La noche se cernía sobre la casa como un manto pesado, sofocante. La luz de la luna se filtraba por la ventana abierta, tiñendo de plata los muebles de la habitación y reflejándose en el suelo de madera. Un viento frío entraba en ráfagas suaves, trayendo consigo el aroma del bosque y el sonido lejano de las hojas meciéndose bajo el cielo estrellado.
Todo estaba listo. La mochila descansaba cerrada a un lado de la cama, con cada objeto cuidadosamente seleccionado. No llevaba mucho, solo lo esencial. No había espacio para la nostalgia ni para los recuerdos. No podía haberlo.
Carolina estaba a mi lado, terminando de revisar las últimas cosas con el ceño fruncido, su preocupación evidente.
—¿Estás cien por ciento segura, cariño? —preguntó con suavidad, aunque su mirada reflejaba algo más profundo. Era casi como si suplicara una última reconsideración.
Mi corazón se encogió ante su tono.
—Lo estoy —respondí sin vacilar.
Ella suspiró. Sabía que no tenía sentido insistir. No después de todo lo que habíamos vivido.
La calma de las últimas semanas había sido un engaño, un respiro antes de la tormenta. Carolina lo había visto de primera mano. La batalla contra Roger, uno de los lacayos más fieles de Abdiel, había sido solo un aviso. Ellos estaban ahí, siempre al acecho, esperando el momento oportuno para atacar. La tregua era solo una ilusión frágil que podía romperse en cualquier momento. Y cuando lo hiciera, yo tenía que estar lista.
—Dereck estará con ellos en la sala, asegurándose de que no salgan ni sospechen nada —continuó Carolina en voz baja—. Eso nos dará tiempo para irnos sin que nos detengan.
Me coloqué la mochila sobre los hombros, sintiendo su peso como una carga que iba más allá de los objetos dentro de ella.
—Gracias —murmuré, con una sonrisa fugaz.
Carolina me miró con ternura y se acercó, dejando un beso cálido en mi frente.
—No hay de qué. Ahora vámonos antes de que Lucas empiece a preguntar por nosotras —dijo, con un tono más apresurado.
Lucas.
Su nombre golpeó mi pecho como un puñal invisible, hundiéndose en lo más profundo.
Por un instante, mi respiración se detuvo. Mi corazón latía dolorosamente contra mis costillas, como si tratara de hacerme retroceder, de hacerme cambiar de opinión.
Pero no podía.
No debía.
Me obligué a moverme, aunque cada paso era una herida nueva. Atravesamos la habitación en silencio, abriendo la puerta con cuidado para no hacer ruido. El pasillo estaba en penumbras, iluminado solo por la tenue luz de las lámparas de pared.
Me obligué a no ir y mirar hacia la sala donde estaba Lucas.
Si lo hacía, sabía que todo se desmoronaría.
Sabía que lo encontraría sonriendo ampliamente completamente encantado, con su respiración tranquila y su expresión relajada, ajeno a la tormenta que se cernía sobre nosotros. Sabía que, si me acercaba, si siquiera dudaba un segundo, terminaría por quedarme.
Y eso sería un error.
Lucas no debía estar cerca de mí cuando todo comenzara.
Los demonios de Abdiel eran implacables. No solo atacaban con garras y dientes; atacaban con miedo, con tortura, con manipulación. No les bastaba con destruir, necesitaban desgarrar el alma, romper todo lo que uno amaba y dejar que el dolor se convirtiera en un veneno imparable.
Si Lucas se quedaba a mi lado, lo perdería.
Y perderlo de esa forma sería peor que marcharme ahora.
Me obligué a avanzar, con el corazón hecho añicos en el pecho.
Salimos al balcón. El aire nocturno nos envolvió de inmediato, helado y pesado, como si supiera que estábamos a punto de irnos. La luna brillaba en lo alto, testigo silenciosa de mi decisión.
—Te sigo —dijo Carolina con determinación.
No respondí. Solo me acerqué a la baranda y salté.
El aire silbó en mis oídos y el suelo llegó demasiado rápido. Caí sobre mis rodillas, sintiendo un breve impacto en los huesos, pero me levanté de inmediato. A mi lado, Carolina aterrizó con la misma gracia, sin hacer ruido.
—Transfórmate para que corras mejor —le pedí en voz baja.
Ella asintió y, en cuestión de segundos, su cuerpo comenzó a cambiar. Sus huesos se estiraron, su piel se cubrió de un pelaje espeso y rojizo con destellos dorados. Su forma humana desapareció por completo, dejando en su lugar a Karla, la loba que había sido mi compañera de batalla tantas veces.
Me giré una última vez hacia la casa.
El dolor se hizo insoportable.
Todo dentro de mí gritaba que no lo hiciera, que regresara, que no abandonara a Lucas. Pero tenía que hacerlo.
Me abracé a la única certeza que me quedaba: esto era lo mejor.
Si me quedaba, los demonios me encontrarían. Si me quedaba, Lucas sería su blanco.
Si me quedaba, lo perdería de una forma mucho peor.
—Adiós —murmuré, con la garganta cerrada.
Entonces corrí.
Corrí con todas mis fuerzas, dejando atrás la casa, la seguridad, los recuerdos. Carolina me siguió casi al instante, su gran cuerpo lupino deslizándose entre los árboles con la misma velocidad.
El bosque era un borrón de sombras y ramas moviéndose a nuestro alrededor. La adrenalina palpitaba en mis venas, pero debajo de ella había algo más. Un presentimiento, una certeza oscura que se enroscaba en mi pecho como una serpiente.
No estábamos solas.
Los demonios de Abdiel estaban cerca.
No podía verlos, pero podía sentirlos. La presión en el aire, el susurro apenas audible entre los árboles, la sensación de que algo nos observaba desde la oscuridad.
Nos movimos en silencio, esquivando a los guardias de la manada para evitar ser detectadas. Sabía que si alguien nos veía, las preguntas comenzarían y todo se complicaría.
—Haré un portal al frente, directo al castillo. No te detengas, entra de inmediato —me habló Carolina por la conexión mental.
—Bien —respondí sin aliento.
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Editado: 15.07.2026