo Zack, con una voz profunda, cargada de sentimientos. Ella, con sus ojos brillando de felicidad, miró a Zack mientras sostenía a los mellizos Melgor Grayson en sus brazos.
—Los dejaremos solos —dije, sin poder evitar una sonrisa, sabiendo lo que sentían. Me alejé un poco, deseando que tuvieran su momento de paz.
Ellos asintieron, sin apartar la vista de sus hijos, y salí del cuarto para darles privacidad.
Lucas salió detrás de mí, su mirada preocupada.
—¿Estás bien? —me preguntó, su voz suave, pero llena de una preocupación que me hizo detenerme.
—Lo siento —dije, deteniéndome en seco. La tristeza, la frustración, el dolor, todo salió de golpe. No podía seguir ocultando lo que sentía.
—¿Por qué? —preguntó, extrañado, acercándose más a mí, como si quisiera entenderme, como si buscara la razón detrás de mi comportamiento.
—Tu mirada al verlos... —dije, con la voz quebrada. —Sé que deseas más que nada en este mundo tener cachorros, pero yo... yo ahora no puedo embarazarme —dije, dejando que las lágrimas cayeran, sin poder retenerlas más. Me las sequé rápidamente, pero no podía borrar la tristeza de mi corazón. —Lo siento... —repetí, y antes de que pudiera decir algo más, teletransporté mi cuerpo lejos de allí.
Aparecí en un acantilado solitario, con una cascada rugiendo frente a mí. El sonido del agua me ayudaba a calmar mi mente. No me encontraría aquí, pensaba. No quería ver su mirada de decepción. No quería ver lo que ya sabía: no podía darle lo que él quería, no aún.
El sonido de unos pasos llegó hasta mí. Lo reconocí sin necesidad de mirarlo.
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Editado: 15.07.2026