Mi Alpha Protector (#2)

Capitulo 41 - Karen Romanov

Salimos de la casa dejando a todos atrás en la sala. Cada paso que daba se sentía como si mi cuerpo se volviera más pesado, como si una parte de mí se negara a seguir avanzando. Me dolía alejarme de Lucas de esa forma, pero sabía que era lo mejor. No podía permitir que siguiera corriendo peligro, y mucho menos soportar la sensación de que, con cada segundo que pasábamos juntos en este caos, nuestra relación se desmoronaba poco a poco, como arena escapando entre los dedos.

El silencio entre nosotras era denso, lleno de pensamientos no dichos y sentimientos guardados por demasiado tiempo. Ninguna de las dos parecía dispuesta a romperlo, como si temiera lo que saldría a la luz si lo hacía. Seguimos caminando hasta que estuvimos lo suficientemente lejos de la casa como para que nadie pudiera escucharnos.

Fue entonces cuando mi cuerpo se detuvo por completo.

Bajé la mirada y sentí que el alma se me escapaba del cuerpo, dejando solo un cascarón vacío de carne y hueso. El dolor se deslizó dentro de mí como un veneno, quemándome las entrañas y llenando mi pecho con un peso insoportable.

—Lo siento… —susurré en un hilo de voz ahogado, con los puños apretados y la cabeza gacha. No me atrevía a mirarla. No podía.

Un nudo se formó en mi garganta, uno tan grande que apenas podía respirar. Mis ojos comenzaron a arder y, sin poder detenerlo, las lágrimas llenaron mi vista hasta convertir todo en una bruma borrosa.

—Si te hubiera ayudado… —mi voz se quebró, las palabras se atascaban en mi pecho—. No hubieras muerto… Perdóname…

Las lágrimas cayeron por mis mejillas, calientes y pesadas, como si fueran testigos de mi propia culpa. El dolor en mi corazón se expandió hasta apoderarse de cada rincón de mi ser. Pero aun así, no levanté la mirada. No me sentía capaz de hacerlo.

Esperé. Esperé el grito que me dijera lo que ya sabía, que me confirmara lo que me había dicho aquel día, que me reprochara mi traición. Esperé el golpe que tal vez merecía, la furia que me castigara por todo lo que había hecho.

Pero el golpe nunca llegó.

Lo que sentí, en cambio, fueron sus brazos rodeando mis hombros, envolviéndome en una calidez que creí haber perdido para siempre.

Me quedé inmóvil, incapaz de procesarlo. Su calor me atravesó como una ráfaga de aire tibio en medio de un invierno helado. Algo dentro de mí se rompió, algo que había estado guardando desde aquel día.

—No fue tu culpa… —su voz tembló, quebrada por la emoción contenida—. Perdóname tú a mí.

Su abrazo se apretó más.

—Fui una insensible al decirte todo eso ese día —continuó, su tono cargado de culpa—. No me puse en tu lugar… Solo pensé en mí.

Negué con la cabeza, con los labios temblando. No podía aceptar sus disculpas. No cuando yo era la que había fallado.

—Si te hubiera ayudado como me lo pediste en ese momento… no hubieras muerto. —Mi voz se apagó en un sollozo, mi cuerpo temblando de impotencia—. Tampoco te equivocaste con lo que dijiste. Soy una maldita traidora…

Mis palabras se rompieron en el aire, pero sus brazos solo me sostuvieron con más fuerza.

—No digas eso… —susurró contra mi cabello.

Un hipo se escapó de sus labios. También estaba llorando.

No abrí los ojos. Me aferré a la sensación de su barbilla sobre mi cabeza, al latido acelerado de su corazón contra mi mejilla, al calor que irradiaba su cuerpo.

—Perdóname, cariño… —su voz era pura agonía—. Jamás debí decir eso. No eres eso… Yo no entendí tu situación. No sabía nada de lo que estaba pasando.

Mi cuerpo se tensó.

—Hasta hace poco, Mirna me lo contó todo.

Mis dedos se cerraron en la tela de su ropa. La tensión desapareció poco a poco y, en su lugar, solo quedó un profundo cansancio. Dejé que más lágrimas rodaran por mis mejillas mientras llevaba mis brazos a su espalda y respondía el abrazo, aferrándome a ella con todo lo que tenía.

Era la misma calidez de siempre. La misma que me hacía sentir que podía con todo si ella estaba a mi lado.

Nos quedamos así, abrazadas en medio de la noche, dejando que el peso de las palabras no dichas desapareciera con cada lágrima derramada.

Después de un rato, ella se separó con una pequeña sonrisa y limpió mis mejillas con sus pulgares.

—Te extrañé.

Sus palabras fueron tan sinceras, tan cálidas, que un nuevo nudo se formó en mi garganta.

—Yo también… —susurré, sintiendo que una parte de mí al fin encontraba paz.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía respirar. Que podía soportar un poco mejor la distancia con Lucas, que podía enfrentar lo que venía.

Pero entonces, su expresión cambió. Su mirada se endureció levemente, dejando en claro que aún había cosas que necesitábamos discutir.

—Ahora explícame lo de tu hija —dijo con seriedad, cruzándose de brazos—. Y dime para qué nos necesitas.

El momento de paz se esfumó como un suspiro en el viento.

Tomé aire y me preparé para enfrentar la verdad.

Le conté todo.

Cada fragmento de mi historia desde aquella discusión en Grecia salió de mis labios como un torrente imparable. No me guardé nada. Hablé de mi muerte, de mis hijos, del amuleto que había marcado mi destino, de la vida que había construido en las sombras de mi propia existencia. Le hablé de la muerte de Henry, del bloqueo en mis recuerdos y de las piezas sueltas que aún rondaban en mi cabeza, como un rompecabezas incompleto que me atormentaba día y noche.

Ella me escuchó en silencio. Ni una sola vez me interrumpió, ni siquiera cuando supe que lo que decía la destrozaba por dentro.

El tiempo pasó sin que nos diéramos cuenta. Llevábamos cerca de una hora afuera, sentadas en la penumbra, mientras yo desnudaba mi alma con cada palabra. La noche nos envolvía, y la brisa fría era lo único que nos recordaba que el mundo seguía girando a pesar de todo.

Cuando terminé de hablar, un silencio pesado se extendió entre nosotras.




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